El otro día leí un artículo en el New York Times que me llamó muchísimo la atención gracias al titular que avanzaba, nada más y nada menos, el secreto de una pareja estadounidense para mantener vivo su matrimonio, que es... decirse "te quiero" después de cada frase.
Antes de comenzar a leer el texto, me imaginé situaciones como: "Cariño, tira la basura. Te quiero"; "Voy al lavabo y estaré un rato. Te quiero"; "Pon la Fox. Te quiero"; "Ha llamado tu madre, que no las vas a ver nunca. Te quiero". Y lo peor... visioné esas conversaciones teniendo lugar delante de inocentes que no tienen quieren ser testigos de este ultraje. En comidas, con la familia, con amigos, con personas que acaban de conocer... ¡pobres!
Empecé a leer el artículo, intrigada por cómo la pareja, Karen y Skip, introducirían estas dos palabras (tres en inglés) en todos sus diálogos sin que dejaran de perder su significado y sin que ellos pisotearan su condición de humanos. Para mi sorpresa, el "te quiero" después de todas las conversaciones no era lo más significativo de todo el asunto que ha durado más de 40 años. Había perlas escondidas que, aunque no iban destacadas en el titular, eran caramelos para cualquiera que haya soñado con hacer de asesor matrimonial (¿no hay un reality sobre esto todavía?).
La pareja explica una discusión que tuvieron a lo largo de su ejemplar matrimonio. Resulta que no se pusieron de acuerdo sobre a quién le tocaba limpiar ese sábado (solían turnarse), justo después de que a su hija se le hubiera caído una docena de huevos al suelo al intentar coger algo de la nevera. Estuvieron todo el día discutiendo (mi imaginación se empezó a poner en marcha: "Vete a la mierda. Te quiero") e incluso cuando llegó un amigo de Karen y fue a coger una cerveza de la nevera, todavía estaba el potingue saludando en la cocina. Por suerte, la polémica quedó cerrada y volvieron los te quieros: "Estoy casi seguro de que ella acabó limpiando los huevos", concluye Skip tras explicar este capítulo oscuro.
En la entrevista, también admiten que fueron padres muy jóvenes y que fue ella quien se encargó de cuidar de su hija. Karen reconoce que tuvo muchas dificultades y que, si hubiera tenido a su hija más adelante, habría intentado exigir más a su pareja para que ejerciera su rol de padre y le ayudara.
Otro de las trabas que han superado con su ejemplar relación es la movilidad que ha necesitado Skip en su trabajo: ella le ha seguido por todas las ciudades en las que ha trabajado... aunque muchas veces no quisiera. Ahora es Karen la que viaj mucho por trabajo mientras su familia está en casa, pero tienen una regla para no perder la intimidad: llamarse cada día a las 6 y a las 11 "pase lo que pase".
Tiene que ser el colmo de la ternura que cuando la pareja entra en un terreno sin ley sea ella la que siempre pringue (tener una pauta da tranquilidad) y que, gracias a dios, todo el resto de amor y convivencia esté reinado por la norma. Una relación bajo control, sí señor.
Otra de sus tradiciones es el Naked Thursday, una rutina de la que se sienten muy orgullosos y que se basa en ir desnudo por la casa, para no perder las buenas costumbres. Ahora entiendo por qué a la niña se la cayeron los huevos al suelo.
(Estaremos atentos a esta maravillosa serie de parejas que resisten al tiempo del New York Times y ya sabéis, si queréis contar vuestro testimonio, solo tenéis que rellenear este formulario para ilustrarnos con vuestra sapiencia afectiva).
No hay comentarios: