Una turista se enamora de un guía local. Lo deja todo, incluso a su novio con el que viajaba en su luna de miel. Una pija de los Emiratos quiere encontrarse, tener una experiencia chocante, pero al segundo día no para de repetir que en cuanto llegue se irá a que le hagan una pedicura, mientras cuelga una foto excesivamente contrastada de una vaca en Instagram. Unos visitantes hablan de los colores y los olores. Una señora lamenta que algunos turistas vayan peor vestidos que los pobres. Después de atender al ritual en que se lleva a los muertos a orillas del río Ganges, una occidental se muerde los labios de lo mucho que le ha impactado la experiencia. Al minuto, recibe un mensaje de su amiga, que le avisa de que en cuanto llegue a la capital le espera un planazo porque tienen entradas para ir a un desfile de moda y luego a la fiesta de después. Una guía turística recomienda un restaurante de comida local, “muy auténtico”, pero al llegar sólo hay turistas. Un señor lleva en su maleta decenas de gafas de sol para repartir entre los necesitados. Va a una aldea, las reparte, les saca una foto a todos ellos con las gafas puestas y se la manda a su amigo distribuidor, que sólo recibirla se la enseña a sus amigos, con los que está reunido en las fiestas del pueblo. Mientras suena una versión de orquesta de un tema de Shakira, va pasando el móvil para que vean a los negros con gafas de sol. No sabe por qué pero se siente bien. Una joven desea llegar al hotel después de un largo día de excursión por el Himalaya para coger wifi, y ya no cena junto a su chico sino que lo hace con sus padres, amigos, amantes y todos aquellos con los que se está escribiendo vía móvil. Les envía fotos y les explica que, en realidad, no está tan bien con su novio porque siente que cada vez tienen menos en común. "La India o te une más o te separa más", les cuenta desde el misticismo que causa la ausencia de emoticonos por una vez. Él, por su parte, intenta disfrutar de la cena mientras mira la puesta de sol.
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17 sept 2014
24 jun 2014
BarceloIndia #6. Sin preguntas
Que un periodista se quede sin ideas durante una entrevista, de la que presumiblemente se puede sacar aún más jugo, debería suponer su retiro inmediato de la profesión. Asumo las consecuencias. Me ha pasado. De hecho, desde que llegué a este emplazamiento de la India rural, no he hecho más que quedarme sin palabras. La escena se repite casi siempre: el entrevistado o la entrevistada, el traductor -casi siempre traductora- y el entrevistador, yo.
Suelo pensar lo mismo antes de salir a terreno a un pueblo remoto para realizar este trabajo: hoy será diferente. Pero siempre me equivoco. Confío en poder darle otro estilo a la entrevista y tocar nuevos temas. Me siento allá donde tiene lugar la conversación, casi siempre en el suelo de una choza o de una escuela. Y al final, todo sucede de la misma manera. Vanos intentos por querer cambiar la realidad, que implacable nutre la atmósfera de cada una de las entrevistas y anula cualquier intento por hacer interesante el resultado de la fórmula pregunta-respuesta. Podrían ser sólo respuestas.
Si le pregunto su nombre, me dirá una palabra que me sonará tan rara que me la tendrá que acabar escribiendo la traductora en la libreta. Si le pregunto su edad me dirá que no lo sabe con exactitud; me dará una cifra aproximada. Me contará los hijos que tiene -si es madre o padre- o lo que le gustaría estudiar -si es un niño o niña-. Luego hablaremos de su problema central: una enfermedad, dificultades laborables (casi siempre como jornalero), víctima de violencia o tráfico... Con pelos y señales relatará su episodio. Y luego todo se reducirá a que él o ella sólo quiere una vida mejor, salud, un compañero que la respete, unas deudas que no le presionen hasta el suicidio y, sobre todo, la posibilidad de soñar con una vida mejor.
Es aquí cuando se acaba la entrevista, por mi culpa. No puedo añadir nada. No hay nada más que preguntar porque todo se reduce a eso: sufrir lo menos posible. Cierro la libreta, tapo el bolígrafo, y acepto un té. Y a cada encuentro me siento un poco menos periodista.
