10 mar 2013

Barcelonina #22. El cristalero de la Sagrada Familia


Artículo publicado en Unfollow Magazine



Coge el lápiz como un pintor, conoce de cerca al artesano, considera la arquitectura, aplica técnicas de fotografía, domina algunos comportamientos de la física y tiene el gusto de un diseñador. Se llama Joan Vila Grau, es de profesión pintor y cristalero y el proyecto que le roba todas las horas de trabajo es… la Sagrada Familia.

Vila Grau -de 80 años- es el responsable desde hace 13 de encender y apagar la luz natural que entra en el monumento más visitado en España. ¿Ilusión cuando recibió el primer encargo? “Sí, pero también un poco de miedo. Es una gran responsabilidad y es difícil, porque tengo que trabajar a mi manera y con mi estilo, pero teniendo presente que estoy en casa de Gaudí”. A pesar de su prudencia, Joan Vila Grau habla seguro y tranquilo. Se conforta alegando que el permiso para entrar se lo dio el mismo Gaudí al admitir que no podría acabar su obra y que tendría que dejar algunas pistas para que otros profesionales la enriquecieran con su personalidad y culminaran el proyecto mastodóntico. Ni siquiera el incendio del 1936 que quemó muchos de los planos y maquetas del estudio del arquitecto impidió que los profesionales que han participado -y que siguen participando- en esta obra consiguieran decodificar las pretensiones del maestro modernista, una gran labor de documentación y de ‘ponerse-en-la-piel-de’ que es casi tan diligente como el proyecto en sí, según Vila Grau.

Reconozco que creía que iba a conocer a un obrero y me encontré con un artista. “El trabajo del maestro vidriero -me hace gracia llamarle así- puede ser una simple artesanía o puede ser un arte”, se justifica Vila Grau, vestido elegantemente en el estudio de su casa de Barcelona. Aprovechando un momento de silencio, me pide que me cambie de silla -“te has sentado en la mía”-.  Me gusta su determinación amable. Del mismo modo, con intrepidez pero con respeto, ha cumplido a rajatabla el precepto gaudiniano de creatividad y modernidad… haciendo lo que ha querido: “O puedo trabajar con libertad total o no trabajo”.

Con una carrera artística destacada en el campo de la pintura, el primer vitral de Vila Grau para la Sagrada Familia -el de la Resurrección- causó tal impresión que después de presentarlo le fueron encargados todos los restantes de la basílica en construcción. “(Los miembros del patronato) no se esperaban lo que representaría ver el momento del sol proyectando los colores del vitral en las columnas y paredes. Es… ¡vida!”. La previsión es que en 2016 estén finiquitados todos los vitrales del templo. Es una misión de grandes proporciones y aunque Joan todavía no ha hecho todos los deberes –aproximadamente ha elaborado el 70% de los casi 150 vitrales ‘importantes’ que tiene el templo-, tiene una idea general del programa a partir del cual va definiendo individualmente cada uno de los temas de cada vitral para así, poco a poco, ir arrojando luz al proyecto.
¿Pero cuál fue la consigna que dejó el arquitecto modernista para este trabajo tan especial? Vila Grau se esfuerza por citar algunos de los enunciados que más le incumben, en presente de indicativo: “Gaudí dice… ‘el sol es el mejor vitral’; ‘la Sagrada Familia será el templo de la luz armónica’; ‘los colores del vitral pintarán el interior del edificio’; ‘el sentido de la espiritualidad no tiene que venir de la oscuridad ni de las tinieblas, sino de la luz’; ‘la luz entrará por las bóvedas, iluminando el interior del templo de la misma manera que la luz cuando se filtra a través de las hojas de un bosque’”… Y acaba por estimarlos en tiempo pretérito: “Dijo pocas cosas pero acertadas”.


La mayor pista, no obstante, fue la petición de Gaudí de que los vitrales fueran más blancos y claros en la parte superior y más coloreados y oscuros en la parte inferior, justo al contrario de la técnica de homogeneización lumínica que se venía empleando en épocas anteriores. De este modo se conseguiría un gran impacto con la entrada de luz en lo alto del edificio, que destacaría bóvedas y mosaicos, y que además se vestiría con la bonita epístola del triunfo de la vida sobre la muerte.

La agudeza de Joan Vila Grau se está demostrando, entre otras cosas, por todo lo que evita en sus cristaleras.  No sigue un programa iconográfico como el que estamos acostumbrados a ver en las iglesias góticas, con escenas de la vida de Jesús o de los apóstoles. Su programa es cromático. Cada vitral tiene (o tendrá) una personalidad propia que conseguirá transmitir un mensaje, pero a la vez irá en relación con los que tenga al lado y en frente para obtener un discurso del color global. Uno de sus grandes logros -dice, pidiendo permiso para la licencia- es haber evitado una “feria de muestras”.

