Se despertó en su piso, sola, como cada mañana. Se duchó con la radio de fondo. Habituada a esa emisora y ese programa, podía saber qué sección venía a cada momento y canturrear cada melodía que la acompañaba. Ese control le daba tranquilidad y, en cambio, ante un programa especial por ejemplo tras un accidente, estaba tensionada y no podía hacer más de una cosa a la vez: la vida tras el aparato de pronto la inquietaba y requería toda su atención. Se vistió, y como ese día no tenía que ver a nadie especial, pensó que se pondría ese conjunto que ya tenía hecho (de tantos otros días en los que no tenía ninguna cita) e iría cómoda. Pantalones de pinza negros y un jersey gris con cuello de pico. Se miró al espejo y acarició sus arrugas en lo alto del pecho mientras se echaba crema con oficiosidad, como asumiendo que tenía ella que cuidar su rostro puesto que nadie a lo largo del día iba a concederle una caricia. Luego se puso los zapatos cómodos. Se había dado cuenta, recientemente, de que ya no soportaba los tacones y que se le habían ensanchado los pies. Apagó la radio antes de marcharse de casa, porque no quería ser una de esas viejas que aunque salgan de casa dejan la radio sonando. Odiaba eso y siempre lo decía, "es de viejos", y ella y sus amigas solteras se reían y encontraban cientos de costumbres de viejos. "Por favor, si alguna vez acabo así, ¡decídmelo!", les pedía, reivindicando su juventud por contraposición. Bajó a comprar el pan. Las calles del centro parecían el cementerio de la noche anterior, con algún vivo aún agonizando. Botellas de cerveza rotas, latas, meados, colillas mojadas por el agua sucia con la que limpiaban las calles a manguerazos... el barrio olía a cenicero, todo últimamente tenía ese tufo. Las revistas de ocio que querían gustar exaltaban esa zona por su combinación de tradición y modernidad, en cambio ella creía que habían matado la tradición a base de hipocresía y moda. No, no le molestaba la innovación pero ésta, en concreto, vamos, por favor, no se sostenía por ningún lado. Pensó "yo, de joven, ¿fui así algún día?". Con "así" quería decir muchas cosas. Por ejemplo, si ella habló alto diciendo memeces; si fue tan hipócrita como para defender todas las causas en conversaciones y luego contradecirlas con su actitud; si creyó tener la razón en tantas cosas; si fue tan segura de sí misma como parecía que lo eran los "jóvenes de ahora" (¡eso de "los jóvenes de ahora" es muy de viejos! pero no estaban sus amigas para avisarla); si su actitud demostró soberbia. No, desde luego que no. Se cruzó con una mujer de unos 50 años que parecía volver de una fiesta. Pensó que no se debían llevar muchos años y, sin embargo, qué vida tan diferente. Esa señora seguro que se ofendería si la llamaran señora, pensó; jaja, se río por dentro; seguro que le sentaría mal el vino malo y se pondría medias de comprensión al llegar a casa. Le parecía ridículo no que llevara otro estilo de vida, sino que no le diera vergüenza pertenecer al estilo de vida que ella reprobaba, una estirpe de borregos que se creían especiales, personas que quedaban sólo para hablar de ellas mismas: vomitaban sus vidas e ideas, escuchaban poco y nunca conversaban de otras causas más nobles como la sociedad, el colectivo, la humanidad. Era testigo de ello a menudo cuando iba a tomarse un cortado por el barrio y descubría que le daba vergüenza ajena ese egocentrismo. Entonces, se levantaba de la silla antes de lo que tenía planeado por no tener que seguir escuchando insensateces, y se iba jorobada pero al menos sentía que era consecuente. ¡Hacía tanto que ella no hablaba de ella misma! ¡Eso sí que era honrado, tener a todas horas conciencia de lo poco que significamos como individuos! ¿Qué iba a explicar, en cualquier caso? A su edad, no tenía todavía tantas citas con los médicos como para hablar de ello, como hacían los viejos en los que no se quería convertir, ni una vida tan de escaparate y marketiniana como los jóvenes a los que no se quería parecer. Entró en la panadería y compró una barra de cuarto larga. Recordó que una vez se la pidió un dependiente y ¡no sabía lo que era! ¡Una barra de cuarto larga! Y le hizo escoger entre una serie de nombres románticos que no decían nada ("de pueblo", "rústica", "provenzal"...), a lo que respondió con un adiós y un portazo. Esta vez sobraría pan, como siempre, pero pensó que lo congelaría para no tener que volver a salir a comprar a la mañana siguiente. Así evitaría darse de bruces de nuevo con este mundo y todo este malestar, sentirse en desacuerdo le resultaba agotador. De vuelta a casa, abrió la puerta de la portería, entró y se apoyó en el pasamanos para subir las escaleras. No era tan joven como para ir brincando, ni vieja como para subir al primero en ascensor. No pertenecía a nada, a nadie ni a ningún lugar. Sólo era ella.
15 may 2015
9 abr 2015
BarceloIndia #8. Autobuses del sur de Asia
Música local a tope mezclada con el rugido del autobús y del tráfico, que entra por las ventanas correderas abiertas. Por ellas, cañonazos de un viento caliente que alivia pero te impide abrir los ojos por completo. La piel se te va secando, como los labios, la boca, la garganta. El asiento se engancha en la ropa y la ropa en tu piel. La nariz se te va tapando pero a la vez el aire te obliga a cerrar la boca, a rasgar tu mirada -que sólo puede ser perdida- y el viento te mantiene casi inmóvil por su impacto. Es imposible estar totalmente despierto a todo lo que va sucediendo. Estás en un estado entre vigilia y sueño: piensas o sueñas cosas, no lo sabes bien. Ves o imaginas escenas, quién sabe. De pronto se presenta en el cuadro de tu ventana un paisaje maravilloso pero para cuando logras abrir del todo los ojos, se ha sucedido por otro: demasiado tarde. Los pueblos, las carreteras, se suceden sin final ni principio, están perfectamente cohesionados para no sobresaltar. Las luces y los colores que decoran las figuritas de dioses que acompañan una repisa del autobús quedan extrañas en un paisaje entre tanta naturaleza. De pronto el autobús se detiene al llegar a una parada. Sube un vendedor que lleva unos buñuelos de verdura en una cesta. El viento se corta en seco, como la respiración. El calor empieza a agobiar, ahora la música molesta porque está demasiado alta, sin el ruido del tráfico. Se rompe la ensoñación, te ahogas. Ahora todo se hace incómodo y estás deseando que siga la narcosis y el viaje, no importa si es muy real o no, ni del todo fidedigno. Pero estás seguro de que así es como se hace más llevadero.
