Mostrando entradas con la etiqueta Ancianos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ancianos. Mostrar todas las entradas

1 nov 2015

BarceloNina #58. El hombre de la playa

Dice el hombre de la playa que para que no impresione demasiado el agua fría de otoño tienes que meterte de golpe y luego se está bien, luego vale la pena, porque hoy hace sol y da gusto dejar que el aire te seque.

Dice el hombre de la playa, que lleva un bañador pequeño por llevar algo, que hay un niño gateando por la arena que es muy habilidoso, es que es muy rápido y que va a acabar en el agua, y se ríe mientras avisa al padre.

Dice el hombre de la playa, de unos setenta años y en plena forma, que mejor reír que llorar, que ya habrá un tiempo para llorar, aunque también se puede llorar de alegría, supongo que ya lo sabes.

Dice el hombre de la playa que desde luego hay que disfrutar de la vida y que no entiende por qué cuando sale el sol la mayoría de los que se acercan a la playa son extranjeros, eso es que no sabemos lo que tenemos, que no nos acordamos.

Dice el hombre de la playa que ojo porque hay alguien que hoy ha visto una medusa, y lo dice alzando la voz para que le oiga la señora que va a meterse ahora en el agua, con la que antes ya ha hablado y parece que se conocen de otros días, son habituales, y se entienden aunque ella sea italiana.

Dice el hombre de la playa, sin que nadie le haya preguntado nada, que tendríamos que dedicarnos a trabajar en productos artesanales que combinen con la tecnología actual, porque una sin la otra no tienen sentido para nosotros, lo artesanal tiene algo, algo... y parece que huele el aire para entender lo que tiene.

Dice el hombre de la playa que este chaval que va a meterse en el agua con traje de neopreno siempre deja sus chancletas al lado de sus cosas, ¿ves?, para que no se las roben mientras está nadando, y él encantado porque no cuesta nada ayudarse, es que mira que es fácil.

Dice el hombre de la playa que ya empieza a haber demasiada gente en la playa para sus discursos y para hablar de estas cosas, así que se va porque se nota que es sábado por la mañana y hace sol, y eso en otoño no se deja escapar, no señor.

15 may 2015

BarceloNina #55. De viejos

Se despertó en su piso, sola, como cada mañana. Se duchó con la radio de fondo. Habituada a esa emisora y ese programa, podía saber qué sección venía a cada momento y canturrear cada melodía que la acompañaba. Ese control le daba tranquilidad y, en cambio, ante un programa especial por ejemplo tras un accidente, estaba tensionada y no podía hacer más de una cosa a la vez: la vida tras el aparato de pronto la inquietaba y requería toda su atención. Se vistió, y como ese día no tenía que ver a nadie especial, pensó que se pondría ese conjunto que ya tenía hecho (de tantos otros días en los que no tenía ninguna cita) e iría cómoda. Pantalones de pinza negros y un jersey gris con cuello de pico. Se miró al espejo y acarició sus arrugas en lo alto del pecho mientras se echaba crema con oficiosidad, como asumiendo que tenía ella que cuidar su rostro puesto que nadie a lo largo del día iba a concederle una caricia. Luego se puso los zapatos cómodos. Se había dado cuenta, recientemente, de que ya no soportaba los tacones y que se le habían ensanchado los pies. Apagó la radio antes de marcharse de casa, porque no quería ser una de esas viejas que aunque salgan de casa dejan la radio sonando. Odiaba eso y siempre lo decía, "es de viejos", y ella y sus amigas solteras se reían y encontraban cientos de costumbres de viejos. "Por favor, si alguna vez acabo así, ¡decídmelo!", les pedía, reivindicando su juventud por contraposición. Bajó a comprar el pan. Las calles del centro parecían el cementerio de la noche anterior, con algún vivo aún agonizando. Botellas de cerveza rotas, latas, meados, colillas mojadas por el agua sucia con la que limpiaban las calles a manguerazos... el barrio olía a cenicero, todo últimamente tenía ese tufo. Las revistas de ocio que querían gustar exaltaban esa zona por su combinación de tradición y modernidad, en cambio ella creía que habían matado la tradición a base de hipocresía y moda. No, no le molestaba la innovación pero ésta, en concreto, vamos, por favor, no se sostenía por ningún lado. Pensó "yo, de joven, ¿fui así algún día?".  Con "así" quería decir muchas cosas. Por ejemplo, si ella habló alto diciendo memeces; si fue tan hipócrita como para defender todas las causas en conversaciones y luego contradecirlas con su actitud; si creyó tener la razón en tantas cosas; si fue tan segura de sí misma como parecía que lo eran los "jóvenes de ahora" (¡eso de "los jóvenes de ahora" es muy de viejos! pero no estaban sus amigas para avisarla); si su actitud demostró soberbia. No, desde luego que no. Se cruzó con una mujer de unos 50 años que parecía volver de una fiesta. Pensó que no se debían llevar muchos años y, sin embargo, qué vida tan diferente. Esa señora seguro que se ofendería si la llamaran señora, pensó; jaja, se río por dentro; seguro que le sentaría mal el vino malo y se pondría medias de comprensión al llegar a casa. Le parecía ridículo no que llevara otro estilo de vida, sino que no le diera vergüenza pertenecer al estilo de vida que ella reprobaba, una estirpe de borregos que se creían especiales, personas que quedaban sólo para hablar de ellas mismas: vomitaban sus vidas e ideas, escuchaban poco y nunca conversaban de otras causas más nobles como la sociedad, el colectivo, la humanidad. Era testigo de ello a menudo cuando iba a tomarse un cortado por el barrio y descubría que le daba vergüenza ajena ese egocentrismo. Entonces, se levantaba de la silla antes de lo que tenía planeado por no tener que seguir escuchando insensateces, y se iba jorobada pero al menos sentía que era consecuente. ¡Hacía tanto que ella no hablaba de ella misma! ¡Eso sí que era honrado, tener a todas horas conciencia de lo poco que significamos como individuos! ¿Qué iba a explicar, en cualquier caso? A su edad, no tenía todavía tantas citas con los médicos como para hablar de ello, como hacían los viejos en los que no se quería convertir, ni una vida tan de escaparate y marketiniana como los jóvenes a los que no se quería parecer. Entró en la panadería y compró una barra de cuarto larga. Recordó que una vez se la pidió un dependiente y ¡no sabía lo que era! ¡Una barra de cuarto larga! Y le hizo escoger entre una serie de nombres románticos que no decían nada ("de pueblo", "rústica", "provenzal"...), a lo que respondió con un adiós y un portazo. Esta vez sobraría pan, como siempre, pero pensó que lo congelaría para no tener que volver a salir a comprar a la mañana siguiente. Así evitaría darse de bruces de nuevo con este mundo y todo este malestar, sentirse en desacuerdo le resultaba agotador. De vuelta a casa, abrió la puerta de la portería, entró y se apoyó en el pasamanos para subir las escaleras. No era tan joven como para ir brincando, ni vieja como para subir al primero en ascensor. No pertenecía a nada, a nadie ni a ningún lugar. Sólo era ella.

