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31 ene 2018

BarceloNina #65. Club de lectura

Estoy a punto de devolver las llaves, pero no quiero recoger tanto como para que se borre mi huella. 
Perchas, qué facil dar una alegría al próximo que ocupe esta buhardilla. 

Tengo nivel avanzado en construirme rutinas en nuevas situaciones. Pero cerrar es siempre un desafío que da pereza y las escalas -necesarias- se me dan fatal. Dame la siguiente carta. Dame lo que sea pero rapidito.


Dicen que cerrar va bien, para hacer evidente la transición de una cosa a otra. Pero me la sé de memoria, la mierda de transición. Dame otra historia nueva sin tener que pasar por el club de lectura.

19 oct 2016

BarceloNina #63. Sucumbir para contarlo

He tardado algo más que la media, pero he acabado sucumbiendo a todo lo que dije que no sucumbiría. A todo.

Primero fue Whatsapp. Tras el bombazo inicial decidí desinstalarlo de mi móvil porque no me gustaba. Pero, más tarde, con la excusa de que vivía fuera, me lo puse en mi número extranjero. Casi nadie lo tenía guardado en su agenda, así que era una manera de cercar el tema. Al cabo de una año de regresar a Barcelona, mi número extranjero lo dieron de baja. Me di cuenta en parte gracias a que conocidos míos me dijeron que no entendían por qué no contestaba a sus mensajes y -sobre todo- por qué estaba tan rara últimamente, que incluso me había puesto una foto de perfil de un indio grandullón con gafas de sol y un collage de flores detrás. La necesidad ya estaba creada: Tuve que activar Whatsapp en mi número español.

Dije que no entendía las personas que pasaban tanto tiempo estudiando. Siempre había pensado que si yo tuviera que contratar, contrataría a alguien con experiencia antes que con currículum académico. Basta de tanta tontería de titulitis. Bueno, pues resulta que la formación es importante. He sucumbido a un postgrado, pero con el orgullo de hacerlo un poco tarde, habiendo trabajado en distintos ámbitos como para poder decidir en cuál me quiero especializar, y no al terminar la carrera como quien se engancha a un salvavidas para no tener que nadar un poco.

En cuanto al yoga... Después de haber vivido tres años en la India y de no haber tenido casi contacto con él (a excepción de cuando me cruzaba con algún extranjero vestido con túnica, que me propinaba la correspondiente e impertinente mirada de desprecio del que está buscando su lugar en el mundo con la meditación mientras tú simplemente te dedicas a no vestir con túnica) resulta que me empieza a atraer el tema. Llevo una racha de libros de periodistas en el extranjero que hablan de prácticas relacionadas con la meditación y las respetan (y también se ríen de su traslación al mundo occidental con reclamos reduccionistas, de su marketing, de su comercialización, de las urbanitas americanas vestidas de yoga a cualquier hora del día, de sus líneas de ropa en marcas internacionales, de sus primeros yupis newage...). Efectivamente, también he sucumbido a una especie de yoga. Pero que conste que soy nefasta y miro con rabia a los avanzados, que no advierten mi envidia porque durante el contorsionismo cierran los ojos.

He sucumbido a todo esto.

***

"Si quieres cambiar el mundo, o sucumbes a la mayoría, al establishment y al calendario general, o luchas de una manera diferente", algo así dice Jessa Crispin, mi nueva antiheroína feminista-literaria-viajera-natural. Es una putada leer esto porque te das cuenta de que efectivamente has sucumbido y -lo que es peor- que te cuesta aceptarlo. Y entonces sigues leyendo: "Las ovejas negras son ovejas negras como reacción a algo, a su familia, a su entorno, a alguna experiencia pasada, a la sociedad... voluntariamente quieren ser los diferentes. En cambio, los diferentes, los changers [soy incapaz de atreverme a traducir esto], llevan algo dentro y lo sacan. Sorprenden a su familia, a sus amigos, a su entorno porque siguen una voluntad y una manera de hacer que llevan dentro, no como reacción a nada sino porque ellos son así".

Le doy vueltas al tema cuando tengo tiempo en blanco (en blanco de verdad, no en blanco escribiendo por WhastApp, ni estudiando el postgrado, ni de camino a la clase de yoga). 