28 ene 2015
BarceloNina #54. Expats y pantallas
Artículo publicado en el blog de innovación de Prisa, Toyoutome
Somos expats y no somos pocos. Muchos ni si quiera nos hacíamos llamar expats hace un tiempo, porque simplemente no estaba popularizada la palabra y… algunos no teníamos las buenas condiciones de trabajo y de vida que se desprenden de ese término. En resumen: vivimos y trabajamos en el extranjero.
Somos camaleones que nos adaptamos a los cambios con una facilidad pasmosa. Cada vez hacemos mejores maletas y más pequeñas, y se nos hace más difícil contar las camas en las que hemos dormido, los pisos, las ciudades, los amigos… Mucho de lo que vivimos es fugaz pero intensísimo. Quizá estemos un poco desconectados de los programas de la televisión de nuestro país, de cuál es el famoso de turno, de qué se respira en las calles… pero de pronto sorprendemos con sabiduría popular del tipo “en Australia el agua se va en la dirección contraria por el desagüe”. Estos conocimientos no nos harán ganar una partida de Trivial pero –generalizando, porque siempre hay quien que no se saca partido, da igual dónde esté- nos darán sentido común, pragmatismo, relativismo y ancho de miras que durarán para siempre.
En el caso de los españoles, algunos hemos decidido vivir en el extranjero por interés propio, otros como consecuencia de la crisis económica, otros arrastrados por familia o pareja… En cualquier caso, lejos queda la imagen en blanco y negro del emigrante de maleta y boina e incluso otras connotaciones más recientes que –personalmente- pienso que nos han hecho un flaco favor; véase Españoles por el Mundo, Callejeros Viajeros, etc. No, a muchos ya no nos interesa que nuestro grupo de amigos sean todos españoles y quedar para ver el fútbol a deshoras desafiando al cambio horario. Ni vivimos de embutido envasado que viaja con nosotros. Ni gritamos cuando hablamos por Skype por eso de si no nos oyen al otro lado. Nuestra experiencia fuera ya ha superado esa fase de cateto al estilo Paco Martínez Soria. Con matices, mantenemos un equilibrio entre el amor por descubrir una cultura diferente y la conservación de costumbres propias. Si vas a un restaurante de playa, pides pescado, ¿no?; pues si vives en Tokio, te lanzas a la comida japonesa. Kilómetro cero o sentido común, llamémosle como queramos. Cierto es que eso no significa que haya que prohibirse una velada de vino y un curado; la nostalgia es bonita, y no hace falta añadir un aforismo que lo justifique. Su extremo, mimetizarse con los autóctonos y perder la propia identidad por ejemplo vistiendo kimono las 24 horas del día, puede ser respetable pero sociológicamente ridículo.
En toda esta vorágine de check-ins, aterrizajes, traslados y
vida lejos de la que era nuestra casa, el apoyo de las pantallas e Internet es
incuestionable, siempre que se aplique con esa balanza entre vida física y vida
tecnológica. Relaciones a distancia con familia y amigos que se mantienen vía
todo-lo-que-se-pueda (Skype, WhatsApp, Instagram, correo electrónico, blog,
Facebook…), pero también nuevas oportunidades que surgen entre los expatriados.
Sus dudas, la necesidad de compartir experiencias, la información, el apoyo, la
ambición, la curiosidad por saber qué están haciendo otros en otras partes del
mundo e incluso el ocio y el entretenimiento desde el punto de vista expat son
temas que se recogen en el proyecto 0034 CódigoExpat que ideé a raíz de mi propia vida en el extranjero. Se trata
de una web con información y servicios para españoles que viven fuera. No es
que hayamos inventado la penicilina: solo hemos aplicado ese sentido común que
mencionaba. Los proyectos digitales que existen dirigidos a ellos (foros,
consejos para el exportador, denuncias por la fuga de cerebros…) me parecen
interesantes pero limitados. Por su parte, los medios españoles se centran en
informar y, cada vez que el INE publica una estadística, se echan las manos a
la cabeza con titulares del tipo “Ya son no sé cuántos españoles los que han
emigrado…”, pero poco más. ¿Qué hay de sus problemas, de lo que sienten, de sus
curiosidades, de contar historias sobre sus vidas sin ese tono lacrimógeno de
“vuelve a casa, vuelve” y, en definitiva, de estar ahí?
Hay un nicho para una plataforma profesional y solemne, que
sea capaz de aglutinar la enorme cantidad de contenidos y ayuda que se les
puede ofrecer. Se han hecho muchas cosas, pero falta algo global: EL punto de
referencia para este colectivo. Sabiendo esto, nosotros vamos a intentar ser
una de esas pantallas en las que se apoyan los expats, a sabiendas que merecen
una plataforma a su altura y lo complicado que es estarlo.
0034 es (qué bien suena poder hablar ya en presente y no en
futuro) un proyecto en el que estamos involucradas personas que hemos vivido en
el extranjero y profesionales del periodismo y la comunicación. Ahora estamos
trabajando en la aceleradora de startups de PRISA (PRISA INN) en Madrid y muy de cerca con EL PAÍS
para que nos asesoren en este proceso, poder presentar la versión beta de la
página en muy pocas semanas, caminar con su apoyo en nuestros primeros meses de
vida y con la posibilidad e ilusión de que entren como socios en el futuro.
Claro, entonces he mentido. Ya no soy una de ellos.
Formalmente ya soy ex expat o repatriada, aunque me considero todavía expat y
hablo en primera persona porque: 1) volví hace poco; 2) tengo muy presente la
vida y las personas en el extranjero; y 3) porque sé que para muchos está allí
su -¿nuestro?- futuro.
