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26 oct 2013

BarceloNina #47. Una luz sideral

En las cenas de Navidad de mi familia paterna, yo era de las pequeñas. En Cerdanyola, en casa del avi y la abuela Nito, nos reuníamos muchísimos y a la mayoría les llegaba cuanto más por la cintura. Cuando pienso en ello me agobio: envoltorios de regalo por el suelo, olor a puro, a madera antigua, a libros y, de fondo, a la sopa con pilota que se iba calentando en ollas enormes. Había personas -casi desconocidas- que me preguntaban qué tal el colegio porque supongo que no se les ocurría nada mejor, pero yo no sabía muy bien cómo ni qué responderles. Piernas larguísimas se desenvolvían a la perfección por todos los rincones mientras yo me sentía desorientada. Había unas que se me hacían especialmente largas, eran las de mi primo Aleix.

En general, la mesa de los mayores me daba miedo, pero él y mi prima Randi eran los que más respeto me infundían. Adriana era cariñosa y extrovertida, Dani era discreto, Randi tenía la época de adolescente polémica y mi madre no sabía qué regalarle, las barbas de mis tíos Alfonso y Juan generaban aprensión en un primer momento pero acababan siendo los más juguetones. Luego estaba el acento de Natalie y los cigarrillos de Chisca hablando de todo un poco en unas sobremesas que a mí se me hacían larguísimas desde la otra sala, a la que me había fugado para intentar entretenerme pintando en hojas selladas que el avi me daba solemnemente tras abrir su escritorio de madera. Mis primos Joana, Carla y Bernat eran algo mayores que yo y creo que intentaba imitarles.

Pues bien, entre todo este barullo me acuerdo de las piernas delgadas e infinitas de Aleix. Cuando las reseguía con la mirada no alcanzaba a verle todo de una vez en un mismo cuadro, pero de alguna manera sabía que era especial. Su aspecto era algo totalmente nuevo para mí, y me avergonzaba el vestido de Navidad que me habían obligado a ponerme, también que supiera que llevaba uniforme en el colegio y que sacara buenas notas. En una de las sobremesas, mi madre comentó que me pondrían ortodoncia porque tenía los incisivos del paladar superior montados (era esa época en que las madres hablan de uno estando presente pero sin que le den la palabra o derecho a réplica). Aleix saltó y me dijo que no me pusiera aparatos porque mis incisivos molaban porque parecían colmillos de lobo, y sentenció guiñándome el ojo. Observándole desde el otro lado de la mesa y atravesando con la mirada un enjambre de platos, bandejas y las copas de la cristalería ‘buena’, creo que perdí el miedo a ser un poco diferente. Gracias a él y a aquel ambiente de primos y tíos heterogéneos me interesé por la transgresión y entendí que lo que no se entiende ni se puede catalogar también es maravilloso y, de hecho, incluso más.

En primaria, mientras las niñas de mi clase se acortaban la falda de cuadros, yo sentía que no tenía nada que ver con ellas e intentaba descubrir quién era sobreviviendo a las largas horas del patio con el apoyo de mi punto fuerte: mi primo tenía un grupo de música y había grabado un disco. Así que me paseaba con mi discman y aquella portada naranja, negra y blanca de Peanut Pie. Recuerdo que una profesora nos mandó un trabajo que consistía en preparar un programa de radio en grupo. A mí los grupos me daban miedo (y me lo siguen dando) porque es muy fácil sentirse fuera de él. Fuimos a casa de Cristina y grabamos un magacín muy bien hecho, que cerramos invitando a nuestros espectadores ficticios a escuchar “unos minutos musicales” del tema “Lollypop girl”, de unos de los grupos barceloneses del momento.

Creo que fue en bachillerato cuando empecé a encontrar mi identidad (en la que sigo trabajando). Seguía siendo buena estudiante pero gracias a muchas cosas –entre ellas al canallismo de Aleix- me atreví a potenciar mi lado más mío y estar orgullosa de quién era a la vez que me fumaba mi primer porro sin penitencia. En una ocasión me sentaron junto a una chica que era repetidora, contestona y con un carácter muy fuerte. Yo intenté no parecer guay para gustarle, ser solo yo, y creo que la simplicidad funcionó. Al final de curso, en una conversación en un viernes entre clase y clase, mi compañera y otros veteranos comentaron algo de Dj Sideral. Al cabo de un rato, les dije que era mi primo y... alucinaron. Creo que su reconocimiento fue una especie de premio por haber superado una educación secundaria sin haber caído en el ridículo de ponerme calcetines en los tops que precedían a los sujetadores. Pero, sobre todo, me di cuenta de que lo que había sido un amuleto para mí también estaba siendo algo enorme para muchos otros.

