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31 ene 2018

BarceloNina #65. Club de lectura

Estoy a punto de devolver las llaves, pero no quiero recoger tanto como para que se borre mi huella. 
Perchas, qué facil dar una alegría al próximo que ocupe esta buhardilla. 

Tengo nivel avanzado en construirme rutinas en nuevas situaciones. Pero cerrar es siempre un desafío que da pereza y las escalas -necesarias- se me dan fatal. Dame la siguiente carta. Dame lo que sea pero rapidito.


Dicen que cerrar va bien, para hacer evidente la transición de una cosa a otra. Pero me la sé de memoria, la mierda de transición. Dame otra historia nueva sin tener que pasar por el club de lectura.

19 oct 2016

BarceloNina #63. Sucumbir para contarlo

He tardado algo más que la media, pero he acabado sucumbiendo a todo lo que dije que no sucumbiría. A todo.

Primero fue Whatsapp. Tras el bombazo inicial decidí desinstalarlo de mi móvil porque no me gustaba. Pero, más tarde, con la excusa de que vivía fuera, me lo puse en mi número extranjero. Casi nadie lo tenía guardado en su agenda, así que era una manera de cercar el tema. Al cabo de una año de regresar a Barcelona, mi número extranjero lo dieron de baja. Me di cuenta en parte gracias a que conocidos míos me dijeron que no entendían por qué no contestaba a sus mensajes y -sobre todo- por qué estaba tan rara últimamente, que incluso me había puesto una foto de perfil de un indio grandullón con gafas de sol y un collage de flores detrás. La necesidad ya estaba creada: Tuve que activar Whatsapp en mi número español.

Dije que no entendía las personas que pasaban tanto tiempo estudiando. Siempre había pensado que si yo tuviera que contratar, contrataría a alguien con experiencia antes que con currículum académico. Basta de tanta tontería de titulitis. Bueno, pues resulta que la formación es importante. He sucumbido a un postgrado, pero con el orgullo de hacerlo un poco tarde, habiendo trabajado en distintos ámbitos como para poder decidir en cuál me quiero especializar, y no al terminar la carrera como quien se engancha a un salvavidas para no tener que nadar un poco.

En cuanto al yoga... Después de haber vivido tres años en la India y de no haber tenido casi contacto con él (a excepción de cuando me cruzaba con algún extranjero vestido con túnica, que me propinaba la correspondiente e impertinente mirada de desprecio del que está buscando su lugar en el mundo con la meditación mientras tú simplemente te dedicas a no vestir con túnica) resulta que me empieza a atraer el tema. Llevo una racha de libros de periodistas en el extranjero que hablan de prácticas relacionadas con la meditación y las respetan (y también se ríen de su traslación al mundo occidental con reclamos reduccionistas, de su marketing, de su comercialización, de las urbanitas americanas vestidas de yoga a cualquier hora del día, de sus líneas de ropa en marcas internacionales, de sus primeros yupis newage...). Efectivamente, también he sucumbido a una especie de yoga. Pero que conste que soy nefasta y miro con rabia a los avanzados, que no advierten mi envidia porque durante el contorsionismo cierran los ojos.

He sucumbido a todo esto.

***

"Si quieres cambiar el mundo, o sucumbes a la mayoría, al establishment y al calendario general, o luchas de una manera diferente", algo así dice Jessa Crispin, mi nueva antiheroína feminista-literaria-viajera-natural. Es una putada leer esto porque te das cuenta de que efectivamente has sucumbido y -lo que es peor- que te cuesta aceptarlo. Y entonces sigues leyendo: "Las ovejas negras son ovejas negras como reacción a algo, a su familia, a su entorno, a alguna experiencia pasada, a la sociedad... voluntariamente quieren ser los diferentes. En cambio, los diferentes, los changers [soy incapaz de atreverme a traducir esto], llevan algo dentro y lo sacan. Sorprenden a su familia, a sus amigos, a su entorno porque siguen una voluntad y una manera de hacer que llevan dentro, no como reacción a nada sino porque ellos son así".

Le doy vueltas al tema cuando tengo tiempo en blanco (en blanco de verdad, no en blanco escribiendo por WhastApp, ni estudiando el postgrado, ni de camino a la clase de yoga). 

***

Una amiga que está formándose en astrología (esa ciencia a la que se la considera pseudociencia porque aunque funciona no somos capaces de saber el porqué) se ofrece a leerme mi carta astral. "Tienes una gran capacidad de rebelión, de ir contracorriente e incluso de suponer un desafío, y de conseguir que te escuchen y liderar". 

Le cuento que no estoy segura de saber liderar nada, pero que en todo caso llevo el ser diferente con muy poco estilo. Cuando era pequeña me pusieron unos aparatos que salían de la boca y se colocaban con una cinta tras la cabeza. Los tenía que llevar unas ocho horas por la noche en casa, pero cuanto más los llevara, mejor. Eran muy aparatosos y vistosos. Pero si daban las 8 de la tarde, aunque me tocara clase de tenis (llena de niños ávidos de insultos), me los ponía. Parece que me importaba un pimiento lo que me dijeran. 

Si fuera una virtuosa del piano seguro se apresurarían a poner eso en mi biografía, en ese afán que tienen los biógrafos por relacionar anécdotas de la vida con rasgos de la personalidad, en ocasiones con una osadía pasmosa. Pero en mi caso no sirve para nada, mas que para abrazar la ridiculez. ¿Dónde está el fucking storytelling que lo inunda todo estos días? 

***

A la mayoría de la gente le gusta llegar al bar y que el camarero se acuerde de lo que suele pedir. "¿Café y mini?", dice desde detrás de la barra al verte llegar. A mí, el primer día que me pasa me hace gracia, pero el segundo me invade el agobio. Algo me dice que ya no controlo mi vida sino que ella me controla a mí. Entonces cambio de bar. 

Siempre he pensado que ese consejo que dan a las personas cuando hay riesgo de que atenten contra ellas -diciéndoles que no sigan siempre la misma ruta para ir al trabajo, ni vayan a los mismos sitios a las mismas horas etcétera- me lo tomo al pie de la letra. No porque haya riesgos externos. No porque sea carne de atentado, que yo sepa. Yo cambio la ruta y la rutina por mi propio peligro, para evitar atentar contra mí misma.

Aunque no siempre puedo elegir la ruta, a veces manda la ley de lo-que-quede-más-cerca. Según qué días y a qué horas, estoy tan cansada y me pesa tanto la mochila que de vuelta a casa miro a los que suben las escaleras del metro desde las escaleras mecánicas, pensando lo sanos que se les ve desde esa perspectiva, con ese cuerpo erguido de quien hace yoga (de quien hace yoga bien), con la energía de haber dormido lo justo y necesario  (ni más ni menos) y haber comido siempre orgánico. Esa gente me da malestar conmigo misma, pero no tengo fuerzas ni para la envidia. A duras penas puedo mantenerme en pie. En el vagón, me mira la anciana y bajo la mirada. Si me pide que le deje sentar le diré que estoy enferma, pienso. Algo de verdad hay.

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De pronto la página web me aparece como un Frankenstein, todos los elementos revueltos e incapaz de entender nada. El programador me dice que es un tema de caché, que tengo que borrarlo para que no recuerde el formato anterior o lo que haya pasado. Y joder, mi caché no hay manera de borrarlo, le digo. Le explico que sólo cuando navego de incógnito (engañando al ordenador y haciéndole creer que no soy yo), puedo ver las cosas como son, no con vicios y búsquedas del pasado. Añado la palabra web para asegurarle de que estamos hablando de la web, de nada más.

Ay que ver qué manía con la titulitis y las dobles licenciaturas: informática y psicología.

17 ene 2016

BarceloNina #59. Los fantasmas de la transición

Barcelona es muy bonita pero no cuando estás de paso, en épocas de transición profesional y personal. Las transiciones son una putada. La gente te pregunta cosas normales, como por ejemplo con qué estás ahora profesionalmente, cómo estás después de la ruptura con tu ex y cuánto tiempo te vas a quedar en la ciudad. Y te quedas con cara de "por favor, si me quieres, háblame del tiempo y vamos a bailar".

Para mí, las últimas temporadas en Barcelona han sido a la espera de un proyecto que me sacara de la ciudad, porque los proyectos que me gustaban estaban fuera de la ciudad. Los profesionales y/o los personales.

En estos periodos de transición, cada día mil preguntas merodean en tu cabeza y mil posibles respuestas te despiertan por la noche. Pero a las pocas horas se desvanecen y te paralizas: no te parecen tan buenas ideas. Ni si quiera crees en las posibilidades de que se hagan realidad. Pero, sobre todo, no confías en que en una época de transición seas capaz de decidir algo y hacerlo plenamente. Desde dónde vivir, a de qué trabajar, con quién ver películas los sábados por la noche y si quieres coger un avión al año para volver a tu ciudad o si por el contrario quieres cogerlo una vez al año en el mes de agosto para salir de ella.

En época de transición lo pruebas todo: trabajos que no te pegan, hombres que no te pegan, pensamientos que no te pegan, programas de televisión que no te pegan, dietas que no te pegan. Y no paras de descartar y de acogerte a cosas que no te pegan, prácticamente a partes iguales.

Entonces, si estando en transición no va a salir nada en claro, ¿cómo saber cuándo se acaba?, ¿y cómo conseguir que se acabe?.

Supongo que sabes que la estás dejando atrás cuando te despiertas en la noche con la persona equivocada y coges y te vas, cuando tienes una digestión pesada y reconoces el error de los mejillones en su salsa, cuando decides dejar esas clases de yoga que odias pero para las que te dejaste convencer, cuando no te mueves de casa en fin de año y a la semana siguiente sales hasta el amanecer, cuando tienes fuerza para decirle a la señora que habla gritando en el autobús que baje la voz y recibes las caras de aprobación de otros pasajeros, cuando vuelves a leer durante horas sin pensar en la transición y, sobre todo, cuando consigues fuerzas para no ceder a los caprichos impuestos por esta a veces estúpida ciudad.

15 may 2015

BarceloNina #55. De viejos

Se despertó en su piso, sola, como cada mañana. Se duchó con la radio de fondo. Habituada a esa emisora y ese programa, podía saber qué sección venía a cada momento y canturrear cada melodía que la acompañaba. Ese control le daba tranquilidad y, en cambio, ante un programa especial por ejemplo tras un accidente, estaba tensionada y no podía hacer más de una cosa a la vez: la vida tras el aparato de pronto la inquietaba y requería toda su atención. Se vistió, y como ese día no tenía que ver a nadie especial, pensó que se pondría ese conjunto que ya tenía hecho (de tantos otros días en los que no tenía ninguna cita) e iría cómoda. Pantalones de pinza negros y un jersey gris con cuello de pico. Se miró al espejo y acarició sus arrugas en lo alto del pecho mientras se echaba crema con oficiosidad, como asumiendo que tenía ella que cuidar su rostro puesto que nadie a lo largo del día iba a concederle una caricia. Luego se puso los zapatos cómodos. Se había dado cuenta, recientemente, de que ya no soportaba los tacones y que se le habían ensanchado los pies. Apagó la radio antes de marcharse de casa, porque no quería ser una de esas viejas que aunque salgan de casa dejan la radio sonando. Odiaba eso y siempre lo decía, "es de viejos", y ella y sus amigas solteras se reían y encontraban cientos de costumbres de viejos. "Por favor, si alguna vez acabo así, ¡decídmelo!", les pedía, reivindicando su juventud por contraposición. Bajó a comprar el pan. Las calles del centro parecían el cementerio de la noche anterior, con algún vivo aún agonizando. Botellas de cerveza rotas, latas, meados, colillas mojadas por el agua sucia con la que limpiaban las calles a manguerazos... el barrio olía a cenicero, todo últimamente tenía ese tufo. Las revistas de ocio que querían gustar exaltaban esa zona por su combinación de tradición y modernidad, en cambio ella creía que habían matado la tradición a base de hipocresía y moda. No, no le molestaba la innovación pero ésta, en concreto, vamos, por favor, no se sostenía por ningún lado. Pensó "yo, de joven, ¿fui así algún día?".  Con "así" quería decir muchas cosas. Por ejemplo, si ella habló alto diciendo memeces; si fue tan hipócrita como para defender todas las causas en conversaciones y luego contradecirlas con su actitud; si creyó tener la razón en tantas cosas; si fue tan segura de sí misma como parecía que lo eran los "jóvenes de ahora" (¡eso de "los jóvenes de ahora" es muy de viejos! pero no estaban sus amigas para avisarla); si su actitud demostró soberbia. No, desde luego que no. Se cruzó con una mujer de unos 50 años que parecía volver de una fiesta. Pensó que no se debían llevar muchos años y, sin embargo, qué vida tan diferente. Esa señora seguro que se ofendería si la llamaran señora, pensó; jaja, se río por dentro; seguro que le sentaría mal el vino malo y se pondría medias de comprensión al llegar a casa. Le parecía ridículo no que llevara otro estilo de vida, sino que no le diera vergüenza pertenecer al estilo de vida que ella reprobaba, una estirpe de borregos que se creían especiales, personas que quedaban sólo para hablar de ellas mismas: vomitaban sus vidas e ideas, escuchaban poco y nunca conversaban de otras causas más nobles como la sociedad, el colectivo, la humanidad. Era testigo de ello a menudo cuando iba a tomarse un cortado por el barrio y descubría que le daba vergüenza ajena ese egocentrismo. Entonces, se levantaba de la silla antes de lo que tenía planeado por no tener que seguir escuchando insensateces, y se iba jorobada pero al menos sentía que era consecuente. ¡Hacía tanto que ella no hablaba de ella misma! ¡Eso sí que era honrado, tener a todas horas conciencia de lo poco que significamos como individuos! ¿Qué iba a explicar, en cualquier caso? A su edad, no tenía todavía tantas citas con los médicos como para hablar de ello, como hacían los viejos en los que no se quería convertir, ni una vida tan de escaparate y marketiniana como los jóvenes a los que no se quería parecer. Entró en la panadería y compró una barra de cuarto larga. Recordó que una vez se la pidió un dependiente y ¡no sabía lo que era! ¡Una barra de cuarto larga! Y le hizo escoger entre una serie de nombres románticos que no decían nada ("de pueblo", "rústica", "provenzal"...), a lo que respondió con un adiós y un portazo. Esta vez sobraría pan, como siempre, pero pensó que lo congelaría para no tener que volver a salir a comprar a la mañana siguiente. Así evitaría darse de bruces de nuevo con este mundo y todo este malestar, sentirse en desacuerdo le resultaba agotador. De vuelta a casa, abrió la puerta de la portería, entró y se apoyó en el pasamanos para subir las escaleras. No era tan joven como para ir brincando, ni vieja como para subir al primero en ascensor. No pertenecía a nada, a nadie ni a ningún lugar. Sólo era ella.