16 dic 2014
BarceloNina #53. En el metro de Madrid
Una señora, abrigada con una trenca forrada de pelo sintético, acalorada, se da aire con un abanico con un retrato de la Gioconda. Un joven atractivo lee "Colmillo blanco", luego lo deja y consulta algo (o nada) en su móvil. Gente de la tercera edad viaja sola leyendo a través de ereaders. Una chica entra al vagón con paso decidido, incluso con vehemencia, sosteniendo un libro frente a su pecho y dejando bien claro que la palabra más destacada de su portada -"Porno"-, con un tamaño de fuente enorme, es vista por los demás viajeros. Otra chica se acomoda y deja en el asiento de al lado su fiambrera, deduzco que tras un día de trabajo; se recuesta y cierra los ojos. Llegamos a una parada y un chico con canas y de unos 40 años (no, ya no es chico pero tiene pinta de que a veces lo confunden con alguien más joven), y que va sentado escuchando música con unos auriculares grandes, se gira de pronto y sale corriendo al advertir que tiene que apearse. Un señor de unos 60 años pilota un helicóptero en un videojuego; está en un cañón de piedra rojiza y dispara sin tregua. Una señora saluda -como cada mañana- a un inmigrante que se sitúa siempre en esa boca de metro a vender pañuelos de papel; nunca se los compra pero a veces comentan cosas como que el frío empieza ya a apretar. Es hora punta y una treintañera con mechas en el pelo se abalanza sobre un asiento que ha quedado libre y aprovecha la bienaventura para aplicarse brillo en los labios que le da un efecto plastificado. Un señor entra, avisa que "con su permiso" va a tocar una canción que se llama "Un amigo". Al cabo de unas paradas, cuando este músico ya se ha ido, entra otro de estilo diferente y una pareja, ambos con gafas de sol, comienza a bailar al son de un tango, sorteando elementos del tren como barras, asientos y dejándose llevar cediendo a sus movimientos. Un chico, que ha tenido la suerte de ir sentado a primera hora, sostiene en la mano un café para llevar de Starbucks, se hace una autofoto con él pero la repite varias veces, primero tras peinarse las cejas y luego con distintas perspectivas de su cara y el vaso de plástico duro; acaba ganando la imagen en la que el vaso con el logo tapa la mitad de su rostro e inmediatamente la envía por whatsapp a "Sonia mi cosita".
23 nov 2014
BarceloNina #52. El antiemprendedor
No sé cuáles son las 10 claves que hay que tener claras antes de sentarse a hablar con un business angel. Nunca he ido a un congreso de emprendedores ni start-ups y espero evitarlo en la medida de lo posible. No entiendo por qué no se utiliza el homólogo castellano del mentoring, ni de tantos otros anglicismos. En este mundo les encantan.
No calzo deportivas para dar charlas ni visto camisetas con mensajes optimistas e ingeniosos a modo de consejos vitales, aforismos de emprendedor a los que desviar la atención en medio de una charla (perdón, pitch) en la que conmueve a la audiencia y entusiasma con un discurso que saca lo mejor de nosotros mismos. No, yo no tengo ese talento. Nadie grabará una presentación mía para reproducirla como ejemplo de motivación. Yo soy más del realismo sucio, de leer a Bukowski y Fante y aparcar la biografía de Steve Jobs. No tengo tablet.
Hay emprendedores que dedican más tiempo al autobombo y a parecer una empresa happy que a su proyecto. Hay cincuentones con dos coches llamándose emprendedores. De verdad, está pasando. También odio el hecho de esta palabra otorgue un talento innato a la persona: ¿Acaso no es más meritorio no haber nacido para ello y haber conseguido sacar adelante un proyecto, a base de aprendizaje y experiencias? No soporto la palabra emprendedor y todo lo que se asocia a ella.
Creo que un verdadero emprendedor -como yo lo entiendo- lleva implícito el riesgo, el molar menos y ser un poco pringado: no tener recursos, ser joven como para que no siempre te tomen en serio pero que en cambio te exijan responsabilidades como a un veterano, vivir en un piso compartido, comer muchos cereales por pereza a cocinar, estar perdido y tener la cautela... de creer más en tu proyecto que en ti.
No calzo deportivas para dar charlas ni visto camisetas con mensajes optimistas e ingeniosos a modo de consejos vitales, aforismos de emprendedor a los que desviar la atención en medio de una charla (perdón, pitch) en la que conmueve a la audiencia y entusiasma con un discurso que saca lo mejor de nosotros mismos. No, yo no tengo ese talento. Nadie grabará una presentación mía para reproducirla como ejemplo de motivación. Yo soy más del realismo sucio, de leer a Bukowski y Fante y aparcar la biografía de Steve Jobs. No tengo tablet.
Hay emprendedores que dedican más tiempo al autobombo y a parecer una empresa happy que a su proyecto. Hay cincuentones con dos coches llamándose emprendedores. De verdad, está pasando. También odio el hecho de esta palabra otorgue un talento innato a la persona: ¿Acaso no es más meritorio no haber nacido para ello y haber conseguido sacar adelante un proyecto, a base de aprendizaje y experiencias? No soporto la palabra emprendedor y todo lo que se asocia a ella.
Creo que un verdadero emprendedor -como yo lo entiendo- lleva implícito el riesgo, el molar menos y ser un poco pringado: no tener recursos, ser joven como para que no siempre te tomen en serio pero que en cambio te exijan responsabilidades como a un veterano, vivir en un piso compartido, comer muchos cereales por pereza a cocinar, estar perdido y tener la cautela... de creer más en tu proyecto que en ti.
17 sept 2014
BarceloIndia #7. Un verano en la India
Una turista se enamora de un guía local. Lo deja todo, incluso a su novio con el que viajaba en su luna de miel. Una pija de los Emiratos quiere encontrarse, tener una experiencia chocante, pero al segundo día no para de repetir que en cuanto llegue se irá a que le hagan una pedicura, mientras cuelga una foto excesivamente contrastada de una vaca en Instagram. Unos visitantes hablan de los colores y los olores. Una señora lamenta que algunos turistas vayan peor vestidos que los pobres. Después de atender al ritual en que se lleva a los muertos a orillas del río Ganges, una occidental se muerde los labios de lo mucho que le ha impactado la experiencia. Al minuto, recibe un mensaje de su amiga, que le avisa de que en cuanto llegue a la capital le espera un planazo porque tienen entradas para ir a un desfile de moda y luego a la fiesta de después. Una guía turística recomienda un restaurante de comida local, “muy auténtico”, pero al llegar sólo hay turistas. Un señor lleva en su maleta decenas de gafas de sol para repartir entre los necesitados. Va a una aldea, las reparte, les saca una foto a todos ellos con las gafas puestas y se la manda a su amigo distribuidor, que sólo recibirla se la enseña a sus amigos, con los que está reunido en las fiestas del pueblo. Mientras suena una versión de orquesta de un tema de Shakira, va pasando el móvil para que vean a los negros con gafas de sol. No sabe por qué pero se siente bien. Una joven desea llegar al hotel después de un largo día de excursión por el Himalaya para coger wifi, y ya no cena junto a su chico sino que lo hace con sus padres, amigos, amantes y todos aquellos con los que se está escribiendo vía móvil. Les envía fotos y les explica que, en realidad, no está tan bien con su novio porque siente que cada vez tienen menos en común. "La India o te une más o te separa más", les cuenta desde el misticismo que causa la ausencia de emoticonos por una vez. Él, por su parte, intenta disfrutar de la cena mientras mira la puesta de sol.