En casa de mis tíos Chisca y Alfonso, Aleix tenía una habitación llena de discos y guitarras o bajos, yo qué sé lo que eran. No sabía muy bien si estaba enfermo o no, si vivía en casa de mi tía Chisca o no, si esas Navidades estaría o no en la mesa con nosotros, si me hacía sentir cómoda o incómoda. La pasada primavera hizo siete años que se fue para siempre mi primo Aleix, Dj Sideral. Le conocí a una altura poco adecuada para mirarle a los ojos y captar ese aura del que todo el mundo hablaba y ahora recuerda. Por eso tengo ganas de ver el documental de la Sala Nitsa que se proyectará la semana que viene en el marco del Festival In-Edit en Barcelona y de leer la biografía escrita por Héctor Castells que se publicará próximamente. Aunque por mi altura no pude mirarle directamente y sin ángulos, su luz me tocó y quiero saber el porqué.


26 may 2013

BarceloNina #35. Bien, muy bien

De acuerdo que a menudo la sencillez es una virtud. Pero en el caso que nos ocupa -la edición de 2013 del festival Primavera Sound-, creo que buscábamos exuberancia y descaro porque nos habían acostumbrado a eso. Tuvimos un buen festival, y ya.

Récord de asistentes (170.000) y un cartel envidiable, pero algo no nos hizo explotar. Por supuesto, tuvimos grandes momentos. La insolente juventud de Nick Cave encima del público, el nudo en el cuello con Los Planetas, el festival de Crystal Castles, Django django potentísimos y sacándonos a bailar, la estilosísima Solange, emocionantes Local Natives, parece ser que un conciertazo de Phoenix (aunque yo me lo perdí)... y así muchos más.

Pero también algunas decepciones: bien porque el volumen fue demasiado bajo (The Postal Service), porque el repertorio que tocaron no era de directo de festival (Wild Nothing), porque no vinieron (Rodríguez), porque no vinieron en el último momento (Band of Horses), porque las solapaciones nos impidieron verlos (varios), porque los descubrí tarde (varios, mea culpa), porque los horarios fueron desacertados para según qué tipo de conciertos, porque nuestro ritmo al caminar no fue lo suficientemente rápido para llegar a un escenario situado en donde Cristo celebró la última noria (también varios) o porque el frío nos dejó clavados (tantos más).

Fue el sábado por la noche cuando más se sintió el festival (las fotos son de la sesión de clausura de Dj Coco y del después), lo cual dice algo del resto. Nadie va a sembrar la duda sobre un festival que ha sido un éxito, porque lo ha sido. Pero muchos, cuando nos pregunten qué tal el Primavera este año, no contestaremos con innumerables signos de exclamación como otros años; diremos que bien, muy bien.




6 may 2013

BarceloNina # 33. Dios Mediante

"No tienes estabilidad. Te estoy explicando cómo ser". Me encuentro con esta frase en el bloc de notas de mi móvil. Sigo leyendo. No tengo ni idea de cuándo he anotado esto. Me preocupo, porque en un primer momento estoy convencida de que es imposible de que yo haya escrito eso. Si fuera mío me acordaría, pero no me suena nada. A lo mejor alguien ha cogido mi móvil y le ha dado por dejarme un recado.

Compruebo que fue escrita un domingo a las 4 de la mañana. De verdad que no me ac... ¡Ah!, ya sé: fue en un taxi, con unas copas de más. Cuando oí esa sentencia en la radio, me desperté de mi estado de abstracción y empecé a escribir movida por la fuerza de una confesión en las ondas. Era una conversación en la Cope entre una oyente desvelada por la angustia de la tentación y el locutor, que impartía lecciones de moralidad a unas horas que le conferirían un tono mesiánico o de tarotista -siento no saber distinguirlos bien-.

