Hace tiempo que lo vengo pensando, pero el sentimiento es cada vez más transpirable y ya no puedo callarlo por más tiempo. Los coach suelen patrocinar el exteriorizar lo que nos inquieta al momento, para evitar que llegue el día en que explotemos y soltemos -a bocajarro, de malas maneras y encolerizados- nuestras preocupaciones. Pues vamos a ello y hagamos caso a la milicia del entusiasmo.
Me preocupa la servilleta de papel que ponen entre el plato y el bocadillo en los bares. ¿Por qué hacen eso? El camarero sirve el bocadillo y cuando uno se lo acaba y quiere limpiarse las manos o la boca, no puede porque la servilleta está llena de migas, de aceite y quizá con algún trozo de embutido que se haya caído. Además, el pan se engancha a la servilleta, y cada vez que el comensal coge el bocadillo del plato para darle un mordisco, mira como un tonto el manjar buscando restos de papel blanco. Entendería que la pusieran -por ejemplo- bajo un bocadillo de atún para absorber el aceite y evitar una piscina de grasa. ¿Pero con el resto?
Otra opción es que renuncien a su utilidad y la pongan por estética, per fer goig. Pero en ese caso, por favor, los bares tendrían que tener un poco de consideración y habilitar alguna otra servilleta encima de la mesa. Porque una vez que inutilizan una servilleta, se necesita otra que cumpla con su utilidad. No se vale enseñar la cuixa por deferencia. Llegados a este punto, a veces uno ve que no hay más remedio que interrumpir su plácido desayuno, con lectura autista y sin estímulos ajenos, para pedir una servilleta. Y el camarero le señala el dispensador que tiene encima de la mesa, que deja ir servilletas de un papel -¿será papel?- muy extraño, duro, como el de calco... -¿Será exfoliante para pieles mixtas?-. Y claro, si el desayunante pide que le traigan una servilleta de verdad, corre el riesgo de que le miren como si fuera un mimado -y ya se había pasado de la raya pidiendo el zumo sin pulpa-.
Igual ocurre cuando sirven el croissant o cualquier otro tipo producto de bollería, y el disgusto es el mismo o peor, porque un bollo con un buen hojaldrado puede resultar como un platanero en primavera que no deja de soltar, soltar, soltar...
Creo que solo un ejército de bocas y manos aceitosas y manchadas sería capaz de devolver a las servilletas su utilidad, y eso -en las cafeterías de moda, con aires nórdicos, donde siempre es la hora de la merienda y en las que los camareros tienen como uniforme la camisa de cuadros y el tupé- surtiría efecto gracias a la efectiva amenaza del desayunante chabacano.
Me preocupa la servilleta de papel que ponen entre el plato y el bocadillo en los bares. ¿Por qué hacen eso? El camarero sirve el bocadillo y cuando uno se lo acaba y quiere limpiarse las manos o la boca, no puede porque la servilleta está llena de migas, de aceite y quizá con algún trozo de embutido que se haya caído. Además, el pan se engancha a la servilleta, y cada vez que el comensal coge el bocadillo del plato para darle un mordisco, mira como un tonto el manjar buscando restos de papel blanco. Entendería que la pusieran -por ejemplo- bajo un bocadillo de atún para absorber el aceite y evitar una piscina de grasa. ¿Pero con el resto?
Otra opción es que renuncien a su utilidad y la pongan por estética, per fer goig. Pero en ese caso, por favor, los bares tendrían que tener un poco de consideración y habilitar alguna otra servilleta encima de la mesa. Porque una vez que inutilizan una servilleta, se necesita otra que cumpla con su utilidad. No se vale enseñar la cuixa por deferencia. Llegados a este punto, a veces uno ve que no hay más remedio que interrumpir su plácido desayuno, con lectura autista y sin estímulos ajenos, para pedir una servilleta. Y el camarero le señala el dispensador que tiene encima de la mesa, que deja ir servilletas de un papel -¿será papel?- muy extraño, duro, como el de calco... -¿Será exfoliante para pieles mixtas?-. Y claro, si el desayunante pide que le traigan una servilleta de verdad, corre el riesgo de que le miren como si fuera un mimado -y ya se había pasado de la raya pidiendo el zumo sin pulpa-.
Igual ocurre cuando sirven el croissant o cualquier otro tipo producto de bollería, y el disgusto es el mismo o peor, porque un bollo con un buen hojaldrado puede resultar como un platanero en primavera que no deja de soltar, soltar, soltar...
Creo que solo un ejército de bocas y manos aceitosas y manchadas sería capaz de devolver a las servilletas su utilidad, y eso -en las cafeterías de moda, con aires nórdicos, donde siempre es la hora de la merienda y en las que los camareros tienen como uniforme la camisa de cuadros y el tupé- surtiría efecto gracias a la efectiva amenaza del desayunante chabacano.
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