16 dic 2014

BarceloNina #53. En el metro de Madrid

Una señora, abrigada con una trenca forrada de pelo sintético, acalorada, se da aire con un abanico con un retrato de la Gioconda. Un joven atractivo lee "Colmillo blanco", luego lo deja y consulta algo (o nada) en su móvil. Gente de la tercera edad viaja sola leyendo a través de ereaders. Una chica entra al vagón con paso decidido, incluso con vehemencia, sosteniendo un libro frente a su pecho y dejando bien claro que la palabra más destacada de su portada -"Porno"-, con un tamaño de fuente enorme, es vista por los demás viajeros. Otra chica se acomoda y deja en el asiento de al lado su fiambrera, deduzco que tras un día de trabajo; se recuesta y cierra los ojos. Llegamos a una parada y un chico con canas y de unos 40 años (no, ya no es chico pero tiene pinta de que a veces lo confunden con alguien más joven), y que va sentado escuchando música con unos auriculares grandes, se gira de pronto y sale corriendo al advertir que tiene que apearse. Un señor de unos 60 años pilota un helicóptero en un videojuego; está en un cañón de piedra rojiza y dispara sin tregua. Una señora saluda -como cada mañana- a un inmigrante que se sitúa siempre en esa boca de metro a vender pañuelos de papel; nunca se los compra pero a veces comentan cosas como que el frío empieza ya a apretar. Es hora punta y una treintañera con mechas en el pelo se abalanza sobre un asiento que ha quedado libre y aprovecha la bienaventura para aplicarse brillo en los labios que le da un efecto plastificado. Un señor entra, avisa que "con su permiso" va a tocar una canción que se llama "Un amigo". Al cabo de unas paradas, cuando este músico ya se ha ido, entra otro de estilo diferente y una pareja, ambos con gafas de sol, comienza a bailar al son de un tango, sorteando elementos del tren como barras, asientos y dejándose llevar cediendo a sus movimientos. Un chico, que ha tenido la suerte de ir sentado a primera hora, sostiene en la mano un café para llevar de Starbucks, se hace una autofoto con él pero la repite varias veces, primero tras peinarse las cejas y luego con distintas perspectivas de su cara y el vaso de plástico duro; acaba ganando la imagen en la que el vaso con el logo tapa la mitad de su rostro e inmediatamente la envía por whatsapp a "Sonia mi cosita".