"Tú te debes a Dios. Luis te ha dicho eso", leo en mis apuntes. Me acuerdo de que llovía bastante y hacía fresco. No tenía sueño, pero iba lo suficientemente borrosa como para transcribir con demasiada torpeza la conversación que oía y que ahora intento descifrar. "No tienes que salir de tu casa. Tu hombre es Juan". Se trataba de una mujer que se debatía entre su marido y su amante, una de esas incógnitas que se quieren resolver a las 4 de la mañana para poder levantarse al día siguiente con soluciones y sin cargas de conciencia. "Además, Juan (el Apóstol, no su marido) dice en el Capítulo 1 que Jesús es la luz verdadera que ilumina a todo hombre", añadió el señor del micrófono. Me estremecí, pero todavía quedaba un poco para llegar a casa y había que aguantar. Estaba claro que el locutor estaba a favor de que ella se quedara con su esposo, pero por si no había quedado claro, insistió: "Hay una canción de Juan Luis Guerra que te dará el mensaje a seguir".

Pinchó el tema a esta señora y yo apunté lo que pude pescar de la letra que sonaba: "Mi Padre me ama tanto que / Su hijo dio por mí / Siempre las gracias le daré / Me ha dado su espíritu y verdad / Te invito mi Señor / A su lado nada temeré... / Mi padre me ama tanto / Su amor es eterno y santo / Tan grande que no puedo entender... / Me viste de ropa fina / Me anhela y me dio su vida / ¡Gloria! ¡Aleluya Padre fiel! / Mi Padre me ama tanto que soy su heredero / Me ha dado su nombre y su poder / Me viste de Gloria y de bondad / Bendito a mí Señor..." y entonces ya se incorporaban unos coros que decían "A mi Dios por siempre saltaré".

Creo que pagué 8 euros con algo de taxi -¡una experiencia impagable!-, aunque no puedo evitar pensar que a la señora anónima le salió gratis y le seguirá saliendo gratis en las madrugadas futuras, Dios Mediante.

17 dic 2012

Barcelonina #18. Lo genuino


El concierto de Mishima de ayer en el Teatre Coliseum prometía inolvidable: la actuación de culminación de la gira de “L’amor feliç” una vez ya están todos los cabos atados tras meses tocando, un marco maravilloso, la gente haciéndose fotos con el cartel del teatro que anunciaba el concierto en la Gran Vía, unas butacas de altura con una panorámica espectacular… estábamos preparados.
Recuerdo la pasada primavera cuando tocaron en la Sala Salamandra, en el que era el preestreno de su gira. Todavía no nos sabíamos las letras de las canciones del último disco, ellos no tenían claro cómo presentar cada uno de los temas, hacían pruebas -decían- y se excusaban, nos tapaban los altos de delante y no veíamos demasiado bien… La diferencia fue que hace unos meses fueron ellos mismos (y las entradas fueron bastante más baratas), mientras que ayer dieron más importancia a todo lo demás con la voluntad -supongo- de darle una buena puesta en escena, cuando la escena ya estaba bien puesta.

Ayer por el Coliseum pasaron Love of Lesbian, Manos de Topo, Za!, Jaume Sisa… por un momento parecía que estábamos en una gala de Navidad. ¿Pero La Marató no era en TV3? Mishima estuvieron fantásticos cuando fueron íntegros, pero decepcionaron tantos cameos (y no por el perfil de los invitados, no; pero es que queríamos más Mishima que nunca y tuvimos menos que de costumbre). Hubo muchos inventos cuando en realidad teníamos ganas de lo genuino y de mucho Carabén.

Llevé al concierto a una persona que empezaba a escuchar a Mishima y,  en vez de dar un paso adelante, lo dio hacia atrás. Yo sufría en la butaca porque me sentía responsable –fui yo quien le embarqué en esta aventura-. Y entonces DJ2D2 hizo una introducción electrónica de “L’amor feliç” de George Brassens, lo que acabó por cortarme la digestión del chocolate de la merienda.
Precisamente porque me gustan mucho Mishima, el concierto de ayer fue el que me ha dejado un regusto más amargo. Ya lo dicen ellos: “tothom sap que la sospita és la primera forma de fe que existeix”.

