Cuenta la esteticista que, en cuanto se tumban en su camilla, hablan. Hablan como si rompieran a llorar. Necesitan hacerlo, llevan conteniéndose mucho y parece ser que, frente a una persona desconocida -sin el juicio crudo del verdadero amigo pero con la suavidad de quien les está viendo desnudos-, se desinflan y silban su biografía. Cuando nos estiramos, aunque no sea ni el momento ni el lugar, nuestras defensas se relajan y no pueden impedir que nos expresemos. De eso deben ser conscientes los psicólogos, que invitan a sus pacientes a echarse en el diván.
También sobre una toalla en la arena o en la hierba, tumbados junto a alguien, logramos una fraternidad imposible de difrutar en posición vertical. No hay nada como dos personas compartiendo la posición de las nueve y cuarto; es la democracia y la intimidad del moflete chafado contra la base. Así, tiene que ser casi imposible mentir algo bonito, ¿no?.
Las conversaciones mimosas por teléfono nos llevan a tenerlas echados en la cama o en el sofá. Quizás el primer te quiero con alguien es más fácil así. El contacto con la almohada y las sábanas parece que nos hace más infantiles; no tenemos la vergüenza adulta y nos protege mientras sigamos en esa posición. Porque si nuestras palabras no surten el efecto esperado, estamos ya preparados para taparnos de miedos y rechazos.
Lamentablemente siempre llega el momento en que volvemos a incorporarnos. Primero un pie, luego el otro y, de pronto, los malestares que en posición horizontal parecían repartirse por todo el cuerpo y hacerse más leves se acumulan en nuestros pies a causa de la gravedad, y nos pesan hasta que volvamos a permitirnos yacer para hablar sin rigideces.
También sobre una toalla en la arena o en la hierba, tumbados junto a alguien, logramos una fraternidad imposible de difrutar en posición vertical. No hay nada como dos personas compartiendo la posición de las nueve y cuarto; es la democracia y la intimidad del moflete chafado contra la base. Así, tiene que ser casi imposible mentir algo bonito, ¿no?.
Las conversaciones mimosas por teléfono nos llevan a tenerlas echados en la cama o en el sofá. Quizás el primer te quiero con alguien es más fácil así. El contacto con la almohada y las sábanas parece que nos hace más infantiles; no tenemos la vergüenza adulta y nos protege mientras sigamos en esa posición. Porque si nuestras palabras no surten el efecto esperado, estamos ya preparados para taparnos de miedos y rechazos.
Lamentablemente siempre llega el momento en que volvemos a incorporarnos. Primero un pie, luego el otro y, de pronto, los malestares que en posición horizontal parecían repartirse por todo el cuerpo y hacerse más leves se acumulan en nuestros pies a causa de la gravedad, y nos pesan hasta que volvamos a permitirnos yacer para hablar sin rigideces.
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