Suelo pensar lo mismo antes de salir a terreno a un pueblo remoto para realizar este trabajo: hoy será diferente. Pero siempre me equivoco. Confío en poder darle otro estilo a la entrevista y tocar nuevos temas. Me siento allá donde tiene lugar la conversación, casi siempre en el suelo de una choza o de una escuela. Y al final, todo sucede de la misma manera. Vanos intentos por querer cambiar la realidad, que implacable nutre la atmósfera de cada una de las entrevistas y anula cualquier intento por hacer interesante el resultado de la fórmula pregunta-respuesta. Podrían ser sólo respuestas.
Si le pregunto su nombre, me dirá una palabra que me sonará tan rara que me la tendrá que acabar escribiendo la traductora en la libreta. Si le pregunto su edad me dirá que no lo sabe con exactitud; me dará una cifra aproximada. Me contará los hijos que tiene -si es madre o padre- o lo que le gustaría estudiar -si es un niño o niña-. Luego hablaremos de su problema central: una enfermedad, dificultades laborables (casi siempre como jornalero), víctima de violencia o tráfico... Con pelos y señales relatará su episodio. Y luego todo se reducirá a que él o ella sólo quiere una vida mejor, salud, un compañero que la respete, unas deudas que no le presionen hasta el suicidio y, sobre todo, la posibilidad de soñar con una vida mejor.
Es aquí cuando se acaba la entrevista, por mi culpa. No puedo añadir nada. No hay nada más que preguntar porque todo se reduce a eso: sufrir lo menos posible. Cierro la libreta, tapo el bolígrafo, y acepto un té. Y a cada encuentro me siento un poco menos periodista.
17 nov 2013
BarceloIndia #4. Capital pueblerina
Con mis dedos recorrí la ciudad y tuve la sensación de dar caricias a contrapelo, sin saber muy bien por qué. Me fui y, dos años y medio después, la he visitado como si la tocara por primera vez. En estos 30 meses desde mi última visita a Nueva Delhi, la capital ha cambiado. Quizás es porque esta vez venía de un pueblo en el sur de la India mayoritariamente rural y me he concentrado en captar los opuestos. Puede que sea por esto, pero lo cierto es que mis sentidos se han ido hacia los escotes. También hacia los anuncios de "Villas today, your legacy tomorrow" que prometen sentirse parte del boom inmobiliario. He advertido más restaurantes internacionales, más discotecas, más extranjeros, más aerolíneas de bajo coste, más indios por las calles consumiendo esta emancipación hecha de copas gratis y ladies night. Si la modernidad es estar en un café aislado escuchando música con tu tableta y con tu pareja haciendo lo mismo enfrente tuyo... definitivamente Delhi quiere ser moderna. Yo no puedo evitar pensar que en estos 30 meses muchos cambios se han limitado a reproducir las tonterías de países ricos, cuando observo en centros comerciales los berrinches de niños a los que los padres ceden dejándoles su móvil para jugar. He detectado ilusión, ínfulas de libertad y de progresismo, pero lástima que se reivindiquen solo llevando tejanos y camisetas y pidiendo cuatro chupitos de golpe. La transformación me ha sabido a revolución capitalista sin movimiento cultural. Pizzas y wifi, nada más.
Cuando se vive en un pueblo de la India y se va a la capital, se saborea la comida que se echaba de menos, la industria cultural, los amigos, el ocio, las compras... pero si permanentemente se tiene acceso a esto, toda la vida se concentra en el refugio consumista perecedero que es la ciudad para los que no viven en ella. Qué desgana al imaginarme una vida en Delhi. El comportamiento de los indios ricos es agotador, es una modestia que habla todo el día de dinero, un compromiso colectivo que siempre se expresa en primera persona del singular, una filosofía aparente de igualdad y respeto que no permite repreguntar ni intervenir. También me daría pereza la vida de los occidentales expatriados ("¿Tienes entrada para la fiesta de la embajada alemana?"; "¿Te han puesto en la lista del bar para el concierto de esta noche?"; "¿Vamos con tu conductor?"; "¿En qué hotel es la pool party este fin de semana?"). Cada día el mismo sarao en un sitio diferente. Siempre la misma gente (y lo que es peor, el mismo tipo de gente) que busca inhalar occidentalismo para airearse del agravio de vivir en la India, cuando en realidad muchos están casi todo el día en un circuito de empleado consular sin tener tiempo para el desgaste que supone la inmersión en otra cultura. Comen más jamón embasado y más ternera que en sus casas en España, y nunca antes habían bebido tanto vino tinto.