18 oct 2012

Barcelonina #13. Gràcies, Nacho

Nacho Umbert pintaba cálido y mágico. Y cumplió. Ayer, el Petit Palau de Barcelona olía a humedad, para recordarnos que estábamos en la parte ‘baja' de un lugar precioso. La sala quedó demasiado desangelada para este tipo de concierto íntimo en el que se tenía que haber enriquecido la discreta magnificencia del cantautor barcelonés y haber sentido su aliento al cantar. Como asistente, hubiera preferido que llenase una sala más entrañable. Pero bien, si todo el mundo tiene un verbo, el de Nacho Umbert es encisar y vaya si nos encisó y, he aquí su mérito: hizo que el ambiente se volviera seco e impermeable y que su sensibilidad no se escurriera por el poro de ninguna alma calada. Una timidez encantadora y elegante fue la puesta en escena de "No os creáis ni la mitad"... y algunos temas de trabajos anteriores y un par más del disco que está por venir y que gustaron, gustaron mucho. Canciones de gran sensibilidad en un gran momento porque, desde luego, este es mi momento favorito de la música: cuando se reconoce a un artista tanto como para que se haga un lugar en las agendas de las salas de conciertos y que cuente con el apoyo de un público que siente haber descubierto algo distinto, pero a la vez es suficientemente anónimo como para que, al acabar el show, salga a saludar a la calle a su familia y amigos para comentar la jugada. Cocotín, cocotán. Gràcies, Nacho.

20 jul 2012

Barcelonina #7. El viernes y el sábado del Bilbao BBK Live 2012


Dos horas espectaculares de Radiohead en un festival al alza, redondeado por las actuaciones de Mumford & Sons y Garbage

Radiohead deslumbraron durante dos horas el recinto de Kobetamendi, donde el Bilbao BBK Live alcanzó su cima. Este año la asistencia en tres días se cifra en más de 100.000 personas, también gracias al tirón de bandas como Mumford & Sons y Garbage

Si The Cure coparon el cartel del jueves, Radiohead fue reclamo más que suficiente para la jornada del viernes del Bilbao BBK Live (o mejor dicho, para todo el festival), y más teniendo en cuenta que aseguraron que éste era su único concierto previsto en España. Con un sabor de boca algo amargo, Thom Yorke y los suyos se plantaron en Kobetamendi sin desconvocar la cita bilbaína tras el accidente ocurrido en Toronto hace menos de un mes, cuando se derrumbó el escenario horas antes de un concierto, en un accidente en el que falleció un técnico de su equipo, Scott Johnson.

De acuerdo que ver el show previsto con pantallas móviles y una pantalla gigante de Led probablemente habría sido legendario, pero no nos engañemos, después de ver el pedazo de concierto que ofrecieron, cualquiera se atreve a decir que apechugaron con lo que pudieron. En las casi dos horas que duró, Radiohead presentaron su último disco, “The King Of limbs”, con temas como “Bloom” y “Lotus Flower”, pero también hubo tiempo para complacer a los menos puestos, con himnos míticos como “Idioteque”, “Paranoid Android”, “Karma Police” y con el colofón final de la enorme “Everything In Its Right Place” (con una intro de “After The Gold Rush”). No se pudo pedir más; bueno sí, que no cayera una tormenta y que solo chispeara, lo justo para hacer el momento más memorable si cabe, mientras se cantaban baladas sin complejos. Una postal.

Un rato antes, el cuarteto de chicas Warpaint ya se había encargado de prepararnos en la introspección, con su rock algo psicodélico que fue a conjunto con la foto general de aires apocalípticos: viento sacudiendo el fondo del escenario y nubarrones negros acechando a lo lejos. Pero el tiempo aguantó, y vaya si aguantó bien. Lo hizo nada menos que con Mumford & Sons, que estuvieron enormes y reunieron a muchísimo público en el difícil escenario principal. En plan director de orquesta, Marcos Mumford salió de punta en blanco e hizo enmudecer a todos con su voz rasgada. Pero a partir de ahí, todo fue un desmelene muy cowboy, y pese a que avisó de que se había roto la mano y no podía tocar demasiado, se le vio entregadísimo cantando, tocando el bombo con una mano y el sonajero con otra. Y nosotros preocupados por darnos golpes en la cabeza con una mano a la vez que dibujamos círculos en la barriga con la otra… Estuvieron soberbios, él y el resto de la banda con montones de instrumentos y una puesta en escena con lámparas y para de contar. Sin duda, la alegría más elegante del festival.

Hasta que lancen el nuevo disco y vuelvan a España en septiembre a presentarlo, habrá que conformarse con temas que van avanzando (tocaron “Lover Of The Light” y “Below My Feet”) y con los subidones de su impresionante primer disco, como “Little Lion Man”, “Winter Winds” y el memorable de “The Cave”, canción con la que concluyeron el concierto y que hizo saltar al público hasta que el polvo se levantó en las primeras filas de la pista. ¡Yijah!

El sábado sufrió un bajón de asistencia notorio, sin un cabeza de cartel al frente, algo que no obstante se agradeció puesto que desahogó el recinto y lo hizo mucho más transitable, dónde vas a parar. Los conciertos fueron más flojos –también lo estaban nuestras energías, digámoslo todo–, pero Garbage estuvieron enormes y mereció la pena quedarse un día más. (Cabe recordar que dos entradas de día individuales eran más caras que el abono completo, por lo que de este modo muchos se dejaron convencer y se quedaron también el sábado). A lo que íbamos: Shirley Manson fue un espectáculo, yendo de lado a lado del escenario con unos taconazos (que no dudó en quitarse al final para cantar “I’m Only Happy When It Rains” corriendo en círculos), guapísima, expresiva, fotogénica, tirándose al suelo para cantar la mítica “Why Do You Love Me”, dándolo todo en “Push it” y “Blood For Poppies”, en las que el público respondió entregado. Ni siquiera el fallo técnico que hubo casi al final del concierto y que dejó en silencio a todo el grupo la hizo parar, puesto que siguió como si nada, se resolvió el problema y volvió el sonido, y sin quererlo provocó un subidón de aúpa.

Y es que si el carisma lo es casi todo, también hay que pensar en, por ejemplo, The Kooks y Awolenation (el viernes) y el espasmódico Eli Paperboy Reed (el sábado), tres conciertos que aunque contaron con dispares cantidades de público consiguieron el mismo resultado en los festivaleros: bailar, bailar y bailar. Casos que demuestran que los líderes son vitales para trasladar al público este buen rollo de “estoy como una regadera y quiero contagiarte”. Recibido. Y apuntado queda Awolenation, un descubrimiento de Los Ángeles, con un tipo al frente –Aaron Bruno– con un vozarrón, pelo rubio de envidia, rock electrónico y mucho don de gentes.

El buen nivel evidenció –se acerca un lugar común– la buena salud del festival, que alcanzó los 109.000 espectadores entre los tres días, la cifra más alta en los siete años que lleva de vida. De todos modos, hay un pero: sí a que los números crezcan y bravo por que siga siendo en pro de la calidad, pero ojo con caer en la trampa de querer abarcar demasiado espectro, porque eso podría volverse en su contra del festival, impidiendo que tenga un perfil más definido para ser un festival que guste a todos sin conseguir convulsionar a nadie. Y queremos larga vida a las emociones fuertes.



 Mumford & Sons se salieron


 El fenómeno Awolenation


 Awolenation


Explosión en Radiohead


Etienne de Crecy


Eli Paperboy Reed

Bis: Lo que se oyó por ahí




Festivaleros en el bus de subida al recinto de Kobetamendi


1. Vetusta Morla salieron a tocar saludando a Donostia, y cuando los silbidos del público hicieron evidente su error intentaron corregirlo enumerando otras ciudades vascas para acabar diciendo que saludaban a todo Euskadi. Muy patillero. 


2. El extraño fenómeno de la mini carpa Vodafone, entre el escenario 1 y el 2, liderada por un DJ vestido de negro y a todas horas gente dándolo todo. Habría que analizar esto.

3. El olor a kebab en medio de un concierto cuando el de al lado abre la boca, y le dices que no gracias, que ya has cenado y no quieres repetir.

4. Después de hacer cola para coger el bus, para comprar tickets, para comprar comida y bebida, para ir al WC y para simplemente caminar (había zonas demasiado estrechas), hubo atrevidos que hicieron cola para que les maquillaran. Ansias de riesgo.