***

Una amiga que está formándose en astrología (esa ciencia a la que se la considera pseudociencia porque aunque funciona no somos capaces de saber el porqué) se ofrece a leerme mi carta astral. "Tienes una gran capacidad de rebelión, de ir contracorriente e incluso de suponer un desafío, y de conseguir que te escuchen y liderar". 

Le cuento que no estoy segura de saber liderar nada, pero que en todo caso llevo el ser diferente con muy poco estilo. Cuando era pequeña me pusieron unos aparatos que salían de la boca y se colocaban con una cinta tras la cabeza. Los tenía que llevar unas ocho horas por la noche en casa, pero cuanto más los llevara, mejor. Eran muy aparatosos y vistosos. Pero si daban las 8 de la tarde, aunque me tocara clase de tenis (llena de niños ávidos de insultos), me los ponía. Parece que me importaba un pimiento lo que me dijeran. 

Si fuera una virtuosa del piano seguro se apresurarían a poner eso en mi biografía, en ese afán que tienen los biógrafos por relacionar anécdotas de la vida con rasgos de la personalidad, en ocasiones con una osadía pasmosa. Pero en mi caso no sirve para nada, mas que para abrazar la ridiculez. ¿Dónde está el fucking storytelling que lo inunda todo estos días? 

***

A la mayoría de la gente le gusta llegar al bar y que el camarero se acuerde de lo que suele pedir. "¿Café y mini?", dice desde detrás de la barra al verte llegar. A mí, el primer día que me pasa me hace gracia, pero el segundo me invade el agobio. Algo me dice que ya no controlo mi vida sino que ella me controla a mí. Entonces cambio de bar. 

Siempre he pensado que ese consejo que dan a las personas cuando hay riesgo de que atenten contra ellas -diciéndoles que no sigan siempre la misma ruta para ir al trabajo, ni vayan a los mismos sitios a las mismas horas etcétera- me lo tomo al pie de la letra. No porque haya riesgos externos. No porque sea carne de atentado, que yo sepa. Yo cambio la ruta y la rutina por mi propio peligro, para evitar atentar contra mí misma.

Aunque no siempre puedo elegir la ruta, a veces manda la ley de lo-que-quede-más-cerca. Según qué días y a qué horas, estoy tan cansada y me pesa tanto la mochila que de vuelta a casa miro a los que suben las escaleras del metro desde las escaleras mecánicas, pensando lo sanos que se les ve desde esa perspectiva, con ese cuerpo erguido de quien hace yoga (de quien hace yoga bien), con la energía de haber dormido lo justo y necesario  (ni más ni menos) y haber comido siempre orgánico. Esa gente me da malestar conmigo misma, pero no tengo fuerzas ni para la envidia. A duras penas puedo mantenerme en pie. En el vagón, me mira la anciana y bajo la mirada. Si me pide que le deje sentar le diré que estoy enferma, pienso. Algo de verdad hay.

***

De pronto la página web me aparece como un Frankenstein, todos los elementos revueltos e incapaz de entender nada. El programador me dice que es un tema de caché, que tengo que borrarlo para que no recuerde el formato anterior o lo que haya pasado. Y joder, mi caché no hay manera de borrarlo, le digo. Le explico que sólo cuando navego de incógnito (engañando al ordenador y haciéndole creer que no soy yo), puedo ver las cosas como son, no con vicios y búsquedas del pasado. Añado la palabra web para asegurarle de que estamos hablando de la web, de nada más.

Ay que ver qué manía con la titulitis y las dobles licenciaturas: informática y psicología.

17 ene 2016

BarceloNina #59. Los fantasmas de la transición

Barcelona es muy bonita pero no cuando estás de paso, en épocas de transición profesional y personal. Las transiciones son una putada. La gente te pregunta cosas normales, como por ejemplo con qué estás ahora profesionalmente, cómo estás después de la ruptura con tu ex y cuánto tiempo te vas a quedar en la ciudad. Y te quedas con cara de "por favor, si me quieres, háblame del tiempo y vamos a bailar".

Para mí, las últimas temporadas en Barcelona han sido a la espera de un proyecto que me sacara de la ciudad, porque los proyectos que me gustaban estaban fuera de la ciudad. Los profesionales y/o los personales.