24 jun 2014
BarceloIndia #6. Sin preguntas
Que un periodista se quede sin ideas durante una entrevista, de la que presumiblemente se puede sacar aún más jugo, debería suponer su retiro inmediato de la profesión. Asumo las consecuencias. Me ha pasado. De hecho, desde que llegué a este emplazamiento de la India rural, no he hecho más que quedarme sin palabras. La escena se repite casi siempre: el entrevistado o la entrevistada, el traductor -casi siempre traductora- y el entrevistador, yo.
Suelo pensar lo mismo antes de salir a terreno a un pueblo remoto para realizar este trabajo: hoy será diferente. Pero siempre me equivoco. Confío en poder darle otro estilo a la entrevista y tocar nuevos temas. Me siento allá donde tiene lugar la conversación, casi siempre en el suelo de una choza o de una escuela. Y al final, todo sucede de la misma manera. Vanos intentos por querer cambiar la realidad, que implacable nutre la atmósfera de cada una de las entrevistas y anula cualquier intento por hacer interesante el resultado de la fórmula pregunta-respuesta. Podrían ser sólo respuestas.
Si le pregunto su nombre, me dirá una palabra que me sonará tan rara que me la tendrá que acabar escribiendo la traductora en la libreta. Si le pregunto su edad me dirá que no lo sabe con exactitud; me dará una cifra aproximada. Me contará los hijos que tiene -si es madre o padre- o lo que le gustaría estudiar -si es un niño o niña-. Luego hablaremos de su problema central: una enfermedad, dificultades laborables (casi siempre como jornalero), víctima de violencia o tráfico... Con pelos y señales relatará su episodio. Y luego todo se reducirá a que él o ella sólo quiere una vida mejor, salud, un compañero que la respete, unas deudas que no le presionen hasta el suicidio y, sobre todo, la posibilidad de soñar con una vida mejor.
Es aquí cuando se acaba la entrevista, por mi culpa. No puedo añadir nada. No hay nada más que preguntar porque todo se reduce a eso: sufrir lo menos posible. Cierro la libreta, tapo el bolígrafo, y acepto un té. Y a cada encuentro me siento un poco menos periodista.
Suelo pensar lo mismo antes de salir a terreno a un pueblo remoto para realizar este trabajo: hoy será diferente. Pero siempre me equivoco. Confío en poder darle otro estilo a la entrevista y tocar nuevos temas. Me siento allá donde tiene lugar la conversación, casi siempre en el suelo de una choza o de una escuela. Y al final, todo sucede de la misma manera. Vanos intentos por querer cambiar la realidad, que implacable nutre la atmósfera de cada una de las entrevistas y anula cualquier intento por hacer interesante el resultado de la fórmula pregunta-respuesta. Podrían ser sólo respuestas.
Si le pregunto su nombre, me dirá una palabra que me sonará tan rara que me la tendrá que acabar escribiendo la traductora en la libreta. Si le pregunto su edad me dirá que no lo sabe con exactitud; me dará una cifra aproximada. Me contará los hijos que tiene -si es madre o padre- o lo que le gustaría estudiar -si es un niño o niña-. Luego hablaremos de su problema central: una enfermedad, dificultades laborables (casi siempre como jornalero), víctima de violencia o tráfico... Con pelos y señales relatará su episodio. Y luego todo se reducirá a que él o ella sólo quiere una vida mejor, salud, un compañero que la respete, unas deudas que no le presionen hasta el suicidio y, sobre todo, la posibilidad de soñar con una vida mejor.
Es aquí cuando se acaba la entrevista, por mi culpa. No puedo añadir nada. No hay nada más que preguntar porque todo se reduce a eso: sufrir lo menos posible. Cierro la libreta, tapo el bolígrafo, y acepto un té. Y a cada encuentro me siento un poco menos periodista.
21 abr 2014
BarceloNina #51. El gremio
En todas partes funciona igual, el gremio. En todas partes hay uno. Es un grupo de periodistas que, aunque no trabajan juntos, son ‘protegidos’ unos de otros, están en la misma esfera. Se recomiendan, retuitean sus artículos con la fe ciega del que no necesita leerlos para saber que es una “lectura indispensable”, tienen el dedo flojo con los “me gusta” cuando se trata de sus actualizaciones de estado y, esporádicamente, inician encendidos debates en las redes para que parezca que, más que un grupo de colegas con necesidad de quórum, son una reunión de librepensadores, ilustrados en un café en el París del S.XVIII, que caminan con cierta autosuficiencia con el periódico debajo del brazo por las calles de una ciudad que -no se cansan de lamentar- ha perdido su carisma. Pero ellos se consideran la última raza que mantendrá vivas las costumbres bohemias, por ejemplo, pidiéndose una copa en un café mítico que cerrará sus puertas en breve y que hasta entonces no habían pisado.
Aunque parezca que les gusta discutir, no admiten opiniones demasiado diferentes a las suyas. Hacen periodismo centralista (centrado en ellos mismos), de centralita (un par de llamadas bastan para corroborar su punto de vista) y centralizado (acaparan la difusión y homogeneizan el debate). Casi todos dicen lo mismo explicado con distintas metáforas: su más explotado recurso para darse a explicar. Su gran aportación no es el punto de vista, sino decir lo que el establishment –y, casi con más interés, el gremio- quiere oír, pero de una nueva forma que les dé notoriedad. ¿Cómo? Una cita a un clásico por aquí, una referencia kitsch por allá, una aberración que pueda servir también de titular, un neologismo sobre algo que esté de moda, algún anacronismo con un personaje no demasiado sobado… y listo.
Los que van por lo márgenes, los que trabajan en las afueras.... no forman parte de este gremio. Sus nombres salen poco en los créditos; claro, se les ve poco en la máquina del café y en las reuniones de este grupo de colegiados que cree firmemente en el periodismo de batalla. Son poco mediáticos, nunca quisieron ser unos relaciones públicas y menos con otros miembros del gremio. Los que no están en el círculo son los discretos, pero en cambio son los del gremio los que citan a Kapuscinski y su manera de hacer periodismo, a Wolfe y su literatura de la actualidad, a Henri Cartier-Bresson y el instante preciso y al ‘estar ahí’.
Da igual que otros estén explorando realmente nuevas formas de hacer periodismo. Estos, los que no frecuentan el circuito, sufren el desprecio de los del papel, la radio y la tele, o de los que tienen un puesto de trabajo fijo en un medio tradicional, porque -aunque no lo digan- creen que es más puro. Sin embargo, son ellos los mismos que se llenan la boca y sus entradas de blog explicando la necesidad de un cambio de paradigma, son los que creen en el futuro del periodismo pero representan la élite y obsolencia del pasado sólo por tener un oficio comme il faut.
