Padre e hijo juegan en media pista de una cancha de basquet. El padre no se implica demasiado en la actividad: no se emociona demasiado, no corre demasiado detrás del balón, no tira demasiado a canasta... ni si quiera mira demasiado a su hijo. Ambos van equipados con un chandal, es invierno y hace sol. Parece que ninguno de los dos está entusiasmado con este sábado. Al cabo de un rato de estar jugando -breve- el padre se sienta en un escalón fuera de la cancha, con la excusa de un tiempo muerto. En un primer momento no hace nada -quizá esperando que se le ocurra a su hijo lo que le da vergüenza pedirle-. A los pocos segundos, pide al niño que vaya hacia donde está él y le da su móvil para que le haga una foto. Ya puestos, le pide la pelota. Y ahí está él, sentado con un chandal, con las piernas abiertas, pisando la pelota de basquet con un pie y mirando al infinito. Una especie de cono en el juego de su hijo pero un padrazo con buena muñeca en Twitter. Este tipo de padres es de los que debe prohibir a sus hijos que se abran una cuenta en las redes sociales, pero no para protegerles de su ingenuidad, sino para que no se les caiga la cara de vergüenza cuando vean lo que cuentan sus progenitores, esos héroes de la vida e-real.
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