En estos periodos de transición, cada día mil preguntas merodean en tu cabeza y mil posibles respuestas te despiertan por la noche. Pero a las pocas horas se desvanecen y te paralizas: no te parecen tan buenas ideas. Ni si quiera crees en las posibilidades de que se hagan realidad. Pero, sobre todo, no confías en que en una época de transición seas capaz de decidir algo y hacerlo plenamente. Desde dónde vivir, a de qué trabajar, con quién ver películas los sábados por la noche y si quieres coger un avión al año para volver a tu ciudad o si por el contrario quieres cogerlo una vez al año en el mes de agosto para salir de ella.

En época de transición lo pruebas todo: trabajos que no te pegan, hombres que no te pegan, pensamientos que no te pegan, programas de televisión que no te pegan, dietas que no te pegan. Y no paras de descartar y de acogerte a cosas que no te pegan, prácticamente a partes iguales.

Entonces, si estando en transición no va a salir nada en claro, ¿cómo saber cuándo se acaba?, ¿y cómo conseguir que se acabe?.

Supongo que sabes que la estás dejando atrás cuando te despiertas en la noche con la persona equivocada y coges y te vas, cuando tienes una digestión pesada y reconoces el error de los mejillones en su salsa, cuando decides dejar esas clases de yoga que odias pero para las que te dejaste convencer, cuando no te mueves de casa en fin de año y a la semana siguiente sales hasta el amanecer, cuando tienes fuerza para decirle a la señora que habla gritando en el autobús que baje la voz y recibes las caras de aprobación de otros pasajeros, cuando vuelves a leer durante horas sin pensar en la transición y, sobre todo, cuando consigues fuerzas para no ceder a los caprichos impuestos por esta a veces estúpida ciudad.

8 sept 2015

BarceloNina #57. Italia, el mar y la foto

El verano que fui por primera vez a Italia, fui a Sicilia. No es que algún otoño, invierno o primavera hubiera estado en Italia, no. Quiero decir que era la primera vez que iba y era verano.

Ese verano fue el de 2015, el mismo en que cientos de miles de personas intentaron huir de conflictos en sus países y cruzar a Europa, no porque querían llegar a Europa, sino porque no tenían más remedio que huir de su país.

Yo estaba preocupada por mi devenir y cómo resultarían los meses siguientes, en medio de una incertidumbre profesional y personal. No voy a mentir y decir que me quedé sin verano consternada por la crisis migratoria, no. Como la mayoría, era consciente del problema pero no me paralizó. Yo estaba con mi familia pasando unos días de vacaciones y a la espera de lo que me deparara el futuro. Aunque mi carácter es más bien inquieto, pude relajarme pensando todo lo que dice la gente cuando te quiere relajar, como "lo que tenga que ser será", "hay cosas que no están en nuestra mano" o "ahora ya no depende de ti". Y por primera vez en mucho tiempo (o simplemente debería decir "por primera vez", aunque eso suene tajante) me lo creí y me dejé mecer unos días por el Mediterráneo.

Estar en el Mediterráneo o en el Pirineo nos hacía igual de responsables, no vayamos a juzgarnos unos más que a los otros por elegir un sitio de descanso 400 kilómetros más arriba o 400 kilómetros más abajo. Pero admito que la paradoja era enorme en mi caso porque, además, esa semana del verano de 2015 no me quedé en la isla de Sicilia concretamente, sino que fui a las islas Egadas (en el oeste siciliano) y vivimos y nos movimos en un velero. Exacto: nosotros navegábamos por placer embadurnándonos de protección solar y comiendo fruta fresca mientras otros, no lejos de ahí, morían ahogados huyendo de la pobreza y de la guerra.

Cuando ya esa semana me quedaba lejos, apareció una foto: la foto. El niño muerto en la arena. ¿Cuántos de nosotros hemos pisado la arena este verano? Nos hemos sentado sin que nos importara que se nos metiera entre el bañador y el cuerpo, dejando que nos arrastraran un poco la espuma de las olas y pareciéramos niños rebozándonos, divertidos, porque en verano nos permitimos estos juegos.
No estoy de acuerdo con lo que dijo Arturo Pérez-Reverte, de que nos molesta mirar este tipo de fotos. ¡Qué va! Vemos más fotos de este tipo que nunca. Y las comentamos: en la panadería, en el quiosco, tomando unas cañas con los amigos y, sobre todo, compartiendo artículos muy sufridos en las redes sociales. Pero todo eso es fugaz y banal, es una falsa preocupación. Soy más del polémico Carlos Boyero: curioso que nos impacte más un niño fallecido que la noticia del asesinato de cientos o miles de personas.