5. Gente con cara de haber acampado en la zona 3, la única que no se llenó y que tenía un desnivel de aproximadamente el 20%. Algunos se justificaron diciendo que sólo llevaron al extremo la recomendación de dormir con los pies en alto.

6. Siguiendo con la acampada, pocas duchas para tantos acampados. Un acampado confesó que se le pasó por la cabeza la idea de irse a duchar durante el concierto de Radiohead para no encontrarse con cola.

7. Buses de varias autonomías para las lanzaderas desde Bilbao hasta Kobetamendi, y aún así hubo colas que hacían que uno se planteara subir al recinto haciendo trecking.

8. La barra del montículo de detrás del escenario principal y el sueño de bajar haciendo la croqueta hasta la primera fila.

9. Gente que se compró solo entrada de día del sábado para ver a Keane, que además volverán solos en concierto a España en octubre (???).

(Crónica públicada en Playground)

17 jul 2012

Barcelonina #6. El jueves del Bilbao BBK Live 2012

The Cure, protagonistas (para bien y para mal) de la primera jornada del festival 

El retraso de una hora en el comienzo de The Cure (que, a la vez, congelaba el resto de escenarios) lastró un poco el funcionamiento de la jornada inicial del Bilbao BBK Live. A cambio, Robert Smith ofreció un concierto memorable y Bloc Party otro enérgico.



Tribes 

Es fantástico que, en esta época del año en la que ya se empiezan a recibir emails automáticos de “estaré fuera de la oficina hasta…”, uno se escape unos días a Bilbao y suba hasta Kobetamendi para disfrutar de buena música en el monte, como dirían los anfitriones vascos. Antes de que te empiecen a preguntar eso de que a dónde te vas de vacaciones y tú no quieras contestar porque simplemente no lo sabes, te encuentras tomando algo con los amigos bajo una puesta de sol estival, o todo lo estivales que pueden ser en estas frescas tierras. Con esa alegría del “ya se verá”, pero de momento voy al BBK, casi 37.000 asistentes –según datos de la organización festival– que superaron los problemas logísticos (la odisea de llegar al recinto y la cola para la compra de tickets para bebida y comida se llevaron la palma) y se plantaron, sobre todo, para ver las tres horas de concierto del cabeza de cartel la primera noche, The Cure.


The Cure 

La banda liderada por Robert Smith sufrió problemas técnicos y el concierto se atrasó casi una hora, algo que descuajeringó las estrategias de los más aficionados, que para la maratón habían calculado al minuto sus viajes al WC, el repostaje en la barra de bebidas e incluso el reparto del peso en cada una de las piernas. Ante la impaciencia del público, Smith salió a disculparse y se marcó tres temas acústicos que bien valieron la espera –“Three Imaginary Boys”, “Fire In Cairo” y “Boys Don’t Cry”, canción que acabaría repitiendo junto al resto de la banda a lo largo del concierto. Olé. Ya agrupada, la banda ofreció un inicio de concierto potente que no obstante se fue diluyendo con el paso de las horas. Sonaron hits esperados como “In Between Days”, “Pictures Of You”, “Lullaby”, “Just Like Heaven” o “Lovesong”, pero excepto para los más fanáticos de The Cure, el concierto se hizo excesivamente largo y Robert Smith era el único que parecía tener energía (una lección a su edad, no titubeó en ningún momento). El público del festival, bastante dispar, no tuvo otra opción, dado que la programación de los otros escenarios quedó congelada mientras el cuarteto tocaba: una estrategia desacertada que enfrío a muchos. 

Quizá porque detectaron el cansancio o porque no quisieron retrasarse de su horario previsto, Bloc Party salieron a tocar más que puntuales y al primer sonido de sus guitarras consiguieron arrastrar en un segundo a miles de asistentes con ganas de bailoteo, a la vez que James Murphy hacía lo propio –o más– en otro de los escenarios. Kele Okereke estuvo la mar de simpático –un tipo como él saludando en euskera es ya de por sí un show– y atinó combinando temazos de la etapa inicial de Bloc Party, como “Banquet”, “Here We Are”, “Hunting For Witches” y la maravillosa “This Modern Love”–, con canciones del álbum “Four”, a punto de salir del horno, como “Real Talk” y “Octopus”, cuyo vídeo además presentaron el pasado miércoles.