La fiebre consumista sube en esta ciudad en la que no siempre ha sido fácil el acceso a algunos servicios y productos. Ahora lo es, pero las ansias se mantienen, algo que hace que la situación sea una mamarrachada. Esto me hace entender el porqué de la ominosa actitud de la vida capitalina que se me antojaba incómoda entonces y... ahora incluso más.
Cuando se vive en un pueblo de la India y se va a la capital, se saborea la comida que se echaba de menos, la industria cultural, los amigos, el ocio, las compras... pero si permanentemente se tiene acceso a esto, toda la vida se concentra en el refugio consumista perecedero que es la ciudad para los que no viven en ella. Qué desgana al imaginarme una vida en Delhi. El comportamiento de los indios ricos es agotador, es una modestia que habla todo el día de dinero, un compromiso colectivo que siempre se expresa en primera persona del singular, una filosofía aparente de igualdad y respeto que no permite repreguntar ni intervenir. También me daría pereza la vida de los occidentales expatriados ("¿Tienes entrada para la fiesta de la embajada alemana?"; "¿Te han puesto en la lista del bar para el concierto de esta noche?"; "¿Vamos con tu conductor?"; "¿En qué hotel es la pool party este fin de semana?"). Cada día el mismo sarao en un sitio diferente. Siempre la misma gente (y lo que es peor, el mismo tipo de gente) que busca inhalar occidentalismo para airearse del agravio de vivir en la India, cuando en realidad muchos están casi todo el día en un circuito de empleado consular sin tener tiempo para el desgaste que supone la inmersión en otra cultura. Comen más jamón embasado y más ternera que en sus casas en España, y nunca antes habían bebido tanto vino tinto.
La fiebre consumista sube en esta ciudad en la que no siempre ha sido fácil el acceso a algunos servicios y productos. Ahora lo es, pero las ansias se mantienen, algo que hace que la situación sea una mamarrachada. Esto me hace entender el porqué de la ominosa actitud de la vida capitalina que se me antojaba incómoda entonces y... ahora incluso más.
22 sept 2013
20 sept 2013
1 sept 2013
BarceloIndia #1. Saber es temer
La India es ese país en el que, cuando uno ve pasar un buen coche entre la mugre, mira directamente al asiento de atrás, sabiendo que es inconcebible el binomio aberrante de una carretera sin asfaltar y una carrocería alemana sin el apoyo de un chófer que dé sentido al discurso. Pero la India también es ese país donde una persona tiene una bici para toda la vida, y se ahorra la pamplina de acumular seis modelos de tamaños diferentes en los garajes de casas adosadas todavía por pagar. Y hay que saber ver este tipo de cosas. Al principio uno repara en estas evidencias, que parecen decir "en la India impera la lógica de la naturaleza" y "el resto del mundo está ciego". Como, por ejemplo, que el hombre que hace las llaves, hace las copias a ojo; o que la forma de arroyo que dejan tras su paso las aguas del monzón sirve el resto del año como expositor de un mercadillo.
Envidio esa ligereza de cuando se pisa la India por primera vez. Cree uno que puede adentrarse en casi todas partes, como un curioso que busca nuevos barrios más allá de los que recomienda la guía para turistas que siguen guías. Pero cada vez soy un poco menos turista y un poco más consciente. Al igual que las historias que cuentan algunas personas de aquí ahora me conmocionan y antes -tengo que confesarlo- no (porque era imposible ponerse en la piel de alguien sin conocer bien su contexto social ni cultural), ahora siento mucho más temor e indignación estando aquí porque tengo algo más de contexto, tras dejar la gorra y la cantimplora en casa. Y cuanto más sabes, más miedo tienes.
La legislación para proteger a la mujer en esta sociedad se concibe pensando en su culpabilidad: Prohibida la lencería en maniquíes y su publicidad, prohibido que las mujeres salgan más allá de las 22h en zonas donde vendan alcohol... A veces es mejor vivir con la hipótesis del turista pasajero: "La India, qué país de caos bien entendido, deductivo, sonrisas, colores y sentido común".