Las dudas sobre mi futuro se han ido disipando, o he asumido que los cambios están a la vuelta de la esquina y, mientras, es mucho mejor la calma. Pero reconozco que sigo sin saber en qué rumbo posicionarme respecto a la crisis migratoria: qué pensar, qué hacer. Creo que muchos estamos preocupados pero nos quedamos ahí, no hay una continuidad porque no sabemos cuál es nuestro papel.

Durante la semana de vacaciones que pasé en mar italiano, cuando el barco escoraba mucho y debíamos hacer contrapeso, sentía adrenalina tirando a miedo. Yo navegaba de vacaciones y creo que nunca lograré de verdad entender lo que es hacerlo por supervivencia, ponerme en su lugar, reducir mis pensamientos a un aforismo con enganche y sentido. Creo que no conseguiré dar con una una acción por mi parte que a la vez sea realista, plausible y útil. Sólo sé que, en este mar de dudas, no pude soportar escuchar la charla del colmado en la que se comentaba lo "horrible" que está el mundo y aquello de "pobre niño; se me parte el corazón"; salí impasible e hice una donación a Acnur por internet, aún sabiendo que el mar de dudas continuaría. Pero mejor así y que haya contradicciones, a que no haya absolutamente nada.

15 may 2015

BarceloNina #55. De viejos

Se despertó en su piso, sola, como cada mañana. Se duchó con la radio de fondo. Habituada a esa emisora y ese programa, podía saber qué sección venía a cada momento y canturrear cada melodía que la acompañaba. Ese control le daba tranquilidad y, en cambio, ante un programa especial por ejemplo tras un accidente, estaba tensionada y no podía hacer más de una cosa a la vez: la vida tras el aparato de pronto la inquietaba y requería toda su atención. Se vistió, y como ese día no tenía que ver a nadie especial, pensó que se pondría ese conjunto que ya tenía hecho (de tantos otros días en los que no tenía ninguna cita) e iría cómoda. Pantalones de pinza negros y un jersey gris con cuello de pico. Se miró al espejo y acarició sus arrugas en lo alto del pecho mientras se echaba crema con oficiosidad, como asumiendo que tenía ella que cuidar su rostro puesto que nadie a lo largo del día iba a concederle una caricia. Luego se puso los zapatos cómodos. Se había dado cuenta, recientemente, de que ya no soportaba los tacones y que se le habían ensanchado los pies. Apagó la radio antes de marcharse de casa, porque no quería ser una de esas viejas que aunque salgan de casa dejan la radio sonando. Odiaba eso y siempre lo decía, "es de viejos", y ella y sus amigas solteras se reían y encontraban cientos de costumbres de viejos. "Por favor, si alguna vez acabo así, ¡decídmelo!", les pedía, reivindicando su juventud por contraposición. Bajó a comprar el pan. Las calles del centro parecían el cementerio de la noche anterior, con algún vivo aún agonizando. Botellas de cerveza rotas, latas, meados, colillas mojadas por el agua sucia con la que limpiaban las calles a manguerazos... el barrio olía a cenicero, todo últimamente tenía ese tufo. Las revistas de ocio que querían gustar exaltaban esa zona por su combinación de tradición y modernidad, en cambio ella creía que habían matado la tradición a base de hipocresía y moda. No, no le molestaba la innovación pero ésta, en concreto, vamos, por favor, no se sostenía por ningún lado. Pensó "yo, de joven, ¿fui así algún día?".  Con "así" quería decir muchas cosas. Por ejemplo, si ella habló alto diciendo memeces; si fue tan hipócrita como para defender todas las causas en conversaciones y luego contradecirlas con su actitud; si creyó tener la razón en tantas cosas; si fue tan segura de sí misma como parecía que lo eran los "jóvenes de ahora" (¡eso de "los jóvenes de ahora" es muy de viejos! pero no estaban sus amigas para avisarla); si su actitud demostró soberbia. No, desde luego que no. Se cruzó con una mujer de unos 50 años que parecía volver de una fiesta. Pensó que no se debían llevar muchos años y, sin embargo, qué vida tan diferente. Esa señora seguro que se ofendería si la llamaran señora, pensó; jaja, se río por dentro; seguro que le sentaría mal el vino malo y se pondría medias de comprensión al llegar a casa. Le parecía ridículo no que llevara otro estilo de vida, sino que no le diera vergüenza pertenecer al estilo de vida que ella reprobaba, una estirpe de borregos que se creían especiales, personas que quedaban sólo para hablar de ellas mismas: vomitaban sus vidas e ideas, escuchaban poco y nunca conversaban de otras causas más nobles como la sociedad, el colectivo, la humanidad. Era testigo de ello a menudo cuando iba a tomarse un cortado por el barrio y descubría que le daba vergüenza ajena ese egocentrismo. Entonces, se levantaba de la silla antes de lo que tenía planeado por no tener que seguir escuchando insensateces, y se iba jorobada pero al menos sentía que era consecuente. ¡Hacía tanto que ella no hablaba de ella misma! ¡Eso sí que era honrado, tener a todas horas conciencia de lo poco que significamos como individuos! ¿Qué iba a explicar, en cualquier caso? A su edad, no tenía todavía tantas citas con los médicos como para hablar de ello, como hacían los viejos en los que no se quería convertir, ni una vida tan de escaparate y marketiniana como los jóvenes a los que no se quería parecer. Entró en la panadería y compró una barra de cuarto larga. Recordó que una vez se la pidió un dependiente y ¡no sabía lo que era! ¡Una barra de cuarto larga! Y le hizo escoger entre una serie de nombres románticos que no decían nada ("de pueblo", "rústica", "provenzal"...), a lo que respondió con un adiós y un portazo. Esta vez sobraría pan, como siempre, pero pensó que lo congelaría para no tener que volver a salir a comprar a la mañana siguiente. Así evitaría darse de bruces de nuevo con este mundo y todo este malestar, sentirse en desacuerdo le resultaba agotador. De vuelta a casa, abrió la puerta de la portería, entró y se apoyó en el pasamanos para subir las escaleras. No era tan joven como para ir brincando, ni vieja como para subir al primero en ascensor. No pertenecía a nada, a nadie ni a ningún lugar. Sólo era ella.