1 mar 2014

BarceloNina #50. Un buen día

Hoy ha sido un buen día. He llamado a la peluquería para pedir hora y me han preguntado si iría ya con el pelo limpio. He ido a una cafetería y me he sentado en una mesa de dos a tomar un café pensando que, a pesar de que en ese momento la cafetería estaba vacía, más tarde podían venir varios grupos y ocupar las varias mesas de cuatro que había, mucho más cómodas que las pequeñas, teniendo en cuenta que el servilletero, la carta, el soporte de la carta y la botella de aceite de oliva ocupaban la mitad de la superficie. Se ha acabado llenando el bar a la hora del café de los oficinistas y me han pedido muy amablemente que me cambie a la barra para que se pudiera sentar una pareja. De ahí he caminado hasta el consultorio médico, donde el especialista me ha recetado un relajante muscular pese a mis insistentes explicaciones de dolor, convencida de que no eran tensionales. He entrado en la primera farmacia con la que me he cruzado y he comprado las pastillas con cierta vergüenza, esforzándome para poner cara de no estar loca ante el dependiente. Luego he ido a otro especialista que tras revisar con calma el escáner de mi cráneo ha detectado una infección y me ha dado día y hora para la intervención quirúrgica necesaria. He comprado un par de cosas en el supermercado, y he dado el dinero justo al cajero disfrazado de bebé gigante que me atendía. Me he cruzado con un conocido mío, periodista, que sin quererlo ha revelado el poco respeto que le merezco por no trabajar para un diario (si el respeto se midiera según un puesto de trabajo, la complicidad con el póder de los grupos mediáticos sería el súmmum de la integridad periodística). He sonreído mientras me explicaba lo muy ocupado que estaba reproduciendo comunicados de partidos políticos. Le he dicho que me tenía que ir cuando ya llevaba demasiado rato aguantando cómo se labraba su figura iconoclasta, rechazando incuestionables solo por llevar la contraria y hacerse el sabio impostor que acierta con nuevos y atrevidos puntos de vista. Hacía sol y aún así me han juzgado por beber antes de las 13:00 horas. He propuesto a una amiga ir juntas a ver una película al cine y me ha dicho que no podía pero que también tenía muchas ganas de verla, que se la reservara. Me he quedado sin ir con ella al cine y sin poder ir a ver la película. Me he preguntado hasta cuándo sería lícito esperarle y si sería desconsiderada por fer-li el salt. He cenado comida japonesa acompañada de un vino tinto que estaba ácido. No nos lo hemos bebido, nos hemos quejado y no nos lo han cobrado. Me han vuelto a juzgar, esta vez por no beber después de las 22:30 horas y media. He tonteado con el taxista que me ha llevado de vuelta a casa, entrada ya la noche en una jornada laborable. Le he dicho que era la primera vez que subía a un taxi y me gustaba la música que sonaba. Me ha dicho que de día solía escuchar información, pero que así era como le gustaba acabar un buen día.

15 feb 2014

BarceloNina #49. Lo que no se cuenta

Parece que están en extinción las personas que prefieren guardarse las cosas para ellas. Parece que el resto del mundo les pida que se justifiquen. ¿Dónde quedan los que no explican detalles de su vida? ¿Los que respetan esa discreción tan típica de Barcelona? ¿Por qué se está abandonando tan fácilmente? Los dicharacheros sospechan de ellos; algo ocultan, piensan. Si fulanito no dice nada sobre su trabajo, es que no tiene trabajo; si no dice nada sobre sus parejas, es que no tiene pareja; si no dice nada sobre sus planes, es que no tiene planes... y en definitiva si no alardea de su vida, es que no tiene vida. Este modo de hacer y de ser parece que no es cómodo para la mayoría fardona actual. No entienden los silencios ni su homólogo 2.0, la inactividad en la comunicación de la vida privada en las redes sociales. Ellos, que sin preguntarles te cuentan todo lo que han hecho, que sin interesarte por su vida sexual te susurran lo bien que se lo pasan, que buscan que te impresiones con sus habilidades de relaciones públicas cuando te cuentan con quién se codean, que sin venir a cuento explican lo sobresalientes que son en su trabajo porque así se han vuelto después de asistir a un curso de marca personal, que envían la foto de su amante en decenas de chats de WhatsApp... ellos, que sienten un orgasmo de autoestima cada vez que comparten una foto en Facebook en la que creen que se parecen a lo que quieren ser.