Envidio esa ligereza de cuando se pisa la India por primera vez. Cree uno que puede adentrarse en casi todas partes, como un curioso que busca nuevos barrios más allá de los que recomienda la guía para turistas que siguen guías. Pero cada vez soy un poco menos turista y un poco más consciente. Al igual que las historias que cuentan algunas personas de aquí ahora me conmocionan y antes -tengo que confesarlo- no (porque era imposible ponerse en la piel de alguien sin conocer bien su contexto social ni cultural), ahora siento mucho más temor e indignación estando aquí porque tengo algo más de contexto, tras dejar la gorra y la cantimplora en casa. Y cuanto más sabes, más miedo tienes.
La legislación para proteger a la mujer en esta sociedad se concibe pensando en su culpabilidad: Prohibida la lencería en maniquíes y su publicidad, prohibido que las mujeres salgan más allá de las 22h en zonas donde vendan alcohol... A veces es mejor vivir con la hipótesis del turista pasajero: "La India, qué país de caos bien entendido, deductivo, sonrisas, colores y sentido común".
13 ago 2013
BarceloNina #45. Test de personalidad
Cuando viajas solo, haces reflexiones, recapitulas, valoras... porque en los aeropuertos se dan situaciones extrañas que se prestan a ello. Las despedidas sin intimidad antes del control de seguridad, pedir un café por hacer tiempo, la sala de embarque en la que la gente hace las últimas llamadas, y finalmente estar sentado junto a cientos de personas en sillas en el aire (¿qué hay más raro que eso?).
Pero esta vez, que viajaba a la India, no he pensado mucho. Será la indolencia de la libertad. He leído tranquilamente, he dormido y a ratos me han venido a la mente un cúmulo de mis dogmas, supongo que haciendo un repaso para no olvidar quién soy: no piso el desagüe de la ducha, me da cosa; sospecho de la gente que habla mucho en el desayuno; el lado hacia el que más puedo girar la cabeza es el izquierdo (aunque procuro ir cambiando por miedo a que se me agarrote el derecho); me gustan las aberraciones (¿será por la coca dulce con sobrasada de la Abuela Nito?), y se me pegan -con mucha facilidad- los acentos de la gente y eso me hace sentir idiota. Por lo demás soy totalmente estándar: duermo menos de 8 horas, tomo poca fruta, consulto demasiadas veces el móvil y casi siempre duermo sola.
Tras una hora esperando la maleta en el aeropuerto de llegada, solo pensaba en llegar a cualquiera que sea mi casa, y sea cual sea la personalidad que me acompañara. Y así lo he hecho.
Pero esta vez, que viajaba a la India, no he pensado mucho. Será la indolencia de la libertad. He leído tranquilamente, he dormido y a ratos me han venido a la mente un cúmulo de mis dogmas, supongo que haciendo un repaso para no olvidar quién soy: no piso el desagüe de la ducha, me da cosa; sospecho de la gente que habla mucho en el desayuno; el lado hacia el que más puedo girar la cabeza es el izquierdo (aunque procuro ir cambiando por miedo a que se me agarrote el derecho); me gustan las aberraciones (¿será por la coca dulce con sobrasada de la Abuela Nito?), y se me pegan -con mucha facilidad- los acentos de la gente y eso me hace sentir idiota. Por lo demás soy totalmente estándar: duermo menos de 8 horas, tomo poca fruta, consulto demasiadas veces el móvil y casi siempre duermo sola.
Tras una hora esperando la maleta en el aeropuerto de llegada, solo pensaba en llegar a cualquiera que sea mi casa, y sea cual sea la personalidad que me acompañara. Y así lo he hecho.
2 ago 2013
BarceloNina #44. Julio Verne era torero
Eso es lo que yo creía con unos 11 años y mi
familia se encarga de explicarlo en todas las reuniones con amigos
(todavía hay algunos que a estas alturas desconocen la anécdota) e
incluso de rememorarlo con los que ya se han echado unas risas a mi
costa. Para evitar futuro cachondeo -justificado, no cabe duda- voy a
explicarlo yo misma y así matar la novedad. Hace muchos
años estábamos en el coche mi abuela, mi madre, mi hermano mayor y yo.