   

Bloc Party 


La ajetreada tarde de llegada la calentaron artistas como Band Of Skulls (¡qué bien sonó “I Know What I Am”!) y Lori Meyers. Por su parte, Ben Howard y Tribes fueron las opciones más alternativas de las primeras horas, una especie de polos opuestos –el yerno que las madres querrían tener versus los chicos malos de la clase, respectivamente– que gozaron de un público muy entregado para tratarse del inicio del festival. Supongo que todos somos un poco contradictorios y buscamos el oxímoron cuando primero cantó temas como “In A Corner Of An English Field”, “Sappho” o “When My Day Comes”, y luego dejándonos seducir por la dosis de folk surfero de esta edición, de la mano de Howard, entonando “Keep Your Head Up”, “Fear” y la sentida “The Wolves”, con la que gritar una y otra vez aquello de “we lost faith in the arms of love”.



Ben Howard

(Crónica publicada en Playground)

14 jun 2012

Barcelonina #4. Contracrónica




Quería decir que nadie nos ha aplaudido.

Nadie lo ha hecho y, a ver, no es que necesitemos que nos 'enjabonen', como se diría en catalán, pero bueno... no estaría de más que dejáramos de oír cómo nos critican sin conocimiento de causa... Que sí, que siempre con respeto hacia los que son mayores que nosotros, pero joder, es muy fácil generalizar y decir que los jóvenes no pegan ni sello desde la altura de otra generación llena de bonanza, de excitación posfranquista, de coche-casa-segunda casa-y-domingos al restaurante, y de madres que regalan tetas pa' la nena en su graduación.

Nosotros tenemos que aguantar insultos como que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Perdón eh, perdón por lo que voy a decir, pero os podéis ir a la mierda. Somos muchos los que estamos con la lengua fuera, que luchamos por conseguir un trabajo, muchas veces nos tenemos que conformar con un puesto que no complace nuestras ilusiones, hacemos horas y días extra que no computan, cobramos sueldos de risa, nos dejamos exprimir hasta la humillación y luego... luego tenemos que aguantar cosas como que "hemos vivido por encima de nuestras posibilidades". Y que somos vagos, y que no tenemos sangre en las venas ni motivaciones, y que... Para nosotros, tener dos hipotecas y 5 créditos no es una motivación. No, gracias.

Solo quería decir que nadie nos ha aplaudido. Vamos un poco justos cada mes pero, por alguna razón, seguimos gastando en libros y en ir a conciertos que nos animan a soñar, a trasladarnos a otro mundo bastante más agradable que el que nos han dejado otros. Para nosotros es un refugio. De vez en cuando cenamos en una taberna, porque sí, porque nos gusta y -uf, bendito viernes- porque lo necesitamos para hacer algo que requiera contacto, improvisación y el entrañable error humano (que de lunes a viernes es inconcebible). Nos gusta hacer cafés (y decirlo así: "hacer un café") en sitios bonitos y aprovechar la consumición para quedarnos tranquilamente pensando, leyendo o escribiendo. Vamos al cine después de un paseo dominical, porque no desperdiciamos ni un momento con nuestros amigos y casi siempre decimos que sí. A veces se nos va un poco de las manos y organizamos calçotadas, unos 20 euros que amortizamos tremendamente bien, porque después del romesco nos estiramos en el césped de la finca y eso -la compañía, prestarnos atención, charlar con todo lo que significa charlar (no hablar mientras se mira el móvil), arremangarnos y tomar el sol, coger el tren juntos fuera de la ciudad- es maravilloso.

Solo quería decir que nadie ha aplaudido nuestra ilusión por hacer este tipo de cosas, una ilusión que genera más riqueza (intelectual, sentimental y económica) que todos los recortes y subidas de impuestos juntos.

Y quizás es trivial, inoportuno si quieres, pero esta es mi contracrónica (¿puede haber coontracrónica si no ha habido crónica?) de la sesión de DJ Coco con la que se cerró el Primavera Sound 2012. Esto es lo que sentí en aquel 'no hay mañana' donde todos decidimos aplaudirnos, porque nadie lo iba a hacer por nosotros.