22 ago 2012

Barcelonina #8. El falso tomate

La Costa Daurada catalana, atestada de turistas y locales, lucía el cartel de completo en sus hoteles, apartamentos, apartahoteles, campings y bungalows con nombres ampulosos como Augusto, Patriarca o Casablanca. Los kioskos exponían todo su esplendor dejando atrás el largo invierno con hinchables para la playa, toallas, sombrillas y cremas solares. Los supermercados se llenaban de productos que solían compran los extranjeros, y tenían mostradores destacados para los diferentes sistemas depilatorios y neveras adicionales para bebidas frías y venta de hielo. La fachada de un hotel se imponía en la calle principal paralela a la playa, con 200 balcones calcados y enganchados los unos a los otros, de barandillas blancas muy ornamentadas, de un gusto que quería ser señorial. La fuerte actividad hacía sombra a la crisis económica. Había llegado el verano y extranjeros y locales se disponían a disfrutar de placeres low cost como ir a la playa con la nevera y 20 cacharros más, pasear en la bici sin tener accidentes procurando esquivar a otras bicis, viandantes y vendendores, o comprarse un helado después de hacer una cola de 20 minutos. La incomodidad no tenía precio.

Daba la sensación de que el mundo se encabezonara en mantenerse como había vivido hasta ahora y quisiera exprimir el legado del boom… pero el poso que quedaba era demasiado espeso como para sacarle provecho. En este marco, en una sofocante noche del agosto de 2012, las autoridades de las localidades de la zona, alguna gente bien de toda la vida de la Costa Daurada y veraneantes que llegaban sobre todo de Zaragoza y Madrid se reunieron en la cena de verano de un club marítimo. Era una fiesta con cierta tradición, en la que los habituales del muelle -amantes de la vela y la pesca- se sentían fuera de lugar y, en cambio, tenía todo el sentido para aquellos socios que amortizaban poco el puerto deportivo pero que conocían todos los secretos de la barra de bebidas y de su camarera. El evento olía a auge del verano, etapa reina, punto álgido estival; era la cúspide del aceite solar de zanahoria.

Ese año unas gemelas rubias llevaban un vestido blanco ajustado con uno de los hombros al aire, tendencia que se repetía en otras cincuentonas de piel estirada; una señora con el pelo platino mojado llevaba un tocado negro que, la verdad, hacía poco de verano; otras mujeres lucían foulards que seguramente se habrían comprado para alguna boda y querían amortizar; y todos lucían morenos propios del glamour de puerto deportivo, morenos de esos que sudan, de marrón SaddleBrown con código 8B4513 en el sistema RGB. Durante la cena se servían platos a la altura, o mejor dicho, con nombres de platos de altura: falso tomate, reinterpretación de raviolis, recuerdo de foie en tarrito de cristal... Son los peligros de reinterpretar sin haber interpretado, y de querer llamar falso tomate a un tomate relleno en toda regla, cagundena. Tras la espléndida cena, llegaba la hora del show, una especie de ceremonia de apertura de unos Juegos Olímpicos, aunque nadie sabría decir de qué ciudad. En su espectáculo recorrían artistas, disciplinas y personajes del imaginario colectivo de los habituales de un club de striptease low cost. Salían a escena parejas famosas como la policía sexy el ladrón; Charlot, sin camiseta pero con tirantes y pajarita, se abrumaba porque una señorita en cueros que quería bailar con él; una pareja de chicas muy elásticas de Europa del este hacía un número de baile, ambas vestidas con el mismo traje de novia blanco de los chinos, que permitía ir arrancando los sobrantes hasta quedarse en maillot...

Eran solo cuatro artistas multidisciplinares los que hacían todos los papeles, gracias a su tremenda habilidad para meterse en los diferentes papeles y a un asomobroso fondo de armario con decenas de cambios de vestuario, que permitió que también salieran a escena la gatita inocente y picantona, una gimnasta que intentaba-solo intentaba- hacer girar una veintena de hula-hoops en todo su cuerpo, una pareja de muñequitas con un baile absolutamente contemporáneo que quería expresar un maridaje entre China y Versailles, a juzgar por sus vestidos de época compañados por música oriental y un bailarín con una careta con plumas y un abanico. También había tiempo para un número de gángsters y pistolas, un tributo a Michael Jackson...

El último número de estos artistas lo hacían acompañados por la orquesta que luego les tomaría el relevo. La banda la componían un chico y una chica que cantaban, bailaban y tocaban el órgano, que abusaban de vibrato al cantar para, ya sabes, darle un toque personal a los temas y hacerlos suyos, y al final de las canciones gritaban "se acabó". Y entonces, con la plana mayor en el escenario del puerto deportivo, pedían un aplauso para los artistas de esta exhibición tan heterogénea y completa, y presentaban y despedían al grupo (no a su representante, lástima) que había amenizado el postre (una reinterpretación del pa amb oli i xocolata que no dejó indeferente) para descubir, como ocurre con los finales circular que dan sentido a toda la trama, que se hacen llamar "Elegance show".



Saddle Brown. Código 8B4513

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