Me pregunto en qué lugar quedan -quedamos- los que no publicamos cada detalle de nuestra vida privada. Nadie sabrá los libros que he leído porque no publicaré fotos de sus páginas, ni los grupos de música que descubro, ni los restaurantes a los que voy, ni lo que pienso de la película que he visto, ni los cafés que tomo, ni el moreno de mis piernas, ni las personas que veo, ni los sitios que visito... Estoy convencida de que aunque eso aleje de la mayoría a los autores de estas odas a la inimidad, también les acercará a ellos mismos. Y creo que muchas personas cerca de ellas mismas, se acercarán entre ellas. Reivindico los secretos, la satisfacción -literalmente- personal, la confianza en uno mismo sin tener una masa impresionada que le escuche, y que lejos de pronunciarse con "me gusta" digan a alquien que les gusta en persona, y así disfruten del placer de una confesión que solo conocerán los que protagonicen el cara a cara. Bueno, ellos, y los callejones oscuros de la ciudad, los únicos a los que se les debería invitar a las confidencias.

17 nov 2013

BarceloIndia #4. Capital pueblerina

Con mis dedos recorrí la ciudad y tuve la sensación de dar caricias a contrapelo, sin saber muy bien por qué. Me fui y, dos años y medio después, la he visitado como si la tocara por primera vez. En estos 30 meses desde mi última visita a Nueva Delhi, la capital ha cambiado. Quizás es porque esta vez venía de un pueblo en el sur de la India mayoritariamente rural y me he concentrado en captar los opuestos. Puede que sea por esto, pero lo cierto es que mis sentidos se han ido hacia los escotes. También hacia los anuncios de "Villas today, your legacy tomorrow" que prometen sentirse parte del boom inmobiliario. He advertido más restaurantes internacionales, más discotecas, más extranjeros, más aerolíneas de bajo coste, más indios por las calles consumiendo esta emancipación hecha de copas gratis y ladies night. Si la modernidad es estar en un café aislado escuchando música con tu tableta y con tu pareja haciendo lo mismo enfrente tuyo... definitivamente Delhi quiere ser moderna. Yo no puedo evitar pensar que en estos 30 meses muchos cambios se han limitado a reproducir las tonterías de países ricos, cuando observo en centros comerciales los berrinches de niños a los que los padres ceden dejándoles su móvil para jugar. He detectado ilusión, ínfulas de libertad y de progresismo, pero lástima que se reivindiquen solo llevando tejanos y camisetas y pidiendo cuatro chupitos de golpe. La transformación me ha sabido a revolución capitalista sin movimiento cultural. Pizzas y wifi, nada más.

Cuando se vive en un pueblo de la India y se va a la capital, se saborea la comida que se echaba de menos, la industria cultural, los amigos, el ocio, las compras... pero si permanentemente se tiene acceso a esto, toda la vida se concentra en el refugio consumista perecedero que es la ciudad para los que no viven en ella. Qué desgana al imaginarme una vida en Delhi. El comportamiento de los indios ricos es agotador, es una modestia que habla todo el día de dinero, un compromiso colectivo que siempre se expresa en primera persona del singular, una filosofía aparente de igualdad y respeto que no permite repreguntar ni intervenir. También me daría pereza la vida de los occidentales expatriados ("¿Tienes entrada para la fiesta de la embajada alemana?"; "¿Te han puesto en la lista del bar para el concierto de esta noche?"; "¿Vamos con tu conductor?"; "¿En qué hotel es la pool party este fin de semana?"). Cada día el mismo sarao en un sitio diferente. Siempre la misma gente (y lo que es peor, el mismo tipo de gente) que busca inhalar occidentalismo para airearse del agravio de vivir en la India, cuando en realidad muchos están casi todo el día en un circuito de empleado consular sin tener tiempo para el desgaste que supone la inmersión en otra cultura. Comen más jamón embasado y más ternera que en sus casas en España, y nunca antes habían bebido tanto vino tinto.

La fiebre consumista sube en esta ciudad en la que no siempre ha sido fácil el acceso a algunos servicios y productos. Ahora lo es, pero las ansias se mantienen, algo que hace que la situación sea una mamarrachada. Esto me hace entender el porqué de la ominosa actitud de la vida capitalina que se me antojaba incómoda entonces y... ahora incluso más.