26 oct 2013

BarceloNina #47. Una luz sideral

En las cenas de Navidad de mi familia paterna, yo era de las pequeñas. En Cerdanyola, en casa del avi y la abuela Nito, nos reuníamos muchísimos y a la mayoría les llegaba cuanto más por la cintura. Cuando pienso en ello me agobio: envoltorios de regalo por el suelo, olor a puro, a madera antigua, a libros y, de fondo, a la sopa con pilota que se iba calentando en ollas enormes. Había personas -casi desconocidas- que me preguntaban qué tal el colegio porque supongo que no se les ocurría nada mejor, pero yo no sabía muy bien cómo ni qué responderles. Piernas larguísimas se desenvolvían a la perfección por todos los rincones mientras yo me sentía desorientada. Había unas que se me hacían especialmente largas, eran las de mi primo Aleix.

En general, la mesa de los mayores me daba miedo, pero él y mi prima Randi eran los que más respeto me infundían. Adriana era cariñosa y extrovertida, Dani era discreto, Randi tenía la época de adolescente polémica y mi madre no sabía qué regalarle, las barbas de mis tíos Alfonso y Juan generaban aprensión en un primer momento pero acababan siendo los más juguetones. Luego estaba el acento de Natalie y los cigarrillos de Chisca hablando de todo un poco en unas sobremesas que a mí se me hacían larguísimas desde la otra sala, a la que me había fugado para intentar entretenerme pintando en hojas selladas que el avi me daba solemnemente tras abrir su escritorio de madera. Mis primos Joana, Carla y Bernat eran algo mayores que yo y creo que intentaba imitarles.

Pues bien, entre todo este barullo me acuerdo de las piernas delgadas e infinitas de Aleix. Cuando las reseguía con la mirada no alcanzaba a verle todo de una vez en un mismo cuadro, pero de alguna manera sabía que era especial. Su aspecto era algo totalmente nuevo para mí, y me avergonzaba el vestido de Navidad que me habían obligado a ponerme, también que supiera que llevaba uniforme en el colegio y que sacara buenas notas. En una de las sobremesas, mi madre comentó que me pondrían ortodoncia porque tenía los incisivos del paladar superior montados (era esa época en que las madres hablan de uno estando presente pero sin que le den la palabra o derecho a réplica). Aleix saltó y me dijo que no me pusiera aparatos porque mis incisivos molaban porque parecían colmillos de lobo, y sentenció guiñándome el ojo. Observándole desde el otro lado de la mesa y atravesando con la mirada un enjambre de platos, bandejas y las copas de la cristalería ‘buena’, creo que perdí el miedo a ser un poco diferente. Gracias a él y a aquel ambiente de primos y tíos heterogéneos me interesé por la transgresión y entendí que lo que no se entiende ni se puede catalogar también es maravilloso y, de hecho, incluso más.

