Buscando un
trapo para abrillantar un reloj sin pilas que hace años que no se pone, ha abierto un cajón que se ha encontrado repleto de
limpiazapatos de hotel. No está muy ocupado, podría ir al supermercado ahora, pero las 11 es una hora demasiado reveladora frente al vecindario y prefiere ir a las 20, el momento de los trabajadores, de los divorciados, de los que solo les da tiempo comprar a estas horas y con cara de haber estado haciendo muchas cosas muy interesantes durante todo el día.
Se ha echado a hacer una siesta postdesayuno mientras pensaba que no tiene absolutamente ningunos zapatos que limpiar con estas esponjas engrasadas de hotel. Pero le sabe mal deshacerse de ellas y se ampara en la idea de que, quizás, algún día le puedan ser útiles a alguien y se las ofrecerá gustosamente recordando la época en que hacía viajes de negocios y se hospedaba en ese tipo de alojamientos en los que, aparte de jabones y peines imposibles, ponen esponjas.
Ha cerrado los ojos y se ha dejado adormecer con la música de fondo de un canal de televisión repleto de reposiciones de series y realities que acabaron hace 10 años o que nunca vieron la luz en los canales principales. Pero, de repente, ha oído una escena que le ha causado cierta acidez. Un chiguagua al que han puesto el nombre de Coco, "por Coco Chanel", ha especificado su dueña. Este reclamo le ha hecho abrir un ojo desde el sofá y se ha encontrado con una señora con el botox, las infiltraciones y los postizos fuera de lugar. Estaba vendiendo su casa amablemente, intentando esconder que su mantenimiento es tan caro que se ha vuelto insoportable. Él se ha imaginado esa casa al cabo de unos días de la grabación del programa de televisión con la piscina vacía y llena de hojas. Ha visto a una señora con las uñas con la laca fucsia desconchada agitando una melena de raíces negras y a medio desteñir, enseñando las fotos de cuando llevó a sus hijos a un parque de atracciones acuático que ahora está semiabandonado, abriendo su nevera llena de postres de chocolate bajos en materia grasa, mostrando los alrededores de su urbanización plagada de rotondas nuevas con palmeras de apenas dos metros, ofreciendo una copa del vino que hace un famoso -"íntimo de la familia"- pero del que prefiere no desvelar su nombre porque hace una colección muy limitada "solo para regalar a los amigos", y llamando "bebé" a su marido, un empresario del mundo de la noche que tiene discotecas con zona vip.
Se ha desvelado de un salto con la subida del volumen en los anuncios, sin saber si este panorama lo ha soñado o si ha sido parte del programa. Se ha decidido a ir a hacer la compra sin temer la hora de las amas de casas y, al incorporarse, se ha dado cuenta de que tenía la mano llena de grasa del limpiazapatos de hotel que había estado estrujando todo este rato.
Se ha echado a hacer una siesta postdesayuno mientras pensaba que no tiene absolutamente ningunos zapatos que limpiar con estas esponjas engrasadas de hotel. Pero le sabe mal deshacerse de ellas y se ampara en la idea de que, quizás, algún día le puedan ser útiles a alguien y se las ofrecerá gustosamente recordando la época en que hacía viajes de negocios y se hospedaba en ese tipo de alojamientos en los que, aparte de jabones y peines imposibles, ponen esponjas.
Ha cerrado los ojos y se ha dejado adormecer con la música de fondo de un canal de televisión repleto de reposiciones de series y realities que acabaron hace 10 años o que nunca vieron la luz en los canales principales. Pero, de repente, ha oído una escena que le ha causado cierta acidez. Un chiguagua al que han puesto el nombre de Coco, "por Coco Chanel", ha especificado su dueña. Este reclamo le ha hecho abrir un ojo desde el sofá y se ha encontrado con una señora con el botox, las infiltraciones y los postizos fuera de lugar. Estaba vendiendo su casa amablemente, intentando esconder que su mantenimiento es tan caro que se ha vuelto insoportable. Él se ha imaginado esa casa al cabo de unos días de la grabación del programa de televisión con la piscina vacía y llena de hojas. Ha visto a una señora con las uñas con la laca fucsia desconchada agitando una melena de raíces negras y a medio desteñir, enseñando las fotos de cuando llevó a sus hijos a un parque de atracciones acuático que ahora está semiabandonado, abriendo su nevera llena de postres de chocolate bajos en materia grasa, mostrando los alrededores de su urbanización plagada de rotondas nuevas con palmeras de apenas dos metros, ofreciendo una copa del vino que hace un famoso -"íntimo de la familia"- pero del que prefiere no desvelar su nombre porque hace una colección muy limitada "solo para regalar a los amigos", y llamando "bebé" a su marido, un empresario del mundo de la noche que tiene discotecas con zona vip.
Se ha desvelado de un salto con la subida del volumen en los anuncios, sin saber si este panorama lo ha soñado o si ha sido parte del programa. Se ha decidido a ir a hacer la compra sin temer la hora de las amas de casas y, al incorporarse, se ha dado cuenta de que tenía la mano llena de grasa del limpiazapatos de hotel que había estado estrujando todo este rato.
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