Después de un conversación más bien teórica, se acomoda en su mesa de trabajo y me enseña cómo dibuja. “¿Ves?, esta es la importancia sobre el plomo que te explicaba antes”. Este material aguanta cada una de las piezas de cristal. Antes solía diseñarse su disposición de una manera funcional y más estática, pero Vila Grau ha pretendido darle movimiento con un dibujo que se resigue por todo el vitral, según me explica con el lápiz en la mano y haciendo curvas en el aire. Un idioma más en su obra.



Y una vez diseñado el vitral, ¿qué? “Pasar de un proyecto a verlo montado es como traducir un libro de un idioma a otro, y por tanto se tiene que estar”. Joan y su hijo Toni –quien le ayuda en todo el proceso- hacen un seguimiento exhaustivo: desde que  terminan el diseño de un vitral y pasa al taller de vidrio, hasta que luego se coloca en la basílica sobre el cristal translúcido que rellena las ventanas y protege sus vidrieras. Le pregunto si es más importante el interior o el exterior –de la vidriera, especifico-, y contesta que “evidentemente el interior, aunque el exterior también es importante”, mientras desde su silla endereza la muleta entre sus piernas y deja apoyadas ambas manos. Pasa luego a advertir de que los cristales se pueden romper si no están bien protegidos. “Como todo, ¿no?” y habla del material que le roba las horas con pasión: “El vidrio es desconcertante. Es frágil porque un golpe lo puede romper. Y en cambio puede ser muy resistente y… aguantar cosas que ni te imaginas”. Este maestro de la luz y del color, que admite que se ha cortado alguna vez con el vidrio –“hay que ir con cuidado”-, reconoce que tiene una gran responsabilidad, tanto consigo mismo como con la ciudad, por todo el “daño” que podría hacer al templo si no hiciera bien su trabajo. Sin embargo, toda la angustia y las dudas que le generan su cometido le compensan por “los momentos de gracia artística… esos instantes en los que uno tiene la sensación de que acierta”.

Uno podría acostumbrarse a trabajar en la Sagrada Familia, incluso acomodarse. Aunque Vila Grau va a menudo al templo, la cotidianidad no le hace rebajar la prodigiosa circunstancia: “He estado muchas veces pero siempre me da respeto”. Le pregunto si es creyente. “Depende de lo que tú me digas que entiendes por cristianismo te diré que lo soy o que no lo soy”. Se hace el silencio. Suena al fondo una canción de piano, muy suave. Creo que es jazz.  Y continúa: “Hay diferentes maneras de entender el cristianismo, muy diferentes. Hay aspectos que pueden ser muy superficiales, que no me interesan y, en cambio, la ética y la moral, sí”.
¿Le impresiona estar trabajando en una iglesia? Evidentemente. Creo que cuando se entra en la Sagrada Familia se tiene la sensación de estar en un espacio diferente, no únicamente por la cosa física, arquitectónica. Se tiene la sensación de estar en un espacio sagrado… Incluso los japoneses que la visitan tienen una actitud de respeto, por cuestión de educación pero también por espiritualidad”.

¿Qué debe sentir al escucharse en la audioguía de la Sagrada Familia? ¿Y al esquivar turistas que admiran su obra para poder seguir trabajando? ¿Cómo lleva el poder compartir esta predilección con su familia, todos artistas? ¿Y al recibir su mayor encargo tras una larga trayectoria artística? ¿En qué piensa cuando está solo en la Sagrada Familia, abierta en exclusiva para él? Debe de ser maravilloso, aunque muchos se pierdan la oportunidad de ponerse en su piel. ¿Qué piensa él de que tantos barceloneses no hayan visitado nunca el monumento? “Hasta hace unos años era un bosque de vigas y andamios”. Confía en que el avance que se ha hecho en las obras últimamente animará a más locales a visitarla. “Las cosas que tenemos cerca no las valoramos”, dice con una pena más bien ligera. “Es un fenómeno muy normal ir de viaje y visitar todo lo que es importante porque… ¡quizás no volverás nunca!, caricaturiza en tono apocalíptico. “En cambio, en Barcelona todo el mundo piensa que ya irá un día u otro y se consuela sabiendo que la Sagrada Familia siempre estará ahí, que no corre prisa”.



Joan, perdoni’m. Le tengo que confesar que le mentí: no había visitado la Sagrada Familia aunque le dije que sí. Habría sido torpe decirle que no. Ahora se lo puedo confesar porque compré mi entrada después de la entrevista. Usted me explicó que las vidrieras tienen el inconveniente y el prodigio de no verse nunca igual, a causa de los efectos de la luz que cambian según la época del año, la situación meteorológica y sobre todo según la hora del día, que decide por qué vitral se cuela el foco de luz. Así que permítame detallarle cómo se vieron sus vitrales un lunes de febrero, sobre las 10 de la mañana, en un día nublado pero claro, habiendo llovido y con amenaza de volverlo a hacer: la luz que entraba era conciliadora. Tenue y sin impurezas, obligaba a contemplar con la mirada de quien se deja impresionar, un punto de vista que tanta falta hace para advertir genialidades que pasan por habituales y genios cuya virtud se encuentra más allá de su obra.

No hay comentarios: