1 abr 2012

Barcelonina #0. Ahora que hace un año de casi todo



Ahora hace más o menos un año que volví a Barcelona y hace más o menos un año de casi todo.

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Hará un año que aprendí el significado de la palabra agélastes. Es una palabra que usaba Rebelais, se ve. Está tomada del griego y significa los que no ríen, los que no tienen sentido del humor, esos individuos que se toman la vida muy en serio y que casan bastante con este comentario de Milan Kundera: "Están persuadidos de que la verdad es clara, de que todos los hombres deben pensar lo mismo y de que ellos son exactamente lo que imaginan ser". Vamos, que han perdido todo sentido de la ironía.

Yo, que no soy Kundera ni Rabelais, creo que estamos rodeados de agélastes (pero no lo hemos sabido hasta conocer el concepto).  Hacen funambulismo por una línea que a días es su sociedad, a días su país, cultura, ciudad, casa o sofá… desde donde desarrollan sus pensamientos más graves.

También yo perdí el sentido de la ironía, hace más o menos un año. Y todavía ahora coletean algunos vicios de ese estado, y a veces incluso me siento mal cuando tengo un día de lo más ácido. “No está el mundo para sarcasmo, desalmada”, me dice la voz de la conciencia -maldita educación cristiana, que tanto nos carga de remordimientos-. Y siempre vives con esa sensación de que te van a juzgar por no enfermarte con la sociedad, con el agravante de alevosía –esas risas en torno a una copa de vino no pueden sino ser una traición a la crisis-.

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Hace más o menos un año leí a Javier Marías, no sin esfuerzo. Por alguna razón no me concentro como antes. Ahora a cada minuto compruebo si hay algún aviso nuevo en el móvil o en el ordenador. Hace poco eran minoría aquellos que tenían smartphones. En cuanto volví a Barcelona todo el mundo tenía uno y yo me acabé comprando otro. Ahora no sé cómo deshacerme de él sin deshacerme de él del todo; es decir, utilizarlo cuando yo lo decida. Al resto de la gente le pasa lo mismo y no se queja ni parece anhelar tiempos pasados en que podías dedicarte ni que fuera media hora a hacer una misma cosa sin hacer zapping por 20 aplicaciones, notificaciones y llamadas, casi todas ellas prescindibles que van de esenciales.

Ya no existe esa división entre trabajo y todo lo que no es trabajo. Ahora estamos medio trabajando en las horas libres y, en las horas que trabajamos, medio libres. Pues bien, decía que es horroroso el esfuerzo que tenemos que hacer para concentrarnos en dedicarnos exclusivamente a una cosa y durante un  periodo de tiempo normal. Nos cuesta imponer nuestro ritmo. Y yo parece que ya he sucumbido porque quería hablar de Marías y hace rato que cambio de tema… Da igual, el resumen es que su libro “Los enamoramientos” está muy bien. Lo disfruté, aunque recalenté la taza de café decenas de veces. Claro, te la preparaste para hacer ‘x’ y acabaste haciendo un poco de ‘x’, luego un poco de ‘y’, un poco más de ‘x’, y empezaste a hacer ‘z’, y no acabaste casi nada.

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Hace más o menos un año leí “El refugio de la memoria” de Tony Judt, cuyos editores fueron la mar de pícaros porque iba que ni pintado con todo el movimiento de indignados. El contenido de este libro  me recuerda muchísimo a esa frase de Woody Allen en “Annie Hall”: “Soy intolerante de izquierdas”. Como no tengo muy claro qué pienso de muchas cosas, he decidido memorizármela para describir mi identidad en un aforismo y quedar la mar de bien en las comidas de familia, conversaciones con gente del entorno profesional y en discusiones en las barras de los bares.

Por cosas de la vida, llegaron a mis manos el mítico escritorio del avi y muchos libros antiguos que él y mi abuela tenían en casa, una combinación muy romántica de la que disfruto cada día. El primer libro que empecé a leer de esa colección fue “The Great Gatsby”. No lo he acabado, pero ya se sabe, es por todo el tema de la falta de tiempo y de dedicarse a demasiadas cosas y a ninguna.

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Hace más o menos un año fui a la Feria del Libro de Jaipur, en la India, básicamente movida por la asistencia de Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura. Me cautivó “El museo de la inocencia” y hace unos meses quise regalárselo a una persona que ha sido muy especial en mi vuelta, junto con un escrito. Me dio tanta vergüenza que ni le di el escrito ni le regalé el libro. No, en realidad no fue vergüenza, fue más el hecho de que aunque se lo regalara y le pidiera que lo abriera solo después de que me marchara por la puerta, fui consciente de que la próxima vez que nos viéramos tendríamos que hablar de ello (del libro, del escrito) y tendría que pasar por ese momento de pudor y me pondría a llorar como una tonta por la emoción, pero a veces la emoción se interpreta como drama y yo, drama, no le quería transmitir. Me explico, no? Me gustaría habérselo dado sin consecuencias. Pero ya se sabe que casi todo tiene consecuencias.

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Que si Bildu, Dominique Strauss-Kahn, indignados, Chacón, tufo en Valencia, Gadafi, FMI, BCE, JMJ, duquesa de Alba, parece que ha ganado el PP, Costa de Marfil, Steve Jobs, Kim Yong-II, suben los parados, todavía más parados al mes siguiente, pero los parados tienen descuento para el gimnasio, para el metro y para muchas más cosas y yo no ("intolerante de izquierdas"; lo mencioné, no?); Tahrir, décimo aniversario de la ocupación en Afganistán, alegrías del Barça para compensar… Más o menos hace un año, al poco de mi vuelta de Delhi, me desperté un día con la noticia de la muerte de Bin Laden. Al poco tiempo, un atentado en Bombay, y luego otro en Delhi, justo el mismo día en que la capital india sufrió un fuerte terremoto. Creo que nadie entendió que invocara a Murphy para sentarlo cara a cara conmigo y pedirle una explicación.

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Hace más o menos un año que están excesivamente de moda los gurús del optimismo. Detecto demasiados lugares comunes en sus escritos y charlas, y he iniciado una cruzada bastante irracional contra ellos. En efecto, creo que son la Mary Tifoidea de nuestro tiempo. A veure, toquem de peus a terra: hace un año, por poner un ejemplo tonto, no bebía vino tinto, comía menos y no podía correr. Ahora, sin necesidad de positivismos bobos, soy bastante fan de tomarme una copa de vino rodeada de familia y amigos, muy poco académicos pero bastante más reales que las secciones de autoayuda, ese psicología de fast food, como quien te vende una ensalada supersana en el McDonald’s. Perdone, señor gurú, hay kétchup en el diván.

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De mis conversaciones con gente mayor, extraigo que opinan que el mundo que dejan está peor que antes –ninguna novedad-. También, que tienen una opinión generalizada de que los jóvenes son pasotas pero, a la vez, sienten compasión por ellos por el momento tan extraño que les ha tocado vivir. Yo creo que muchos nietos sienten frustración por no estar donde quieren. Hay una gran parte que sí que son responsables pero saben que no van a conseguir lo que se proponían, y no les queda más remedio que pasárselo bien. Y nadie ha aplaudido su optimismo. Nuestros padres van ahora psicólogos pese a que les iba muy bien y lo consiguieron todo. Nosotros estamos aprendiendo a vivir con peor calidad de vida pero lo llevamos bien, lo aceptamos mejor. Creo que aprenderemos a ser más felices que ellos, o al menos a necesitar menos pese a haber tocado su burbuja de bienestar.

Pero no nos engañemos, hay jóvenes que evitan cenas con conocidos para no tener que explicar qué es de ellos, porque no lo saben. Este periodo de inflexión empieza a ser largo. Siempre lo han tenido todo claro y, de pronto, sus vidas se dan cuenta de que se han saltado la adolescencia, y les hacen retroceder. O puede  que la vida se haya vuelto adolescente.

De los que vienen, de la generación remezclada por Pitbull, no sé lo que pienso.

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Leo con preocupación una columna de Monzó en la que se pregunta quién sabrá hacer carn d’olla de aquí a unos años. Siempre pienso lo mismo cuando como lo que cocinan mi abuela o mi madre. Pero a ver, seamos un poco realistas. La conciliación laboral de mujer con la vida familiar no da pie a que todo forme parte de esta moda handmade, a que vayamos a talleres para tejer bufandas, leamos los clásicos en bibliotecas, cultivemos nuestro huerto urbano, aprendamos bailes de salón, restauremos muebles sin parar y reciclemos las cápsulas de Nespresso haciendo collares para vender en ferias de comercio justo. La vuelta a los orígenes es imposible y yo, la verdad, es que no la deseo. Pero bueno, un poco de ir al mercado, de comprar el pan en la panadería y no en la gasolinera, y de saber guisar no nos vendría mal.

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Ir a cenar con un grupo de amigos y quedarte solo en la mesa porque la gente -que ha llegado 20 minutos tarde y no ha tenido que aguantar las miradas incisivas y completamente comprensibles del camarero- ha salido a fumar después de pedir los platos y mientras los preparan. Y ahora estoy yo y los seis cócteles que acaban de traer. No, camarero, no me los voy a tomar yo todos.

No tenemos tiempo de asimilar todo lo que hacemos. Preferimos quedar con tres personas diferentes en un día, una detrás de otra, en vez de quedar con una y pensar en la conversación; dejarla reposar y asimilarla, vamos. Un café con fulanito, la conversación con menganito, una visita exprés a zutanito… y más cosas con gente sin nombre porque pasaron demasiado rápido o porque no las envolvimos de lentitud. Nada sirve para nada si no se piensa.

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Un día soñé que la actriz protagonista de la obra de teatro  “L’any que ve será millor”, Alba Florejachs, cuyo papel abanderaba la mujer real, confesaba que se había operado. Esa misma noche también soñé que un periodista preguntaba a Guardiola en una rueda de prensa si esta nervioso o no por el derbi, y le recordaba que el Barça tenía 100% de victorias contra el Madrid. Y Guardiola respondía que si las estadísticas mandasen no se jugarían partidos, no se lucharía por los derechos humanos, no se tendrían hijos y, al fin y al cabo no se viviría la vida, y no hay nada más bonito que vivir la vida y dejarse sorprender, y todo el mundo se ponía en alto y aplaudía. (Otro gurú más?).

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Las tostadoras de pan siguen dejando más migas que si encendieras una hoguera en la cocina y tostaras el pan al fuego.

Generalmente las personas que inician una frase diciendo “con todos mis respetos” es que lo que va a venir a continuación es una falta de respeto total.

Lo mismo con el “Con toda confianza…” -No, no tenemos confianza.

Actores que dicen que se sienten cómodos haciendo cine pero que lo bueno del teatro es que les permite improvisar.

Y esas personas a las que les das las gracias y te contestan “a ti por venir”.

Los emprendedores están de moda. Y ahora todo lo que se hace (secciones de diarios, becas, premios, ayudas… tiene que ver con ellos. “Hay una cosa que se llama know-how”, me respondió un día un emprendedor que se vio abrumado por mis preguntas sobre su proyecto. Té collons, “know-how”…

Odio el manoseado “que paren el mundo que yo me bajo”.

Siempre que lavo un colador siento que me está grabando una cámara oculta y alguien se está riendo mucho de mí. ¿Algún emprendedor en la sala?

Ir a la peluquería y que te recomienden un champú más ‘sensible’. Ir a depilarte y que te recomienden un exfoliante.

Artistas que graban el “one, two, three” del principio de las canciones.

No me gusta pisar el desagüe de la ducha, me da cosa.

Momento incómodo cuando una pareja se saluda y se dan un beso delante de ti. Sientes lo mismo que cuando tienes que mirar a otro lado en la caja del súper mientras el de delante tuyo tiene que poner el código pin de su tarjeta de crédito.

El cinismo es poco femenino.

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Creo que son cosas tan fragmentadas que no tienen ningún tipo de cohesión. Aunque, quizás, revueltas, puede que sean un puzzle de este momento, un anuario esquizofrénico de la sociedad, no sé de cuál. Ara fa un any vaig començar a escriure coses. I he anat afegint de noves, fins que he arribat aquí. Ara fa un any no sabia res d’això, i he decidit que prefereixo saber.

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