Los periodistas fuera del circuito no llaman la atención haciendo preguntan estrambóticas en comparecencias y ruedas de prensa, sólo hacen las adecuadas. Hablan normal, no se creen oradores. Y, sobre todo, hablan poco, se dejan ver poco y, viendo el percal, este circo vacuo, es probable que cada vez lo hagan menos.
Aunque parezca que les gusta discutir, no admiten opiniones demasiado diferentes a las suyas. Hacen periodismo centralista (centrado en ellos mismos), de centralita (un par de llamadas bastan para corroborar su punto de vista) y centralizado (acaparan la difusión y homogeneizan el debate). Casi todos dicen lo mismo explicado con distintas metáforas: su más explotado recurso para darse a explicar. Su gran aportación no es el punto de vista, sino decir lo que el establishment –y, casi con más interés, el gremio- quiere oír, pero de una nueva forma que les dé notoriedad. ¿Cómo? Una cita a un clásico por aquí, una referencia kitsch por allá, una aberración que pueda servir también de titular, un neologismo sobre algo que esté de moda, algún anacronismo con un personaje no demasiado sobado… y listo.
Los que van por lo márgenes, los que trabajan en las afueras.... no forman parte de este gremio. Sus nombres salen poco en los créditos; claro, se les ve poco en la máquina del café y en las reuniones de este grupo de colegiados que cree firmemente en el periodismo de batalla. Son poco mediáticos, nunca quisieron ser unos relaciones públicas y menos con otros miembros del gremio. Los que no están en el círculo son los discretos, pero en cambio son los del gremio los que citan a Kapuscinski y su manera de hacer periodismo, a Wolfe y su literatura de la actualidad, a Henri Cartier-Bresson y el instante preciso y al ‘estar ahí’.
Da igual que otros estén explorando realmente nuevas formas de hacer periodismo. Estos, los que no frecuentan el circuito, sufren el desprecio de los del papel, la radio y la tele, o de los que tienen un puesto de trabajo fijo en un medio tradicional, porque -aunque no lo digan- creen que es más puro. Sin embargo, son ellos los mismos que se llenan la boca y sus entradas de blog explicando la necesidad de un cambio de paradigma, son los que creen en el futuro del periodismo pero representan la élite y obsolencia del pasado sólo por tener un oficio comme il faut.
Los periodistas fuera del circuito no llaman la atención haciendo preguntan estrambóticas en comparecencias y ruedas de prensa, sólo hacen las adecuadas. Hablan normal, no se creen oradores. Y, sobre todo, hablan poco, se dejan ver poco y, viendo el percal, este circo vacuo, es probable que cada vez lo hagan menos.
1 mar 2014
BarceloNina #50. Un buen día
Hoy ha sido un buen día. He llamado a la peluquería para pedir hora y me han preguntado si iría ya con el pelo limpio. He ido a una cafetería y me he sentado en una mesa de dos a tomar un café pensando que, a pesar de que en ese momento la cafetería estaba vacía, más tarde podían venir varios grupos y ocupar las varias mesas de cuatro que había, mucho más cómodas que las pequeñas, teniendo en cuenta que el servilletero, la carta, el soporte de la carta y la botella de aceite de oliva ocupaban la mitad de la superficie. Se ha acabado llenando el bar a la hora del café de los oficinistas y me han pedido muy amablemente que me cambie a la barra para que se pudiera sentar una pareja. De ahí he caminado hasta el consultorio médico, donde el especialista me ha recetado un relajante muscular pese a mis insistentes explicaciones de dolor, convencida de que no eran tensionales. He entrado en la primera farmacia con la que me he cruzado y he comprado las pastillas con
cierta vergüenza, esforzándome para poner cara de no estar loca ante el dependiente. Luego he ido a otro especialista que tras revisar con calma el escáner de mi cráneo ha detectado una infección y me ha dado día y hora para la intervención quirúrgica necesaria. He comprado un par de cosas en el supermercado, y he dado el dinero justo al cajero disfrazado de bebé gigante que me atendía. Me he cruzado con un conocido mío, periodista, que sin quererlo ha revelado el poco respeto que le merezco por no trabajar para un diario (si el respeto se midiera según un puesto de trabajo, la complicidad con el póder de los grupos mediáticos sería el súmmum de la integridad periodística). He sonreído mientras me explicaba lo muy ocupado que estaba reproduciendo comunicados de partidos políticos. Le he dicho que me tenía que ir cuando ya llevaba demasiado rato aguantando cómo se labraba su figura iconoclasta, rechazando incuestionables solo por llevar la contraria y hacerse el sabio impostor que acierta con nuevos y atrevidos puntos de vista. Hacía sol y aún así me han juzgado por beber antes de las 13:00 horas. He propuesto a una amiga ir juntas a ver una película al cine y me ha dicho que no podía pero que también tenía muchas ganas de verla, que se la reservara. Me he quedado sin ir con ella al cine y sin poder ir a ver la película. Me he preguntado hasta cuándo sería lícito esperarle y si sería desconsiderada por fer-li el salt. He cenado comida japonesa acompañada de un vino tinto que estaba ácido. No nos lo hemos bebido, nos hemos quejado y no nos lo han cobrado. Me han vuelto a juzgar, esta vez por no beber después de las 22:30 horas y media. He tonteado con el taxista que me ha llevado de vuelta a casa, entrada ya la noche en una jornada laborable. Le he dicho que era la primera vez que subía a un taxi y me gustaba la música que sonaba. Me ha dicho que de día solía escuchar información, pero que así era como le gustaba acabar un buen día.
15 feb 2014
BarceloNina #49. Lo que no se cuenta
Parece que están en extinción las personas que prefieren guardarse las cosas para ellas. Parece que el resto del mundo les pida que se justifiquen. ¿Dónde quedan los que no explican detalles de su vida? ¿Los que respetan esa discreción tan típica de Barcelona? ¿Por qué se está abandonando tan fácilmente? Los dicharacheros sospechan de ellos; algo ocultan, piensan. Si fulanito no dice nada sobre su trabajo, es que no tiene trabajo; si no dice nada sobre sus parejas, es que no tiene pareja; si no dice nada sobre sus planes, es que no tiene planes... y en definitiva si no alardea de su vida, es que no tiene vida. Este modo de hacer y de ser parece que no es cómodo para la mayoría fardona actual. No entienden los silencios ni su homólogo 2.0, la inactividad en la comunicación de la vida privada en las redes sociales. Ellos, que sin preguntarles te cuentan todo lo que han hecho, que sin interesarte por su vida sexual te susurran lo bien que se lo pasan, que buscan que te impresiones con sus habilidades de relaciones públicas cuando te cuentan con quién se codean, que sin venir a cuento explican lo sobresalientes que son en su trabajo porque así se han vuelto después de asistir a un curso de marca personal, que envían la foto de su amante en decenas de chats de WhatsApp... ellos, que sienten un orgasmo de autoestima cada vez que comparten una foto en Facebook en la que creen que se parecen a lo que quieren ser.
Me pregunto en qué lugar quedan -quedamos- los que no publicamos cada detalle de nuestra vida privada. Nadie sabrá los libros que he leído porque no publicaré fotos de sus páginas, ni los grupos de música que descubro, ni los restaurantes a los que voy, ni lo que pienso de la película que he visto, ni los cafés que tomo, ni el moreno de mis piernas, ni las personas que veo, ni los sitios que visito... Estoy convencida de que aunque eso aleje de la mayoría a los autores de estas odas a la inimidad, también les acercará a ellos mismos. Y creo que muchas personas cerca de ellas mismas, se acercarán entre ellas. Reivindico los secretos, la satisfacción -literalmente- personal, la confianza en uno mismo sin tener una masa impresionada que le escuche, y que lejos de pronunciarse con "me gusta" digan a alquien que les gusta en persona, y así disfruten del placer de una confesión que solo conocerán los que protagonicen el cara a cara. Bueno, ellos, y los callejones oscuros de la ciudad, los únicos a los que se les debería invitar a las confidencias.
Me pregunto en qué lugar quedan -quedamos- los que no publicamos cada detalle de nuestra vida privada. Nadie sabrá los libros que he leído porque no publicaré fotos de sus páginas, ni los grupos de música que descubro, ni los restaurantes a los que voy, ni lo que pienso de la película que he visto, ni los cafés que tomo, ni el moreno de mis piernas, ni las personas que veo, ni los sitios que visito... Estoy convencida de que aunque eso aleje de la mayoría a los autores de estas odas a la inimidad, también les acercará a ellos mismos. Y creo que muchas personas cerca de ellas mismas, se acercarán entre ellas. Reivindico los secretos, la satisfacción -literalmente- personal, la confianza en uno mismo sin tener una masa impresionada que le escuche, y que lejos de pronunciarse con "me gusta" digan a alquien que les gusta en persona, y así disfruten del placer de una confesión que solo conocerán los que protagonicen el cara a cara. Bueno, ellos, y los callejones oscuros de la ciudad, los únicos a los que se les debería invitar a las confidencias.
12 ene 2014
BarceloNina #48. Al exclusivo precio que aparece en pantalla
Me encuentro una ciudad que arrastra los pies a pesar de usar bastón. Las calles de la zona alta están llenas de ancianos, como si los hubieran echado a todos de sus casas a la misma hora, la del sol matutino de un día festivo de invierno. Rezan por que el semáforo para peatones se ponga rojo y así poder descansar sin que se note que se han visto obligados a parar para coger oxígeno urbano. Algunos llevan bajo el brazo a una cuidadora probablemente latina, que mientras les escucha mascullar chatea por el móvil.
También hay algunos rincones, más a medida que se está más cerca del centro, abundados por la juventud afligida que luce las primeras canas y las primeras calvas, esa que no sabe hasta cuándo podrá llevar mochila y decir que algo “mola” porque en realidad no sabe nada de su futuro y se cuida de preocuparse por ello. Entre este colectivo que tiene por dogma la sensibilidad 'sport', se encuentra una chica, que abandona una conversación dominada por frivolidades (“y a mí qué el precio de los forfaits de las pistas de esquí”, me ha parecido escuchar que pensaba) y busca un aliado. Instalando un biombo ficticio, monta una nueva conversación más íntima en una esquina de una mesa: “Ahora soy infinitamente más feliz que antes, pero nunca he vuelto a sonreír como entonces”, susurra a su compañero mientras deja que le coja de la mano con la caricia menos protocolaria.
En el supermercado atestado de montañas de turrones y cava infantil la cajera pregunta con monotonía –“¿Tarjeta cliente?”. –“No y no la quiero”.
La programación televisiva se interrumpe con las vacaciones escolares. Ofrece relleno a momentos sin hora ni actividad como los de un atardecer después de una comilona, en los que muchos se emboban con la teletienda, ven programas de reformas de casas en los que se ponen manos a la obra para destruir el gotelé que pifia toda una pared y rezan para poder esquivar las películas tontas de Santa Claus, espíritus de la Navidad y padres en apuros en fechas señaladas. “Y todo, al exclusivo precio que aparece en pantalla”. El ardor se pasea por un estómago que está demasiado arriba y contestan que no, que no quieren nada para cenar.
Madres que se refugian en los regalos de los niños para ocupar un tiempo que, de estar libre, les llevaría al vacío. Maridos infelices que -desde el baño- desean feliz año a la chica con la que querrían estar, cuando logran escaparse del hocico pintado de su mujer. Políticos disfrazados de pajes reales en cabalgatas, un secreto que develarán algún día en alguna entrevista, para dar una imagen cercana de ellos mismos para compensar alguna torpeza o escándalo. Cincuentones que compran una colonia rebajada para sus amantes, con la que han conseguido después de tantos días de compromisos familiares.
Barcelona, envejecida, espera el boom de la ortopedia, tiene unos pocos tristes jóvenes -cada vez menos jóvenes-, parece que va a comisión y -aunque va de moderna- lleva fatal la salada desestructura familiar. Le desfavorecen los rituales de Navidad, tan dulces, pero sigue teniendo rincones sin iluminar en los que se entronan las excepciones, a oscuras, solo a la luz de quien las enfoca.
También hay algunos rincones, más a medida que se está más cerca del centro, abundados por la juventud afligida que luce las primeras canas y las primeras calvas, esa que no sabe hasta cuándo podrá llevar mochila y decir que algo “mola” porque en realidad no sabe nada de su futuro y se cuida de preocuparse por ello. Entre este colectivo que tiene por dogma la sensibilidad 'sport', se encuentra una chica, que abandona una conversación dominada por frivolidades (“y a mí qué el precio de los forfaits de las pistas de esquí”, me ha parecido escuchar que pensaba) y busca un aliado. Instalando un biombo ficticio, monta una nueva conversación más íntima en una esquina de una mesa: “Ahora soy infinitamente más feliz que antes, pero nunca he vuelto a sonreír como entonces”, susurra a su compañero mientras deja que le coja de la mano con la caricia menos protocolaria.