En primaria, mientras las niñas de mi clase se acortaban la falda de cuadros, yo sentía que no tenía nada que ver con ellas e intentaba descubrir quién era sobreviviendo a las largas horas del patio con el apoyo de mi punto fuerte: mi primo tenía un grupo de música y había grabado un disco. Así que me paseaba con mi discman y aquella portada naranja, negra y blanca de Peanut Pie. Recuerdo que una profesora nos mandó un trabajo que consistía en preparar un programa de radio en grupo. A mí los grupos me daban miedo (y me lo siguen dando) porque es muy fácil sentirse fuera de él. Fuimos a casa de Cristina y grabamos un magacín muy bien hecho, que cerramos invitando a nuestros espectadores ficticios a escuchar “unos minutos musicales” del tema “Lollypop girl”, de unos de los grupos barceloneses del momento.

Creo que fue en bachillerato cuando empecé a encontrar mi identidad (en la que sigo trabajando). Seguía siendo buena estudiante pero gracias a muchas cosas –entre ellas al canallismo de Aleix- me atreví a potenciar mi lado más mío y estar orgullosa de quién era a la vez que me fumaba mi primer porro sin penitencia. En una ocasión me sentaron junto a una chica que era repetidora, contestona y con un carácter muy fuerte. Yo intenté no parecer guay para gustarle, ser solo yo, y creo que la simplicidad funcionó. Al final de curso, en una conversación en un viernes entre clase y clase, mi compañera y otros veteranos comentaron algo de Dj Sideral. Al cabo de un rato, les dije que era mi primo y... alucinaron. Creo que su reconocimiento fue una especie de premio por haber superado una educación secundaria sin haber caído en el ridículo de ponerme calcetines en los tops que precedían a los sujetadores. Pero, sobre todo, me di cuenta de que lo que había sido un amuleto para mí también estaba siendo algo enorme para muchos otros.

En casa de mis tíos Chisca y Alfonso, Aleix tenía una habitación llena de discos y guitarras o bajos, yo qué sé lo que eran. No sabía muy bien si estaba enfermo o no, si vivía en casa de mi tía Chisca o no, si esas Navidades estaría o no en la mesa con nosotros, si me hacía sentir cómoda o incómoda. La pasada primavera hizo siete años que se fue para siempre mi primo Aleix, Dj Sideral. Le conocí a una altura poco adecuada para mirarle a los ojos y captar ese aura del que todo el mundo hablaba y ahora recuerda. Por eso tengo ganas de ver el documental de la Sala Nitsa que se proyectará la semana que viene en el marco del Festival In-Edit en Barcelona y de leer la biografía escrita por Héctor Castells que se publicará próximamente. Aunque por mi altura no pude mirarle directamente y sin ángulos, su luz me tocó y quiero saber el porqué.


29 jun 2013

BarceloNina #40. El principio del camino

Unas palabras sobre "la auténtica enseñanza del hombre" abren el discurso del tutor de los alumnos de segundo de Bachillerato en el acto de entrega de bandas. Al principio escucho atentamente con la esperanza de encontrar algo inspirador, pero siento lástima por los chavales que acaban hoy las clases y a los que solo regalan lugares comunes como "el final de la vida escolar, el principio del camino" y "etapa para formarse como profesionales y sobre todo como personas".
Me parece que es una desvergonzada alusión a la educación idílica, pues muchos de los profesores que hoy están sobre el escenario -afortunadamente, no todos- han practicado de septiembre a junio una docencia poco ejemplificadora. Son los profesores de la crisis, sin esperanza y cargados de realismo sucio que les impide transmitir ilusión a sus alumnos para que ellos sí encuentren su camino. Pero, ¿cómo juzgarlos?