Íbamos a la Val d'Aran y como el camino es pesado -y eso que todavía
estábamos saliendo de Barcelona- jugábamos a los personajes: uno piensa
un personaje y los otros hacen preguntas para averiguar de quién se
trata. En uno de los turnos, alguien acertó a Julio Verne después de
preguntar cosas como "¿está muerto?" o "¿es un escritor?" o "¿es
francés?". En cuanto pronunciaron la solución, salté yo y voceé con
espontaneidad la fatídica pregunta: "¿Pero Julio Verne no era torero?".
Una muerte lenta a base de carcajadas me revolvió el estómago, sobre
todo las de mi hermano Adri, que siempre me ganaba en todo y yo no podía
más que aceptarlo con rabia y resigname a su dominio.
En ese momento fui perfectamente consciente de que iba con retraso respecto a ellos y de que tenía grandes obstáculos al no disponer una gran memoria, ni una atención pícara, ni una capacidad intelectual suprema, ni una rapidez eminente. La ignominia dentro de ese Ford lleno de bocadillos envueltos en papel de plata me afectó de tal manera que decidí que eso no podía volver a repetirse y que quería saber. Desde entonces afino mi atención frente a los estímulos y pongo esfuerzo en retener lo que juzgo interesante (a veces el trabajo lo hace la casualidad, que recientemente me llevó a Nantes, ciudad natal de Julio Verne que goza, por cierto, de una gran tradición taurina). Los ridículos no se han esfumado, al revés, siguen siendo numerosos sobre todo alrededor del tablero del Trivial, pero desde luego muchos menos quesitos habría conseguido si no fuera porque un día la ignorancia me subió los colores.
El conocimiento y la cultura requieren un esfuerzo que luego es compensado cuando ves todo lo que te permiten jugar (más allá de los juegos de mesa). Barcelona cada vez deja jugar menos y, aunque es mi ciudad, nunca ha conseguido retenerme. Yo quiero volver a sentirme pequeña, humillada e incapaz. Que me mareen los nervios del escarnio, como lo hicieron aquel día mezclados con el molesto ambientador de coche -manías de viejos-. No ser nadie es la única manera de crecer y, en la India, país de más de 1.200 millones de personas y una cultura y tradición complejísimas, es muy fácil sentirse un adoquín. Confío en que mi menudencia india me provocará lo sufiente para poder seguir aprendiendo a torear.
En ese momento fui perfectamente consciente de que iba con retraso respecto a ellos y de que tenía grandes obstáculos al no disponer una gran memoria, ni una atención pícara, ni una capacidad intelectual suprema, ni una rapidez eminente. La ignominia dentro de ese Ford lleno de bocadillos envueltos en papel de plata me afectó de tal manera que decidí que eso no podía volver a repetirse y que quería saber. Desde entonces afino mi atención frente a los estímulos y pongo esfuerzo en retener lo que juzgo interesante (a veces el trabajo lo hace la casualidad, que recientemente me llevó a Nantes, ciudad natal de Julio Verne que goza, por cierto, de una gran tradición taurina). Los ridículos no se han esfumado, al revés, siguen siendo numerosos sobre todo alrededor del tablero del Trivial, pero desde luego muchos menos quesitos habría conseguido si no fuera porque un día la ignorancia me subió los colores.
El conocimiento y la cultura requieren un esfuerzo que luego es compensado cuando ves todo lo que te permiten jugar (más allá de los juegos de mesa). Barcelona cada vez deja jugar menos y, aunque es mi ciudad, nunca ha conseguido retenerme. Yo quiero volver a sentirme pequeña, humillada e incapaz. Que me mareen los nervios del escarnio, como lo hicieron aquel día mezclados con el molesto ambientador de coche -manías de viejos-. No ser nadie es la única manera de crecer y, en la India, país de más de 1.200 millones de personas y una cultura y tradición complejísimas, es muy fácil sentirse un adoquín. Confío en que mi menudencia india me provocará lo sufiente para poder seguir aprendiendo a torear.