En el supermercado atestado de montañas de turrones y cava infantil la cajera pregunta con monotonía –“¿Tarjeta cliente?”. –“No y no la quiero”.
La programación televisiva se interrumpe con las vacaciones escolares. Ofrece relleno a momentos sin hora ni actividad como los de un atardecer después de una comilona, en los que muchos se emboban con la teletienda, ven programas de reformas de casas en los que se ponen manos a la obra para destruir el gotelé que pifia toda una pared y rezan para poder esquivar las películas tontas de Santa Claus, espíritus de la Navidad y padres en apuros en fechas señaladas. “Y todo, al exclusivo precio que aparece en pantalla”. El ardor se pasea por un estómago que está demasiado arriba y contestan que no, que no quieren nada para cenar.
Madres que se refugian en los regalos de los niños para ocupar un tiempo que, de estar libre, les llevaría al vacío. Maridos infelices que -desde el baño- desean feliz año a la chica con la que querrían estar, cuando logran escaparse del hocico pintado de su mujer. Políticos disfrazados de pajes reales en cabalgatas, un secreto que develarán algún día en alguna entrevista, para dar una imagen cercana de ellos mismos para compensar alguna torpeza o escándalo. Cincuentones que compran una colonia rebajada para sus amantes, con la que han conseguido después de tantos días de compromisos familiares.
Barcelona, envejecida, espera el boom de la ortopedia, tiene unos pocos tristes jóvenes -cada vez menos jóvenes-, parece que va a comisión y -aunque va de moderna- lleva fatal la salada desestructura familiar. Le desfavorecen los rituales de Navidad, tan dulces, pero sigue teniendo rincones sin iluminar en los que se entronan las excepciones, a oscuras, solo a la luz de quien las enfoca.
8 dic 2013
BarceloIndia #5. Chupasangres
Me contactaron de la cátedra de una universidad y una organización de estas mundiales, globales, universales. Solo me
mandaron un email: “Hola, soy funalita, de la cátedra equis. Me
gustaría hablar contigo”. El tema imponía y halagaba, le dije que por supuesto y el siguiente correo que recibí fue para confirmar el día y
la hora de nuestra conversación por Skype, pues ella estaba en Barcelona y yo en el sur de la India. No tenía ninguna otra información sobre el tema, pero me parecía que no se permitía hacer preguntas. Cuando alguien así te contacta, supuse, es que es serio y ese el protocolo que deben tener.
Llegado el día intenté estar fresca, leí a fondo las noticias ese día (las noticias de indeterminadamente todas partes, porque no tenía ni idea a qué me enfrentaba) e indagué en internet en qué consistía esa imponente cátedra aunque -para mi frustración- no pude entender nada de su presentación. Es una de estas aliazas abstractas que pretenden "transferir conocimiento", "consolidar relaciones" y nada más y nada menos que "repercutir en el desarrollo humano". Normales eran tan altas aspiraciones, a juzgar por la inacabable lista de nombres y apellidos en la comisión ejecutiva, comisión académica y profesorado colaborador.
Aunque no sabía por qué querían contactar conmigo, admito que estaba optimista por que la señora que trabajaba para la cátedra me hubiera contactado. Los nombres solemnes yerguen el torso de cualquiera. Llegó la hora de la llamada. Al parecer, la que estaba al otro lado se diculpó de no poder activar su cámara, con lo que estábamos en clara desventaja: ella me veía a mí pero yo a ella no. Por un momento estuve tentada de apagar mi vídeo y continuar solo con la voz, dada la violencia de una videollamada con alguien que no conoces. Pero le di un voto de confianza y pensé que quizás era verdad eso de que no le funcionaba la opción de vídeo. Además, para qué ocultarlo, pensé que mejor iba a ser no ponerse estupendo con esa gente tan importante. La mujer se presentó brevemente y en seguida llegaron las preguntas: "cuéntame un poco de ti". Sin saber en frente de qué estaba (¿una entrevista de trabajo?), le conté mi trayectoria profesional sin grandes detalles, porque realmente no sabía a qué atenerme ni en qué estaban interesados.
En pequeñas píldoras, ella también fue dándome algo más de información: "Estamos montando una mesa redonda sobre la India y las ONG. Lo primero que pensé es que no me sentía demasiado autorizada, pero bueno, al fin y al cabo me estaban llamando de un sitio importante y experiencia, así que ellos sabrían mejor sí tenían que confiar en mí. También pensé que podía ser interesante, más que por mi participación, por poder escuchar la de otros. Y a partir de aquí me fue pidiendo más detalles, ahora sí, con más concreción: India y oenegés. Le expliqué a qué me dedicaba ahora y cómo veía el tema. Ella empezó a hacerme preguntas sin plantearlas directamente. "Este tema es muy interesante. Yo no sé que piensas tú...". Y le daba una respuesta. Estuvimos un buen rato. Cuando llevábamos unas cuantas no-preguntas empecé a cabrearme y a contestar de forma más escueta, poniendo un precio a mis palabras al recelar de su interés. "Muy interesante este punto de vista que ofreces. Supongo que tú tienes mucho que decir también sobre este tema..." Y yo contestaba, ya definitivamente harta del atraco al que veía que me estaban sometiendo.
Finalmente, la voz de mujer me dijo que estaba montando una ponencia para el próximo enero, que encabezaría Jaume Sanllorente de la organización Sonrisas de Bombay. Su tono fue entusiasta, como si me premiara con esta sorpresa, juro que oí sus redobles de tambor. Menuda falta de respeto no soltar hasta el final el propósito de la reunión. Supongo que ella dio por hecho que ese era un reclamo para mí, aunque me reservo lo que opino al respecto. A continuación imaginé que vendría la propuesta, pero para mi sorpresa tan solo fue una tomadura de pelo: me dijo que para apoyar ese evento estaba organizando otros actos satélite, entre ellos una mesa redonda formada por alumnos de la Universitat Ramon Llull. La cosa se ponía fea. Maticé que aunque fuera joven hacía años que había acabado la carrera y todavía más años que trabajaba como periodista. "Bueno, es igual, estudiantes o recién licenciados iría bien", o algo parecido fue lo que contestó. Reconozco que me hirió el orgullo, pero no el tipo de orgullo-soberbia, sino el tipo de orgullo-respeto, orgullo-consideración, orgullo-profesionalidad . Esta señora quería llenar una mesa con pofesionales en activo haciéndolos pasar por alumnos, para dar empaque a un acto que se montaba en torno a un exalumno de la casa. "¿Cómo lo tendrías para participar?" (la primera pregunta directa, ¡por fin!). "Mal, vivo en la India". Y a continuación me iluminé (a lo mejor el disgusto puede pagarme una vista a casa): "A no ser que cubráis vosotros el traslado", añadí, dando por supuesto que a los 'alumnos' no se les retribuye su aportación en esta mesa redonda. Y después de proferir algún "¡Oh, qué pena que no puedas asisitir...!" algo forzado, me pidió que le pasara por email algunos de los expertos y libros que había citado.