12 ene 2014

BarceloNina #48. Al exclusivo precio que aparece en pantalla

Me encuentro una ciudad que arrastra los pies a pesar de usar bastón. Las calles de la zona alta están llenas de ancianos, como si los hubieran echado a todos de sus casas a la misma hora, la del sol matutino de un día festivo de invierno. Rezan por que el semáforo para peatones se ponga rojo y así poder descansar sin que se note que se han visto obligados a parar para coger oxígeno urbano. Algunos llevan bajo el brazo a una cuidadora probablemente latina, que mientras les escucha mascullar chatea por el móvil.

También hay algunos rincones, más a medida que se está más cerca del centro, abundados por la juventud afligida que luce las primeras canas y las primeras calvas, esa que no sabe hasta cuándo podrá llevar mochila y decir que algo “mola” porque en realidad no sabe nada de su futuro y se cuida de preocuparse por ello. Entre este colectivo que tiene por dogma la sensibilidad 'sport', se encuentra una chica, que abandona una conversación dominada por frivolidades (“y a mí qué el precio de los forfaits de las pistas de esquí”, me ha parecido escuchar que pensaba) y busca un aliado. Instalando un biombo ficticio, monta una nueva conversación más íntima en una esquina de una mesa: “Ahora soy infinitamente más feliz que antes, pero nunca he vuelto a sonreír como entonces”, susurra a su compañero mientras deja que le coja de la mano con la caricia menos protocolaria.

En el supermercado atestado de montañas de turrones y cava infantil la cajera pregunta con monotonía –“¿Tarjeta cliente?”. –“No y no la quiero”.

La programación televisiva se interrumpe con las vacaciones escolares. Ofrece relleno a momentos sin hora ni actividad como los de un atardecer después de una comilona, en los que muchos se emboban con la teletienda, ven programas de reformas de casas en los que se ponen manos a la obra para destruir el gotelé que pifia toda una pared y rezan para poder esquivar las películas tontas de Santa Claus, espíritus de la Navidad y padres en apuros en fechas señaladas. “Y todo, al exclusivo precio que aparece en pantalla”. El ardor se pasea por un estómago que está demasiado arriba y contestan que no, que no quieren nada para cenar.

Madres que se refugian en los regalos de los niños para ocupar un tiempo que, de estar libre, les llevaría al vacío. Maridos infelices que -desde el baño- desean feliz año a la chica con la que querrían estar, cuando logran escaparse del hocico pintado de su mujer. Políticos disfrazados de pajes reales en cabalgatas, un secreto que develarán algún día en alguna entrevista, para dar una imagen cercana de ellos mismos para compensar alguna torpeza o escándalo. Cincuentones que compran una colonia rebajada para sus amantes, con la que han conseguido después de tantos días de compromisos familiares.

Barcelona, envejecida, espera el boom de la ortopedia, tiene unos pocos tristes jóvenes -cada vez menos jóvenes-, parece que va a comisión y -aunque va de moderna- lleva fatal la salada desestructura familiar. Le desfavorecen los rituales de Navidad, tan dulces, pero sigue teniendo rincones sin iluminar en los que se entronan las excepciones, a oscuras, solo a la luz de quien las enfoca.