El acto continúa. Padres engalanados repitiendo el conjunto de la comunión de un sobrino, parejas divorciadas que hacen un esfuerzo por llevarse bien -"hoy es su día"-, adolescentes a los que los padres de sus amigos piden que dejen de crecer, que al final no sabrán dónde meterlos de lo altos que se están poniendo; un chino que empezó el curso sin saber castellano ni catalán recoje su banda y su orla vestido con un traje blanco, en medio de un aplauso sonado por parte de los profesores; un chaval que antes tenía granos y ahora está "majote" -según comentan unas madres entre el público- se tropieza al subir al escenario, resquicios de su pasado como marginado de la clase; un recogido de peluquería desfavorece tremendamente a una chica que todavía tiene que encontrar su estilo y mientras tanto va embutida en un vestido de gasa fucsia; y juraría que el profesor novato se pone nervioso al dejar caer las bandas sobre los impuros hombros descubiertos de sus alumnas.

Después de la breve ceremonia, el cinismo se apodera de las conversaciones en los corrillos de amigos, familias y profesorado, en el patio del colegio. La crisis, la expatriación de los jóvenes, la inutilidad de los estudios, el refugio laboral de las dobles licenciaturas, las prejubilaciones, el paro.
Me aíslo en unos canapés de salmón y queso para evadirme de este colmo educativo al que nos empeñamos en buscar una finalidad, sin acierto. En la indecisión de comerme la tostada sobre un plato o directamente, un chaval me acerca una servilleta. Me confiesa que no tiene ni idea de qué hacer, mientras se pasa de una mano a otra la banda del bachiller. Me gustaría explicarle mi presentiemiento e ideal de que, dentro de unos años, se valorarán más los currículums personales que los académicos: Qué libros lees en tu tiempo libre, exposiciones que has visitado, dónde has viajado, qué haces los domingos, qué te gusta de tus amigos, a qué hora te despiertas y en qué crees que eres bueno. Pero su madre está cerca y me echa una mirada coaccionándome al silencio, supongo que para evitar que distorsione el camino que ella ha escrito para su niño como, por ejemplo, frustrado arquitecto que pasará toda su vida queriendo reinventarse.


9 jun 2013

BarceloNina #38. Horizontal

Cuenta la esteticista que, en cuanto se tumban en su camilla, hablan. Hablan como si rompieran a llorar. Necesitan hacerlo, llevan conteniéndose mucho y parece ser que, frente a una persona desconocida -sin el juicio crudo del verdadero amigo pero con la suavidad de quien les está viendo desnudos-, se desinflan y silban su biografía. Cuando nos estiramos, aunque no sea ni el momento ni el lugar, nuestras defensas se relajan y no pueden impedir que nos expresemos. De eso deben ser conscientes los psicólogos, que invitan a sus pacientes a echarse en el diván.
También sobre una toalla en la arena o en la hierba, tumbados junto a alguien, logramos una fraternidad imposible de difrutar en posición vertical. No hay nada como dos personas compartiendo la posición de las nueve y cuarto; es la democracia y la intimidad del moflete chafado contra la base. Así, tiene que ser casi imposible mentir algo bonito, ¿no?.
Las conversaciones mimosas por teléfono nos llevan a tenerlas echados en la cama o en el sofá. Quizás el primer te quiero con alguien es más fácil así. El contacto con la almohada y las sábanas parece que nos hace más infantiles; no tenemos la vergüenza adulta y nos protege mientras sigamos en esa posición. Porque si nuestras palabras no surten el efecto esperado, estamos ya preparados para taparnos de miedos y rechazos.
Lamentablemente siempre llega el momento en que volvemos a incorporarnos. Primero un pie, luego el otro y, de pronto, los malestares que en posición horizontal parecían repartirse por todo el cuerpo y hacerse más leves se acumulan en nuestros pies a causa de la gravedad, y nos pesan hasta que volvamos a permitirnos yacer para hablar sin rigideces.

29 may 2013

BarceloNina #36. Temps de cinisme


És nit freda per ser abril. No, perdó: maig. Bé, gairebé juny!
En realitat, diuen que no hi haurà estiu.
"Perfecte, tot pot ser perfecte si vull que ho sigui", va pensar la noia maleïnt el cinisme de l'home del temps d'un país en crisi que sembla que es vol posar a l'alçada, amb les sandàlies encara per estrenar a una mà i els papers del seu acomiadament de la feina a l'altra.