Obviamente no lo hice, me sentí usada y maltratada. Pero antes de colgar quise preguntarle yo algo. ¿Cómo me había contactado?. Me dijo que había puesto en LinkedIn "URL" e "India" y que le 'salí' yo. Este interés aleatorio me hirió aún más, pero no me abandoné... yo también había sacado algo de esa conversación: fue tan poco ávida que me confesó su profesional método de trabajo. Gracias, Rosario, coordinadora de la Cátedra UNESCO-URL por transferirme tu know-how en el buscador de LinkedIn. Finalmente salimos las dos ganando y ya no me siento tan humillada. Por favor, señores de la cátedra, invitadme a una mesa redonda de win-win o networking (o a cualquiera con nombre en inglés) para que explique esta experiencia con vosotros. Lo haré gratis y encantada, como buena alumna.
Llegado el día intenté estar fresca, leí a fondo las noticias ese día (las noticias de indeterminadamente todas partes, porque no tenía ni idea a qué me enfrentaba) e indagué en internet en qué consistía esa imponente cátedra aunque -para mi frustración- no pude entender nada de su presentación. Es una de estas aliazas abstractas que pretenden "transferir conocimiento", "consolidar relaciones" y nada más y nada menos que "repercutir en el desarrollo humano". Normales eran tan altas aspiraciones, a juzgar por la inacabable lista de nombres y apellidos en la comisión ejecutiva, comisión académica y profesorado colaborador.
Aunque no sabía por qué querían contactar conmigo, admito que estaba optimista por que la señora que trabajaba para la cátedra me hubiera contactado. Los nombres solemnes yerguen el torso de cualquiera. Llegó la hora de la llamada. Al parecer, la que estaba al otro lado se diculpó de no poder activar su cámara, con lo que estábamos en clara desventaja: ella me veía a mí pero yo a ella no. Por un momento estuve tentada de apagar mi vídeo y continuar solo con la voz, dada la violencia de una videollamada con alguien que no conoces. Pero le di un voto de confianza y pensé que quizás era verdad eso de que no le funcionaba la opción de vídeo. Además, para qué ocultarlo, pensé que mejor iba a ser no ponerse estupendo con esa gente tan importante. La mujer se presentó brevemente y en seguida llegaron las preguntas: "cuéntame un poco de ti". Sin saber en frente de qué estaba (¿una entrevista de trabajo?), le conté mi trayectoria profesional sin grandes detalles, porque realmente no sabía a qué atenerme ni en qué estaban interesados.
En pequeñas píldoras, ella también fue dándome algo más de información: "Estamos montando una mesa redonda sobre la India y las ONG. Lo primero que pensé es que no me sentía demasiado autorizada, pero bueno, al fin y al cabo me estaban llamando de un sitio importante y experiencia, así que ellos sabrían mejor sí tenían que confiar en mí. También pensé que podía ser interesante, más que por mi participación, por poder escuchar la de otros. Y a partir de aquí me fue pidiendo más detalles, ahora sí, con más concreción: India y oenegés. Le expliqué a qué me dedicaba ahora y cómo veía el tema. Ella empezó a hacerme preguntas sin plantearlas directamente. "Este tema es muy interesante. Yo no sé que piensas tú...". Y le daba una respuesta. Estuvimos un buen rato. Cuando llevábamos unas cuantas no-preguntas empecé a cabrearme y a contestar de forma más escueta, poniendo un precio a mis palabras al recelar de su interés. "Muy interesante este punto de vista que ofreces. Supongo que tú tienes mucho que decir también sobre este tema..." Y yo contestaba, ya definitivamente harta del atraco al que veía que me estaban sometiendo.
Finalmente, la voz de mujer me dijo que estaba montando una ponencia para el próximo enero, que encabezaría Jaume Sanllorente de la organización Sonrisas de Bombay. Su tono fue entusiasta, como si me premiara con esta sorpresa, juro que oí sus redobles de tambor. Menuda falta de respeto no soltar hasta el final el propósito de la reunión. Supongo que ella dio por hecho que ese era un reclamo para mí, aunque me reservo lo que opino al respecto. A continuación imaginé que vendría la propuesta, pero para mi sorpresa tan solo fue una tomadura de pelo: me dijo que para apoyar ese evento estaba organizando otros actos satélite, entre ellos una mesa redonda formada por alumnos de la Universitat Ramon Llull. La cosa se ponía fea. Maticé que aunque fuera joven hacía años que había acabado la carrera y todavía más años que trabajaba como periodista. "Bueno, es igual, estudiantes o recién licenciados iría bien", o algo parecido fue lo que contestó. Reconozco que me hirió el orgullo, pero no el tipo de orgullo-soberbia, sino el tipo de orgullo-respeto, orgullo-consideración, orgullo-profesionalidad . Esta señora quería llenar una mesa con pofesionales en activo haciéndolos pasar por alumnos, para dar empaque a un acto que se montaba en torno a un exalumno de la casa. "¿Cómo lo tendrías para participar?" (la primera pregunta directa, ¡por fin!). "Mal, vivo en la India". Y a continuación me iluminé (a lo mejor el disgusto puede pagarme una vista a casa): "A no ser que cubráis vosotros el traslado", añadí, dando por supuesto que a los 'alumnos' no se les retribuye su aportación en esta mesa redonda. Y después de proferir algún "¡Oh, qué pena que no puedas asisitir...!" algo forzado, me pidió que le pasara por email algunos de los expertos y libros que había citado.
Obviamente no lo hice, me sentí usada y maltratada. Pero antes de colgar quise preguntarle yo algo. ¿Cómo me había contactado?. Me dijo que había puesto en LinkedIn "URL" e "India" y que le 'salí' yo. Este interés aleatorio me hirió aún más, pero no me abandoné... yo también había sacado algo de esa conversación: fue tan poco ávida que me confesó su profesional método de trabajo. Gracias, Rosario, coordinadora de la Cátedra UNESCO-URL por transferirme tu know-how en el buscador de LinkedIn. Finalmente salimos las dos ganando y ya no me siento tan humillada. Por favor, señores de la cátedra, invitadme a una mesa redonda de win-win o networking (o a cualquiera con nombre en inglés) para que explique esta experiencia con vosotros. Lo haré gratis y encantada, como buena alumna.