14 may 2013

BarceloNina #34. Faroles y farolas

El futuro interesa, crea empleo y dinamiza la economía, eso que se dice ahora para designar un bien común curiosamente impalpable para la mayoría. Las predicciones están a la orden del día, sea cual sea el campo que se quiera abordar. ¿Materia medioambiental? Tenemos de todo: previsiones a corto, medio y largo plazo, con todos los escenarios posibles. ¿La manifestación del próximo fin de semana? ¿La del mes que viene? Ahora mismo se publicará un cálculo aproximado al respecto (¡da igual que ni si quiera se pongan de acuerdo con las cifras de asistentes una vez ya ha finalizado!). ¿Las intenciones de voto para las elecciones que se celebrarán en dos años? También. ¿El estado de nuestra economía en 15 años mientras ni si quiera tenemos presupuesto para el actual? Pues sí, y con ración diaria de predicciones para que nos vayamos haciendo a la idea.

Estas elucubraciones son una fábrica de miopes capaces de leer en una pantalla a un palmo de sus ojos todas estas estadísticas y números, pero no la farola con la que están a punto de chocar, dos metros por delante suyo. Nos dejamos llevar por informes de auditorías y cámaras de comercio, por promesas políticas a largo plazo, por las palabras de brókers modernos y economistas originales... cuando, en realidad, nunca ha importado tanto el presente como ahora.

Las noticias van plagadas de porvenir. Por ejemplo: se prevé que en el puente de Semana Santa habrá no sé cuántos millones de desplazamientos (¡pero si yo ni a jueves santo sé lo que voy a hacer!). El aumento de reservas a última hora no es cuestión de precio (se encuentran más ofertas reservando con antelación), sino a que vivimos a un ritmo que no nos permite calcular si dentro de dos meses tendremos trabajo, si nos llamarán de la lista de operaciones de la sanidad pública, si seguiremos con la misma pareja, si al final aprovecharemos el verano para venderlo todo y empezar de nuevo...

Deberíamos asumir que no sabemos lo que pasará en el futuro. Cualquier conjetura es nebulosa y por ello cualquier decisión es un riesgo. Es más sensato decir "no sé" que servirnos de pretextos salidos de bolas de cristal y verbalizados por tertulianos bárbaros que se apoyan en "presuntos" e "hipotéticos". Para qué pronosticar escenarios y soluciones mientras hipotecamos nuestro presente, lo más rotundo y real que tenemos. Ojo con la farola.

11 sept 2012

Barcelonina #10. Ella no sigue modas

Nunca antes había gritado "I-inde-independència". Sí que había dicho "visca Catalunya", pero lo de hoy son palabras mayores y le dan respeto. Ha empezado siguiendo los cánticos de los manifestantes con la boca pequeña. Es prudente porque, en realidad, si le preguntaran qué se celebra el 11 de septiembre no sabría muy bien qué contestar: mezclaría fechas, algo de Felipe V, el Decret de Nova Planta... ni idea, vaya. Es muy responsable y siente que no puede estar ahí, manifestándose en la Diada Nacional de Catalunya, sin saber ese tipo de detalles. En momentos se arrepiente de haber salido a la calle. Pero luego se convence, recuerda que ya está harta, se moja los labios y su canto vuelve a recuperar volumen. 

Piensa que a lo mejor se encuentra a alguien conocido y se siente insegura porque no se ha preparado una lista de argumentos para justificar su giro catalanista (en el pasado ha votado a casi todos los partidos, su familia es de todas partes de España y cuando habla catalán hace castellanadas). A cualquier persona que no haya visto en un par de años, le sorprendería verla con una bandera catalana como capa y pidiendo un nuevo estado de Europa. Sería algo incómodo, pero es que han pasado demasiadas cosas como para que no le hayan cambiado. No quiere parecer una manifestante más que se deja llevar por la moda nacionalista, Guardiola, el Ara, las espardenyes, Manel... No sabe muy bien por qué, pero sabe que tiene que estar. No sabe ni cómo quedó lo del catalán en las escuelas, ni el Estatut, ni el rescate por parte de España, solo tiene la intuición de que tiene que estar ahí y que, al cabo de un tiempo, su incertidumbre será orgullo y la reflexión que permitirá algo que empieza a descender de la cúspide de la moda le proporcionará el alegato que busca.


Marcha con antorchas hasta el Fosar de les Moreres 10/09/2012